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CLXX.l.- EL CORSO REFINERÍA

Written By Charles Francis on 22 febrero 2014 | 17:50

CLXX.l.- EL CORSO TRISTE DEL CLUB REFINERÍA
 Para M. L. P.: Día y noche corre el río, día y noche sopla el viento, desde siempre, día y noche Amor mío estás en mi pensamiento.-
 Según una difundida leyenda de Refinería, el carnaval fue alguna vez una fiesta popular, días enteros en los que no se trabajaba, con juegos en los que abundaba el agua por las tardes y, luego del ángelus en los atardeceres hasta la mañana del día siguiente personas disfrazadas, música, bailes, bromas, cintas y papeles multicolores. En verdad cuesta creer semejante cosa con tanta festividad incluida. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad generalizada insiste en adjudicar la condición carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar, sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se puede observar, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan con este estado de cosas y afirman que la francachela y el desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso previo e inevitable cuyo noble fin se cumple recién ahora, en el ejercicio del recuerdo.
Los Hombres Soñadores de Refinería simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el Carnaval no solamente servía para seducir señoritas en las milongas, sino para pensar en el paso del tiempo.
Puede afirmarse sin caer en el infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás consiguió entender el sentido de los Carnavales.
Dionisio Martínez, el famoso amante irresistible de las viudas en los cementerios, pensador, filósofo, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito, pensaba que las gentes se ponían contentas en virtud de algún suceso que todos conocían menos él. Sus amigos padecían un desconcierto de la misma índole.
Esto puede explicar la extraña conducta de los Hombres Soñadores en los corsos y en los bailes.
Durante un rato hacían fuerza para sentirse alegres: bailaban, bromeaban, comían choripanes con cerveza y gaseosas, se ponían caretas, hablaban con voz aflautada, se meneaban distorsionando su condición de varones y mojaban a las damas con agua perfumada contenida en pomos de colores. Después comprendían que todo aquello era inútil y entonces se iban a otros bailongos, discutían con los mozos, miraban y escuchaban las orquestas y los grandes cantantes internacionales que visitaban la ciudad, evocaban antiguos Carnavales y cantaban canciones sandungueras. Ya en los primeros albores del día siguiente maldecían el Carnaval, se estacionaban en las esquinas desoladas y se burlaban de las barras de chicas y muchachos que volvían a sus casas.
Pero, una tarde de tórrido verano, Dionisio Martínez tuvo una inspiración genial. Se le ocurrió organizar todos los años el Corso Triste del Club Refinería.
Se trataba de una idea interesante: Dionisio pensaba que en los Carnavales vulgares todos disimulaban el tedio y la tristeza disfrazándose de personas alegres. Su proyecto consistía en adoptar disfraces y actitudes melancólicas para ver si detrás de ellos se instalaban el jolgorio y la alegría.
“Si bajo la sonora risa del payaso se adivina siempre una lágrima, es posible que encontremos una sonrisa al sacarnos nuestras caretas de víctimas.”
Si el propósito de Martínez fue lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo consiguió con creces. El Corso Triste del Club Refinería se extendió por toda la populosa y cosmopolita barriada y era francamente tenebroso. Todas las luces del club y del barrio estaban apagadas. Los asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de sufrimientos.
Las murgas entonaban desde la marcha fúnebre hasta canciones gemebundas de Betinotti y tangos trágicos de Ignacio Corsini y Agustín Magaldi.
Los disfraces eran lastimosos: de condenado a muerte, de madre triste, de novia abandonada, de jugador expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros, de jubilado que cobra la mínima paga mensual, de intoxicado, entre otros.
Con el tiempo, el Corso Triste se fue haciendo más ambicioso y complejo.
Rubén Antonio Luis, el joven poeta de la calle Echeverría, comenzó a escribir versos murgueros con pretensión literaria.
        Si parlamo’ del destino
       ¿Quién conoce su camino?
        Boroborom bom bom
boroborom bom bom
Nadie puede contra la suerte
La última carta es la muerte.
        boroborom bom bom
        boroborom bom bom.
Los muchachos tristes de otros arrabales, tanto los de aledaños como los alejados de Refinería, se fueron acercando poco a poco y prontamente circularon carrozas de hojas secas, carruajes fúnebres y automóviles de antaño con las ventanillas cerradas.
Ya para el tercer año se constituyó un jurado y se realizaron concursos y torneos.
Las comparsas y las murgas se sacaban chispas para ver cuál era la más tétrica y deprimente. Los Autoflagelados, Las Lloronas De Los Velorios, Los Desocupados De Siempre, Las Que No Querían Vivir, Las Engañadas En Amores… fueron algunas de las agrupaciones más renombradas.
Las reinas del corso eran bellísimas, pero inaccesibles, perversas y despiadadas. El premio anual de máscara suelta lo ganó siempre el mismo individuo. Hablamos, desde luego, del célebre actor y animador Ricardo Corvacho, quien no tenía rival en la técnica de la caracterización.
Sus primeros disfraces fueron simples, sencillos. Una noche apareció disfrazado como esclavo de los lacedemonios y todos se condolían al ver su espalda de ilota surcada de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes cadenas.
Después, sus creaciones fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y a la mañana siguiente revolucionó todo el barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue, también, mendigo de la Rusia zarista y la gente lloraba al verlo soportar la nieve de Siberia en la calle Monteagudo ya sea sobre el ingreso a la Calle Angosta o frente a la propia puerta de entrada al Club Refinería.
Cuentan que Ricardo Corvacho, entusiasmado por sus éxitos, resolvió seguir con sus disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza crecía junto con su crueldad.
Una noche de invierno, lo Hombres Soñadores saltaron de alegría al ver aparecer al Fino Travaglini, el pibe que murió en París. Organizaron una gran fiesta en el mismísimo Club y en el momento que alzaban las copas para celebrar la resurrección, Corvacho, se sacó el guardapolvo, se lavó las rodillas, volvió a poner cara de persona mayor y apareció tal cual era. El Ruso Kreimer estuvo dos semanas en cama y el Turco Elías casi queda tartamudo.
En el último Carnaval del Corso Triste del Club Refinería, Ricardo Corvacho se disfrazó para siempre de recuerdo y nadie volvió a verlo más por el barrio ni por sus alrededores.
La comisión organizadora del Corso pronto advirtió que la creación de Dionisio Martínez tenía interesantes posibilidades económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se recuerda la nula capacidad de los Hombres Soñadores para los negocios. De cualquier manera es un hecho que durante largos años los muchachos del Club vendieron papel picado y serpentinas. Emplearon la conocida técnica de marketing del envase, que ha enriquecido a tantos comerciantes: en la primera jornada las bolsitas estaban llenas de papelitos muticolores y cintas en apretados rollitos brillantes e inmaculados. Cuando terminaba la fiesta de cada jornada, barrían el piso y volvían a embolsar el papel picado y hacían lo mismo con las cintas previo confeccionar uno por uno los infinitos y apretados rollos. Noche tras noche los productos se ensuciaban y envilecían, hasta que en la muerte del Carnaval las primorosas bolsitas estaban llenas de tierra, tapitas de cerveza, caramelos empezados, chicles largamente masticados ya endurecidos al ser expelidos y otras porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer, todavía hoy, en estos Carnavales que transcurren, en los bailes de algunos clubes de otros barrios, restos de serpentinas y papel picado primigenios que se vendían en el Corso Triste del Club Refinería.
Para contribuir a la pesadumbre de la concurrencia, Martínez vendía pomos llenos de lágrimas que  -si ha de creerse a sus detractores-  falsificaba con agua y sal fina de mesa Celusal.
Los Hombres Racionalistas y Prácticos, en su carácter de comparsa materialista, solían acercarse a la fiesta de Refinería para buscar camorra. Todos recuerdan sus afilados pregones:
El Racionalista
señoras y señores,
llega con sus ritmos y silogismos.
lo desafía
a exponer sus ilusiones
y a confrontarlas
con nuestras realidades a la vista.
Las olímpicas razones de la murga encontraban muchas veces contundente respuesta y dentro de un clima polémico y agudo solían armarse formidables peleas que  -por cierto-   daban lustre y renombre al Corso Triste.
Año tras año, los carnavales organizados por el Club Refinería fueron poniéndose más divertidos. Naturalmente, esto provocó su decadencia.
Los Hombres Soñadores de Refinería, al observar el jolgorio, comprendían que el proyecto inicial iba camino al fracaso.
La sobria melancolía de los primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes, cuando no a risotadas sin freno.
“¡Ah!  -se lamentaban-  ¡Carnavales eran los de antes!”
Y, entonces, contaban anécdotas de los corsos de antaño, austeros y silenciosos, comparándolos con la insoportable algarabía que tenían ante sus ojos.
Pero, en realidad, la verdadera esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.
Como ya se ha dicho, lo que buscaban Dionisio Martínez y sus amigos era un dejo de alegría que debía  aparecer al quitarse la máscara trágica.
Y lo cierto es que nunca encontraron tal cosa.
Cada vez que  -con toda ilusión-  abandonaban sus disfraces de atormentados, encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran reales.
Por eso, comprendiendo que la dicha no estaba en el Carnaval, y quizás en ninguna parte, los Hombres Soñadores disolvieron para siempre el Corso Triste del Club Refinería.
Hoy, cuando la fama de los muchachos refineros ya encontró su tumba en los vientos de la Estación Embarcadero, hay  -aunque pocos lo adivinen-  centenares de corsos tristes. Y son mucho más tristes que el del Club Refinería, pues su tristeza es involuntaria y su propósito es la alegría.
Tal vez, haya llegado el momento de comprender que los que vivimos en esta ciudad fantástica a orillas del río Hijo del Mar color de león no hemos nacido para ciertas fantochadas. Qué se rían los brasileños y los venecianos. Tengamos, eso sí, fiestas y reuniones populares. Pero, no dejemos de ser quienes somos. Si nuestra extraña condición nos ha hecho comprender el sentido adverso del mundo, agrupémonos para ayudarnos solidaria y amistosamente a soportar la adversidad.
A lo mejor, los Carnavales de antaño, tan añorados por los animadores de la radio y nuestros mayores, no eran más que eso. Una reunión de gente triste que buscaba consuelo.
 Chalo Lagrange
Verano sin tregua, Carnavales de febrero de 2013.-


CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Written By Charles Francis on 17 febrero 2014 | 17:30

CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Para M. L. P.: Mi Amor, acuérdese de mí cuando me olvide, donde quiera que esté iré a buscarla.-

La preparación de una tristeza necesita de algunas alegrías. Ciertos modestos apegos cotidianos recién encuentran su verdadero y trágico sentido cuando nos vemos privados de ellos. Algo así ha sucedido con los célebres carnavales de mi barrio.

Todos conocemos la historia. Tal vez en una época nuestros festejos eran como los de cualquier barrio de la ciudad o de otras ciudades: unas murgas, unas comparsas, un premio cualquiera, algunos bailes. Hasta que llegó el intendente Don Luis Cándido. Con un genio que el revisionismo se empeña en negar, captó que el progreso de la ciudad pasaba por los barrios y que éstos necesitaban de algunas obsesiones comunes. Otros hubieran preferido una fábrica de elaboraciones derivadas de los lácteos, producciones electromecánicas y metalmecánicas, agregar mayor actividad ferroportuaria a la existente que nos había transformado en el “Granero del Mundo” o terminales automotrices. De hecho, la ciudad y cada barrio de la populosa urbe tuvo un desarrollo sostenido impresionante, pero Don Luis Cándido también eligió el carnaval.

Los historiadores locales siguen el clásico procedimiento de buscar señales premonitorias en la remota niñez del héroe.

Según parece, al pequeño Luis Termini, el Toronja Termini, le gustaba disfrazarse. Anda por ahí una foto de 1960 donde puede verse a un niño coloreado a mano, con bigotes de corcho quemado, antifaz de charol y bombachón combinado en escarlata y amarillo.

Aún se discute qué clase de disfraz era aquél. Los menos rigurosos apuestan por Robín Hood o el Zorro. La crítica actual niega el carácter fatalmente alusivo de todo disfraz y sostiene que puede uno disfrazarse sin saber de qué. El eximio e ignoto escritor de Refinería habitante de Arroyito, Dionisio Martínez, en el libro Carnavales en los Barrios, que escribe bajo el seudónimo de Don Inocencio, ha dicho: “… las jóvenes mascaritas no tienen la obligación de buscar que su indumentaria las haga parecerse a un personaje determinado. Basta conque una otredad se haga evidente al resto de los vecinos…”

En 1960, Don Luis Cándido duplicó el número de jornadas carnavalescas para toda la ciudad. En 1961, estableció el disfraz obligatorio para esas jornadas en numerosos clubes de barrio que organizaban grandes bailes.

La sociedad rígida de aquel entonces lo criticó y combatió. Sus propios familiares, miembros de la Liga de la Decencia, se plantaron firmes y belicosos ante la máxima autoridad municipal y resolvieron pasearse sin careta por todos los corsos oficiales y grandes bailes organizados en clubes de barrio. De hecho y no cabía duda alguna que estratégicamente era el más adecuado, en el que establecieron su base de campaña, fue el Club Refinería. El intendente atacó el problema con maestría: concedió a la presidente de la Liga de la Decencia el premio a la mejor máscara.
Al principio la rígida mujer se  resistió y no había forma de colgarle la medalla. Finalmente, la insistencia de un Tarzán prácticamente desnudo, con la sola portación de una sunga como vestimenta, la convenció y  -según cuentan-  ya estaba bien alto el sol cuando la bajaron del último carro y la llevaron a dormir. Cabe acotar, que, esa misma mañana de domingo, no estuvo presente en ninguna de las misas matutinas ni de la vespertina, tal su inveterada costumbre de asistente diaria.

En los años siguientes, el carnaval fue creciendo. Los visitantes de otros barrios dejaban altos ingresos a los comerciantes de la zona y al propio Club Refinería. Buena parte de los vecinos pasaba el año preparándose para aquellas jornadas.

Club Refinería
También en 1961 se dispuso, que, en Refinería, todos los días de febrero y marzo fueran considerados de carnaval. Ese mismo año y gracias a las habilísimas gestiones de Don Luis Cándido con unos suculentos subsidios otorgados tanto por el gobierno de la provincia como el municipal, se formó una comparsa de varios miles de personas. Estaban allí todos los vecinos del populoso barrio y cientos y cientos que sumaban miles y miles representantes de Arroyito, Industrial, Talleres, Empalme Graneros, Ludueña, Villa Fanta, hasta del lejano sur de la ciudad como Tablada, Saladilllo, entre tantos otros barrios multitudinariamente presentes. Niños, jóvenes, mujeres bellísimas con esculturales formas totalmente al descubierto moviendo sus cuerpos con estudiados y habilísimos movimientos de características epilépticas acompasadas, ancianos desfilaban con paso de murga por calle Monteagudo, totalmente engalanada con un techo de guirnaldas de bombitas incandescentes y banderas de papel rojas, azules y amarillas  -que habían partido hacia el frenesí del desfile desde el pasaje Arenales, bien al fondo, donde se concentraban y renovaban por oleadas incalculables de participantes a medida que salían-  pasando por el mismo frente del Club Refinería y dirigiéndose, luego, por Gorriti hacia el gran corso de la avenida Alberdi.

Gerardo Manfredi, el Pilo Manfredi, me contó que una de aquellas noches conoció a su esposa, Esther, mientras ambos cantaban a voz en cuello la canción ésa de: “Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía…”.

Todo el esfuerzo económico del barrio y de la populosa zona de sus arrabales aledaños se dirigió a la producción carnavalesca. Se instalaron fábricas de pitos, matracas, papel picado multicolor y brillante, serpentinas, cornetas, pomos perfumados, polvos de pica-pica, antifaces, caretas, disfraces y otros innumerables productos festivos. Para sostener la actividad empresaria Don Luis Cándido instauró, el 20 de junio de 1961, el Carnaval Perpetuo en Refinería y Arroyito.

El turista de fines de semanas largos podía elegir a su antojo las fechas de sus saturnales personales. Vinieron miles de polacos, griegos, franceses, anglosajones, italianos, suecos o quizás noruegos, yonis para la jerga portuaria, en los buques mercantes que recalaban en el fantástico puerto para llenar sus bodegas con cereales y oleaginosas. Casi todos se quedaron entre nosotros y formaron nuevas familias. Los barcos se iban con el capitán y algunos pocos tripulantes veteranos. Pero, hay que admitir que casi toda la información demográfica de esa época presenta una molesta ambigüedad, a causa del disfraz forzoso. La tendencia a la impostura, que es propia de los enmascarados, distorsionaba las declaraciones ante los funcionarios del registro civil, quienes, por su parte, también estaban disfrazados.

Yo era un pibe y no alcanzaba a comprender enteramente lo que sucedía. Creía, ingenuamente, que toda risa venía precedida de un antecedente. Las carcajadas repentinas me resultaban entre arcanas y misteriosas.

El barrio y sus aledaños prosperó en aquellos tiempos. Sin embargo los fondos públicos se dilapidaron en jocosas construcciones y carteles chuscos. En el acceso a la calle Angosta, enfrente del Club Refinería, un enorme payaso de utilería abría sus piernas como el Coloso de Rodas, y se agachaba sobre Monteagudo. En Iriondo, de cara a la misma seccional policial, una fuente mecánica arrojaba papel picado multicolor las veinticuatro horas del día. Los presos alojados en el penal trasero de la seccional discutían fieramente de acuerdo a sus preferencias de combinaciones al cargar las proporciones del desmenuzado en sus distintos colores. El presupuesto de guirnaldas y luces de colores que engalanaban fastuosamente el parque Alem, la avenida Alberdi, el túnel Celedonio Escalada, el boulevard Avellaneda, los portentosos silos y los muelles de las unidades portuarias, las fenomenales instalaciones de la Refinería y las de la planta potabilizadora de agua de Obras Sanitarias, incluso el Oratorio Nuestra Señora de Las Flores, los templos San Juan Evangelista y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro era multimillonario.

Una voz se alzó en áspero tono disidente. El director de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 10, la ENET Nº 10, de calle Vélez Sarsfield entre Echeverría y Santa María de Oro, don Reyes Lascano, se atrevió a denunciar que aquella fiesta escandalosa hacía prever un futuro de resaca y arrepentimiento. El barrio entero pudo escucharlo en la gélida celebración del 9 de julio, altivo el gesto, inexorable su prosa, austero y grave aun con su obligatorio disfraz de cocoliche.

Unos pocos tuvieron el coraje de aprobar sus argumentos y pagaron su audacia con la condena social y la muerte civil. La sociedad murguera de Refinería les dio la espalda y casi todos ellos tuvieron que exiliarse a los barrios del lejano oeste, más allá de la avenida de Circunvalación. Mi padre se mantuvo en sus trece y se quedó, pero poco más tarde siguió el mismo camino hacia el exilio que habían iniciado esos valientes y nos mudamos a barrio La República. Y aunque no nos atrevíamos a comentarlo en voz alta, extrañábamos Refinería. Nos adaptábamos a la grave solemnidad de un barrio metropolitano, pero de entrecasa usábamos caretas.

Yo estaba especialmente perturbado. Mi novia Mirtha Lucía había quedado allá, en Refinería. Y aunque habíamos roto nuestras promesas nos hablábamos por teléfono y escribíamos cada tanto. Ella fue la primera en mencionar el aburrimiento. Aún guardo su carta reveladora: “… la oscuridad, querido mío, es indispensable a los faroles. Mi alma anhela unos terciopelos de tedio, para resaltar las esmeraldas de la gracia mundana. Nuestra sociedad barrial ha desdeñado la potencia del intervalo. Para decírtelo de una vez: estoy podrida de tanto carnaval”.

Algunos dicen que don Luis Cándido no fue capaz de advertir que el veneno del aburrimiento contamina las francachelas demasiado extensas. Yo creo que él fue el primero en aburrirse y también el primero en reaccionar. Pero, sus decisiones fueron las menos convenientes para un barrio tan cosmopolita: fingió y obligó a fingir unos entusiasmos que ya se habían ido. Los turistas y los yonis no se engañaron. Los japoneses notaron que un cierto manierismo asomaba en las murgas y que las canciones empezaban a mirarse a si mismas, a comentar su propia gloria y prosapia, como sucede con todos los géneros en decadencia.

El Director de la ENET Nº 10 denunció a unos comerciantes inescrupulosos por la venta de papel picado que recogían del suelo. Sus palabras fueron célebres: “… hace años y años que tiramos el mismo papel picado”.

Mis vínculos con el barrio y sus aledaños se fueron debilitando. Mirtha Lucía dejó de escribirme. Por suerte el rechazo de otras mujeres me entretuvo en dolores distintos y así me olvidé de ella.

El siguiente “golpe” cívico militar o el subsiguiente  -no recuerdo bien porque por entonces a cada rato había un golpe cívico militar contra el orden constitucional legítimamente establecido-  y la muerte del intendente don Luis Cándido, convirtió definitivamente el carnaval de Refinería en una causa irrenunciable, en una bandera, en un motivo de orgullo barrial, en una superstición. Es cierto que ya no daban ganancias, que los extranjeros no aparecían y los yonis casi no se asomaban de sus barcos amarrados a los muelles del estupendo puerto. A decir verdad, el corso era fuertemente subsidiado por el tesoro municipal. Pero, las nuevas generaciones lo consideraban una herencia cultural y sacralizaban cualquier estupidez del pasado. El propio director de la ENET Nº 10, desde su venerable ancianidad, promovió la creación del Museo del Carnaval, un discreto edificio municipal en el que se exhibían fotografías, caretas, pomos, muestras de serpentinas, bolsitas de papel picado y recortes periodísticos.

Vinieron años de grandes dificultades económicas. Las fábricas de cotillón cerraron sus puertas. Algunos vecinos regresaron a sus tareas portuarias, más precisamente al contrabando, y muchos se contentaron con la paga mensual segura como empleados del ferrocarril. Me casé con una chica de Transilvania y allí en ese país tan lejano me instalé durante mucho tiempo.

El año pasado, después de un divorcio repentino, nada grave pero suficiente, incomprensión por el idioma y consecuentemente incompatibilidad de carácter, regresé a Rosario a habitar en barrio Martin. Viví largos meses como un solterón. Cuando llegó el carnaval, este carnaval del 2012, se me ocurrió la idea de volver a Refinería y disfrutar de sus célebres festejos.

Tomé el ómnibus y llegué cerca de las nueve y media de la noche. Sin hacer ninguna escala, fui trotando hasta el lugar de reunión y arranque para el desfile de las murgas en el pasaje Arenales al fondo. Para no desentonar, me puse una modesta careta de gato que encontré tirada. Del lugar no hallé nada. Todo había sido arrasado y en esa zona de la barriada se levantaban inconmensurables edificios de alta gama totalmente enrejados a buena distancia de los mismos y en todo su perímetro. Más allá de las rejas, amplias avenidas con un tránsito infernal. Comencé a desandar mi camino por la parte del pasaje Arenales que queda y desemboca en Iriondo, que ahora es llamada Ingeniero Thedy. Mientras me acercaba, oía por los altavoces una canción tropical: “… el camaleón, nena, el camaleón, cambia de colores según la ocasión,… tu corazón, nena, tu corazón, cambia de colores como el camaleón…” Por fin, yendo por Vértiz desemboqué en Monteagudo. No había casi nadie. Las filas de luces mostraban una mayoría de lámparas quemadas. Las guirnaldas desvencijadas se descolgaban hasta el piso. Un vientito melancólico que venía desde el río levantaba remolinos de antiguo papel picado y sucias tiras de serpentinas enredadas. Caminé, o tal vez corrí, dos o tres cuadras, yendo y viniendo. Una mascarita se me acercó dando saltos.

“¿Que hacés? ¿Me conocés? Adiós, adiós, adiós…”.
Los que nos criamos, crecimos y formamos en el barrio nos reconocemos aún bajo las más espesas máscaras. Enseguida supe que ella era Mirtha Lucía. Nos miramos en silencio.
“¡Alegría, alegría!”, gritó el mismo locutor desde lo altoparlantes “¡Qué siga la diversión y el frenesí, no pararse, no pararse…!”
Mirtha Lucía me arrojó un puñadito de papel picado.
“Creí que estabas harta del corso”, le dije.
“Ahora me gusta”.
Hay poca gente”.
“No hay nadie”, dijo ella. Me tiró otro poco de papel picado y agregó: “Yo te quise…”
“¡Que no decaiga este jolgorio y esta algarabía! ¡Viva la alegría!”, suplicó el locutor.
“Nunca entendí el carnaval”, dije yo, mientras le tomaba la mano. Ella se soltó.

“Pues te ha llegado el momento de entenderlo… a cierta edad nada es venturoso. El carnaval es la juventud. No hay otro secreto”, me mojó con un pomo de agua perfumada y se alejó con paso de murga contoneando sus curvas bastante excedidas en medidas y en peso.
Yo empecé a caminar por Vélez Sarsfield hacia el boulevard Avellaneda, hacia la avenida Alberdi para tomar el ómnibus de regreso. Tiré la careta de gato en un portal. Todavía se oía al locutor: “¡Que nunca muera esta fiesta, este entusiasmo, esta alegría… esta felicidad!...”.



                   Chalo Lagrange

                                                                   Verano, febrero 22 de 2012.- 

CARNAVAL BARRIO REFINERÍA

Written By Charles Francis on 16 febrero 2014 | 21:29

Luego de algún tiempo de no acceder al blog, por cuestiones técnicas de la página, reanudamos el trabajo de investigación y recopilación del patrimonio oral. 
Para recomenzar, hemos elegido un texto enviado por Edgardo Landaluce donde cuenta  sus memorias del carnaval. 
Agradecemos a "Poroto" por sus bienvenidas historias, y aprovechamos para pedirle disculpas por la demora.

Volviendo a las historias ,  recuerdos de mi barrio, vino a mi  aquellos días de carnavales allá por finales de los 50 principio de los 60 y un poquito más.
Eran los días del carnaval una diversión, donde todo el barrio de alguna u otra manera recordaba, a dichos de ciertas personas, esas fiestas paganas, para otros, solo era un momento de diversión , donde se juntaban principalmente los chicos con sus tachitos de leche “Nido”, o latas de aceite “Patito” , algún balde o simplemente una vasija plástica donde juntar agua para mojar al principio al genero opuesto, después de transcurrido un tiempo, a cualquiera que se le cruzara en el camino.
Para que los chicos no se pelearan en una canilla para cargar primero su tacho, en algunas casas se ponía un fuentón grande de zinc; marca “Jaguar”, se iba llenando con una manguera , de allí se sacaba el agua para su tachito. Pero no eran solamente los chicos , también las madres, los abuelos, o sea casi todos los vecinos de la cuadra y la cuadra siguiente.
Recuerdo que la casa de mi abuelo , la primera de un largo terreno, tenia una terraza  que daba a la calle y al pasillo de entrada de las otras casas de atrás, en ella se juntaban varios vecino, en esa terraza, juntaban tachos y fuentones con agua, luego otros abajo trataban de meter  a las vecinas al pasillo, pues la corrían para mojarlas por la calle,  ellas se metían al pasillo para resguardarse y cargar agua en sus tachos, en ese momento al entrar las acorralaban , desde arriba era un vendaval de agua que les caía encima, no podían salir porque en la entrada se paraba un hombre con una manguera en mano y también las mojaba.


Hablando con un viejo vecino del barrio; un poquito más grande que yo; no mucho, me hizo acordar que una vez en un carnaval de esos que jugaban todos en el barrio, abuelas, madres, hermanas, hijos;  dos o tres vecinos  hicieron subir  a las mujeres en el carro del reparto de soda de  “Franco” con la excusa de sacarles una foto de recuerdo, cuando eran varias las que subieron entusiasmadas para que ese momento quede para la posteridad , un vecino al  que le decían “Pepo” tomo las varas del carro y  comenzó a pasearlas por la calle, dando vuelta a la manzana,  mientras otros vecinos al paso del carro les tiraban agua a más no poder, ellas no podían bajarse por estar  en movimiento, al final, si les sacaron la foto, pero quedaron tan mojadas que tuvieron que irse a cambiar de ropa para continuar la fiesta.
Una vez terminado el juego con agua , que casi siempre era a la hora de la siesta, las chicas y los muchachos se encaminaban hacia el club Alba Roja, el que estaba casi al fondo del terreno de mi abuelo, esas chicas y chicos venían a preparar el club para el baile nocturno,  acomodar las sillas, limpiar el piso, poner el toldo, pues la pista era al aire libre, no era un salón, era un patio interno, solo había un baño con puerta de vidrio repartido y una claraboya ovalada dividida en  cuatro vidrios, también había un viejo pileton de material que se usaba para poner la bebida,  que luego se vendía para recaudar fondos para el club.
Les cuento también que la música era con disco de pasta y la bendita púa de metal que siempre se rompía o se gastaba en medio del baile, había que parar para cambiarla , el tocadiscos, así se llamaba el aparato para reproducir la música, cuya cubierta  era de madera, algo rustico, hecho por un carpintero vecino expresamente para el club, al igual que los parlantes.

Bien avanzada la tarde, antes del baile se jugaba con un pomo de goma, recuerdo uno de dos colores, el cuerpo rosa y la tapa amarilla, se podía llenar apretándolo completamente e introducirlo en un balde con agua  dejándolo que se infle entrando el agua a través del agujerito de donde después salía el agua a chorros, cuando lo apretabas,  o sacarle  la tapa tipo tetina, puesta a presión y llenarlo en la canilla directamente.
Luego empezaron a aparecer los pomos plásticos con figuras de los superhéroes de esos tiempos, también figuras de animales, todo servia para divertirse en ese momento.
En algunos bailes solo dejaban utilizar pomos de plomo, como los envases de plásticos de los dentífricos actuales, pero un poco más grande, esos pomos tenían cargada agua perfumada, era imposible rellenarlos, solo servían luego de usarlos, para venderlos como plomo.
A fines del 60 y principio de los 70 en los bailes, el pomo fue reemplazado por un  sachet de plástico, de dimensiones más chicas que los de plomo, llenos también con agua perfumada, eran más fácil de fabricar, no tenían tapa,  solo había que perforarlo y a jugar.
En mi recuerdo no me puedo olvidar de los desfiles de murgas, comparsas, mascaritas sueltas, en la avenida Alberdi, que en tiempo de carnavales se engalanaba con sus luces y música .
Otro momento que me viene a la memoria , pero que salía de nuestro  barrio, era que por ese tiempo, para los carnavales, cuando uno pasaba por la estación  de trenes Rosario Norte en la vereda de enfrente se veía paseando al poeta Aragón, pero vestido con un traje largo, con capa, color rojo con flecos, guardas, color amarillo  como si fuera un rey, portaba un bastón de mando; en su cabeza, una corona: le decían el Rey Momo.
Los tiempos fueron cambiando, o nosotros fuimos cambiando, ya el barrio dejo de jugar al carnaval, solo los chicos se divertían por esos días con el agua , por la tarde eran ellos mismos los que se disfrazaban y salían a la calle a recorrer el barrio.
Espero que esta historia los lleve a esos años, donde había tiempo para todo, reunirse, trabajar ,  divertirse, perder tiempo con tu vecino hablando, los chicos jugando a la bolita, las chicas a la muñeca , las figuritas o simplemente a la arrimadita con una piedra, tan simple como eso, vivir el tiempo, la vida ;  no se si fueron tiempos mejores o peores, eran otros tiempos, esto es una forma de poder volver a vivir nuestras vida en  ese barrio.           
                                                                                         Edgardo “Poroto “ Landaluce  08/2012

Carnavales de mi Barrio

Written By Charles Francis on 13 octubre 2013 | 12:57

CXL.VlIl.- CARNAVALES DE MI BARRIO: MÁSCARAS

Para M. L. P.: Nacemos para vivir, por eso el capital más importante que tenemos es el tiempo, es tan corto nuestro recorrido por este planeta que es una pésima idea no gozar cada paso y cada instante con el fervor de una mente que no tiene límites y un corazón que puede Amar mucho más de lo que suponemos. Sí, señor.-

Según cuentan algunos memoriosos el corso de la avenida Alberdi, en Arroyito, era utilizado frecuentemente por ángeles y demonios cuando tenían que cumplir algunas misiones terrestres.

Solía decirse también que entre todas las máscaras del corso, una era el diablo. Los Hechiceros y las Brujas de Refinería, Empalme Graneros, Ludueña Norte y Moreno, Sarmiento, Arroyito y Sorrento aprovechaban aquellas jornadas para suscribir convenios de toda clase, índole y especie con los poderes de las tinieblas. Tras las caretas espeluznantes se ocultaba el verdadero horror de las caras del mal.

Los Hombres Soñadores de Refinería solían pasearse por allí tratando de reconocer el sello de las Legiones, o bien gritando frases soeces e injuriosas al oído de las chicas. Cada vez que sospechaban el carácter sobrenatural de algún enmascarado, comenzaban a acosarlo tratando de provocar alguna reacción reveladora.

Nunca tuvieron suerte. Las mascaritas eran muy diestras en la ocultación de investiduras infernales o eran, lisa y llanamente, empleados de tiendas y bazares, portuarios y ferroviarios, plomeros y albañiles disfrazados de Mandinga.

Una noche, un muchacho de estatura mediana, vestido de Arlequín, les pareció el finado José Zgarbik, un extraordinario ajedrecista de la Biblioteca Popular Homero, ubicada en la calle Vélez Sarsfield y la cortada José Manuel Estrada que llevaba once años muerto.

Indagada a fondo, aquella máscara negó terminantemente la identidad que se le atribuía. El joven Dr. Veterinario Adrián Santos, a quien Zgarbik le debía ciento sesenta pesos de esa época, exigió al hombre la exhibición plena de su rostro y la devolución de la suma precitada. El finado Zgarbik huyó a la carrera y se perdió entre los vagones de un corto tren cerealero estacionado en Las Tres Vías entre el boulevard Avellaneda y la avenida Alberdi.

En la última jornada de aquellos mismos carnavales, una figura cubierta con una capa negra, sombrero de ala ancha y un antifaz de la misma negritud se acercó a Dionisio Martínez, que había llegado solo hasta el extremo del corso.

“Soy la Muerte”, dijo.

Martínez, señaló con un gancho de carnicería que sostenía con la diestra su humilde indumentaria de pirata y declaró solemnemente que era el famoso Capitán Garfio y acababa de arribar a puerto proveniente de la Isla del Tesoro. 

La figura insistió. “Disculpe, buen hombre. No ha sido mi intención dar título a mi disfraz. Soy la Muerte, más allá de cualquier metáfora. Y si me permite la franqueza, vengo a llevármelo para el Más Allá.

Dionisio Martínez entornó los ojos y levantó el índice, como quien se apresta a expresar una refutación contundente. Después dio media vuelta y salió corriendo por la propia avenida Alberdi en dirección a la majestuosa parroquia de la Virgen del Perpetuo Socorro. Al cabo de una cuadra de persecución entre la muchedumbre, la figura lo alcanzó.

“Déjese de payasadas y pelotudeces”, dijo jadeando, “venga conmigo. Lo único que falta es que me haga un escándalo en plena calle y con este gentío… no sea boludo”.

“Me va a tener que arrastrar”, gritó Martínez, muerto de miedo. “Además, me parece que usted no es más que un empleado portuario, o quizás un ferroviario disfrazado”.

La Muerte alzó un brazo y Dionisio se quedó helado, petrificado. Quiso moverse, pero no pudo.

Tal como suele ocurrir en estos casos, pasaron por su mente los episodios principales de toda una vida. Martínez advirtió, sin embargo, que esa vida no era la suya. Se atrevió, entonces, a una objeción desesperada.

“Me parece que usted está buscando a otra persona”.

“Yo busco al que encuentro. Nadie es otra persona”.

“¿No podría ir a morirme a un lugar más discreto y reservado? Aquí está lleno de gente y si hay algo que no soporto es estar muerto en medio del corso de la avenida Alberdi, frente a una multitud de curiosos”.

“¡Basta! No trate de ganar tiempo”.

En ese momento apareció una chica deslumbrante vestida de ángel. Era Zulma Abraham, el amor imposible de Dionisio Martínez, la novia ausente, la mujer que lo había amado sólo por un rato. Lucía unas alas esplendorosas de color celeste y un antifaz de plata ocultaba totalmente su rostro y sus ojos. Martínez la reconoció por las tetas.

“¿Qué es lo que pasa?”, dijo el ángel.

“Soy la Muerte y vengo a llevarme a este caballero”.

El ángel se acercó a Martínez y lo besó con delectación en la boca.

“Muy bien. Ahora no te lo podrás llevar. Si un ángel besa a un moribundo, la Parca debe retroceder”.

La Muerte miró largamente a Zulma Abraham. Era difícil no confundirla con un ángel. Sin decir una palabra, dio media vuelta y desapareció detrás de una murga candombera. Dionisio quiso tomar la mano de Zulma, pero ella le tiró un puñado de papel picado de brillantes colores, una serpentina y salió corriendo.

Durante el resto de la noche, el irresistible amante de las viudas en los cementerios, pensador, filósofo, cronista e historiador de Refinería que vive en Arroyito buscó infructuosamente al ángel por todo el corso. Se asomó al bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras, también recorrió las mesas del bar El Cubano, fue a la pizzería Battilana, revisó los innumerables palcos abarrotados de público, entró en la heladería Royal, en los bares Pigalle y Asturias, cruzó al Grinzing Chop, interrumpió el show de los TNT -con la anuencia de Alberto J. Llorente- desde el escenario en el bailongo del Salón Cerveceros, preguntó a sus amigos y a innumerables personas. Todo, absolutamente todo, resultó infructuoso. Ya era bien entrada la mañana cuando llegó a su casa.

Después y durante toda su vida, sigue buscando a Zulma. Pero, ella no volvió a besarlo nunca más. 

Chalo Lagrange
Otoño, mayo de 2012.- 

Carnavales en la historia

Written By Charles Francis on 04 agosto 2011 | 12:21

 Lic. Hilda J. Capitano  

Mis carnavales de Empalme Graneros 1° parte

Written By Charles Francis on 12 abril 2010 | 16:04

Mis recuerdos de este festejo se remontan a mi adolescencia, las historias que quiero contarles son las que viví allá entre los 15 y 20 años de edad. Si les cuento que en mi infancia mi madre a los 3 hermanos  y para todas las fechas de carnaval nos disfrazaba de “mexicanos” para luego salir por las tardecitas a caminar para “mostrarnos” a los vecinos, creo que sería muy aburrido, pero hay que decir que fehacientemente se usaba el disfraz en los carnavales de aquellos tiempos.

Por aquella época la mayoría de las calles de Empalme Graneros estaban sin asfaltar, a las calles de tierras las limitan zangas que hacían de desagües (hoy cloacas) de las viviendas circundantes. En cada una de las esquinas existía una “boca de tormenta”, o sea, un grifo que “aguas sanitarias de la nación” colocaba en la red de sus cañerías de agua potable para abastecimiento ante posibles casos de incendio.
A estos grifos se recurría cuando las canillas y las piletas de nuestras casas no daban abasto para llenar los baldes que usaban nuestros padres para mojarse entre vecinos. Más de una vez las mujeres (nunca los hombres), se cambiaban la vestimenta empapada y salían diciendo “Basta que ya me cambié”, JA. JA, el carnaval no terminaba hasta que ya nadie quedaba en la calle.

Nosotros, los adolescentes, armábamos nuestra artillería de “Bombitas”, (siempre había una chata o un Jeet), llenábamos 2 inmensos fontones que se usaban para lavar la ropa, por supuesto que no eran de plástico, mas bien de chapa galvanizada que fabricaban los “hojalateros” de la época, y salíamos a “bombardear” a las chicas de los otros barrios con nuestros globitos, en este caso, siempre “las presas mas codiciadas” las encontrábamos en barrio Industrial. Creo que era uno de los barrios de los alrededores que más chicas salían a las calles en las tardes de carnaval.
Y a la noche estaba el “corso” y después los “bailes de carnaval”. Siempre éstos se hacían en la Av. Alberdi en el barrio de Arroyito, pero me recuerdo de uno que se hizo en Empalme, y fue sobre la Av. Genova, entre Progreso y las vías del Gral. Belgrano. Desfilaban diversas carrozas y también las diferentes “conocidas murgas” que llegaban de los distintos lugares de la ciudad.

Y por supuesto “El Club Reflejos” no podía quedar ajeno a esta fiesta, una de esas noches tuvimos la oportunidad de ver de cerca al “Rey” de la época, Palito Ortega.

Con algunos ahorros la llevé a mi mamá y tuvo que soportar una espera hasta las 4 de la mañana que llegara el artista compositor e interprete de “Mi primera Novia”.

Hay tantas anécdotas que uno pudiera contar de aquellos bailes de carnaval ya que tuvo la suerte de participar de los realizados por Clubes como Rosario Central, Gimnasia Esgrima, Provincial, Servando Bayo, Unión y Progreso, Belgranense, Caova… todos trayendo a los máximos artistas nacionales e internacionales.

Me quiero quedar en esta oportunidad con un recuerdo imborrable de uno de aquellos bailes de carnaval. Un querido y amado amigo mío, Félix Panizo (Jorge Ruben) era el cantante de la “Sonora Tropicana”, conjunto de cumbias que amenizaba los bailes de los clubes de rosario. Esta vez actuaban en el Club Casiano Casas, que llevaba el nombre del mismo barrio… y allí fue Carlitos.

En plena fiesta y estando en la barra del buffet tomando una naranja “social” con un grupo de amigos, se me acerca un señor mayor que desde hacía un rato nos merodeaba. Me llama, me separa del grupo, y me propone que saque a bailar una chica y que si yo lo hacía, el después se iba a encargar de invitar, al grupo de amigos y a mí, todo lo que quisiéramos consumir.

Con los años uno ha tenido miles de sorpresas de vida, pero a mis 16 años jamás había tenido una propuesta semejante. Sintiéndome un “galán ganador” le dije que me indicara cual era la chica que había que sacar a bailar.

De un lugar prudencial, más bien oculto, la señaló y antes me advirtió que esta chica tenía un problemita en una de sus piernas (era renguita). Le dije que no importaba y hasta esa mesa, cuando volvieron las cumbias con la voz de “Jorge Ruben”, Carlitos arremetió. No voy a entrar en detalles de todo lo que me costó sacar a bailar a esta hermosa chica de inmensa caballera rubia, la cuestión que la piba bailó conmigo, y toda una tanda de 45 minutos, suelto o como sea, bailó.

Después, el hombre de la propuesta, con toda una emoción reflejada en su rostro, se acercó a la barra del buffet, intentó cumplir lo ofrecido, a la cual nos negamos, entonces agradeció, me miró con ojos brillosos y me dijo que se retiraba con su familia. Antes de que partiera le pregunté: “Señor; usted es familiar de la chica, ya que lo vi despúes sentado en la misma mesa, ¿Tío? ¿Padrino? ¿Amigo de la Mamá?”. Me contestó expresamente en medio de una mezcla de emoción y orgullo: “Soy el Papá”.

Mientras mis amigos bromeaban, disimuladamente levante la vista entre ellos y miré como salían por el portón del club, una mamá enlazada al brazo de una hija cojeando... Y a un hombre detrás, perdón, a un Padre feliz, mostrando su espalda ancha y  más erguida que nunca.
Carlos Gutierre
Hasta próximas historias

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Written By Charles Francis on 03 abril 2010 | 13:00

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