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Linyeras que yo conocí 1° parte

Written By Charles Francis on 17 febrero 2015 | 16:03

Como era su costumbre, una mañana de principio de los años sesenta el Intendente Luís Cándido Carballo recorría los barrios de la ciudad, esta vez se apersonaba en la calle Olivé al 2200 de Empalme Graneros. Allí vio con gran estupor dos terrenos baldíos de cuyos portales se le presentaba un asentamiento de ancianos, "crotos y linyeras". A muy poco de esta visita, con gran sentido humanitario, trasladó a todos ellos al Geriátrico Municipal, para luego en dichos baldíos construir una placita y una canchita de fútbol, que fuera nuestra principal atracción por aquellos años.

Terminaba así gran parte de una historia dentro de un barrio que, por desgracia y a la vez por sentimientos marcados, me hizo conocer a estos increíbles personajes llamados “Linyeras”, para otros “Crotos”. Cuando digo desgracia es por la pobreza que reflejaba el barrio por aquella época. Cuando digo sentimiento es por las emociones que muchos de aquellos “linyeras” estremecieron en mi niñez.

Viviendo gran parte de mi infancia en la calle Olivé al 2300, siendo ésta la última arteria de Empalme Graneros, ya que limitaba con la Playa Sorrento del Ferrocarril General Belgrano para trenes cargueros. Esta inmensa playa de grandes galpones y numerosas vías se dedicaba a la carga de combustible de las locomotoras de los Convoy, de su reparación y mantenimiento, (cuando hablo del abastecimiento de combustible digo de las inmensas montañas de “Carbón a Piedra y Palos de Quebracho", ya que éstas eran a vapor, con el tiempo llegarían las máquinas Diesel).

Además de todo lo antedicho, esta playa tenía la particularidad de traer en sus vagones de carga a personas de distintas localidades del interior que viajaban “colados”. También se usaba como transporte de muchos hombres que iban a levantar las cosechas a los campos de los pueblos que le inmensa red del ferrocarril brindaba para el traslado de cereales al puerto de Rosario.

Todo este movimiento del ferrocarril hizo que alrededor de esa parte del barrio se construyeran “Fondas” y “Pensiones”, como así de “Bodegones”. Todas estas daban albergue a muchos de los hombres que venían de afuera que en su mayoría eran jóvenes y solos. Con el tiempo, unos por la crisis de la época, otros por vagancia, borracheras, demencias, gran parte de ellos se convertirían en linyeras o crotos.

Lo sorprendente de aquello, es que se crea un asentamiento de estos personajes que en su mayoría pertenecían a emigraciones a los que nosotros llamábamos “Polacas”. La realidad es que muchos eran “Poloneses”, pero existían entre ellos lituanos, ucranianos, rusos blancos, yugoslavos, checoslovaquos, etc., etc.

En Olivé al 22OO existían tres Bodegones con pensiones, uno propiedad de D´stéfano, otro de Stajo y otro de Pietrenko, justo en esa cuadra estaban los dos terrenos referidos, en cuyos baldíos los linyeras armaron sus viviendas inmersos entre los cañaverales que la tierra hizo florecer en esos espacios abandonados.

En las pensiones vivían aquellos que más o menos se la rebuscaban trabajando, ya sea en las cosechas de los campos y otros como peones de la construcción. Muchos de estos con el tiempo lograrían casarse y armar un decoroso hogar. Mientras que los no tan afortunados levantarían “viviendas” que armaban muy precariamente, cuyo espacio habitacional era de una longitud que les alcanzaba solamente para cubrir el cuerpo acostado y estirado, con una altura no mayor de setenta centímetros. Estas eran construídas en su parte interior con las mismas cañas y forradas por fuera con latas de cualquier embase. (Aceite, galletitas, etc., etc.).

La usaban solamente para dormir o para protegerse ante temporales lluviosos y de las tormentas que un poco amortiguaban los cañaverales que rodeaban a cada una de estas. En el frente de este tipo de bóxer hacían la “ranchada”, o sea, era un “fogón”, con dos ladrillos, sobre éstos una parilla de alambre, fuego con "leñas" donde ponían la ollita para cocinar. (Siempre una especie de puchero) producto del mendigaje. De bebida tenían elaboración propia, que era a base de alcohol puro y cáscara de naranja, que llamaban “Cachuña”.

A espaldas de nuestros padres, muchos de nosotros los pibes, visitábamos la “ranchada”, nos sentábamos frente a alguno de ellos y así supimos de sus historias. En su gran mayoría tenían que ver con la guerra de Europa y su posterior crisis económica. De allí, una afluida inmigración buscando un crecimiento personal que a muchos de ellos por diferentes razones el tiempo les negó.

Entre tantas historias, mi memoria se remonta al viejo y querido “Balu”, de una figura muy pequeñita, de grandes ojos azules y de mirada transparente, de oficio zapatero. Una vez le pregunte si había dejado familia en su país y mirando hacia el cielo me dijo textualmente: “dejar hermana hanna y madre Loisa en Austria, nunca saber de ellas más nada, mi padre morir en guerra”. A los pocos días aparecería ahorcado en los morales del ferrocarril.(En aquella arbolada varios eligieron el mismo destino)

Me acuerdo del “Checo” Luís, alto, grandote de brazos y manos enormes, de vez en cuando alguna changa como peón de albañil, cuando cobraba se mamaba después de haberse tomado un cajón de doce cervezas al natural, nosotros inocentemente lo cargábamos con Hitler porque sabíamos que se enojaba. “sharaaaaat, hetler asasan” para después decir: “Póido ir dormir” y se atrincheraba en su terruño vosciferando entre murmullos "alemanes atacar". Un amanecer de aquellos crudos inviernos, tras una de sus grandes borracheras, se lo encontró al pobre Luis congelado y muerto en una zanja. Zanjas que hasta uno de pibe podía caminar sobre sus escarchas producto de las grandes heladas.

Decenas de historias como estas para contar de estos imborrables personajes llamados linyeras y las vueltas de la vida para transformarlos como tales. Vivencias que uno las palpó antes que el Intendente Carballo erradicara a estos lindos y queridos atorrantes, que jamás volvimos a ver, salvo y queda pendiente, la historia de uno de los “polacos” del cual nunca supimos su nombre, pero bautizamos “Chinchibira”.

“Chinchibira” volvió, mejor dicho se escapó del hospicio de ancianos, fue el único que regresó al antiguo "Portal" para encontrarse con la canchita de San Lorenzo que no le impidió a un costado de la misma armar su nueva "ranchada". Pero esa es otra historia, una historia de vida que da para contar, la de un misterioso y sorprendente sujeto de doble personalidad, de terribles borracheras, que muchas veces llegó hasta el hurto para saciar su sed de tragos, pero supo con su simpatía compradora hallar el perdón de todos los que fueron victimas de sus “travesuras”, hasta que una noche murió en su ley.

Continúa en la próxima entrada Linyeras que yo conocí: 2º Parte
Carlos Gutierre

El Bar Villaviciosa

Written By Charles Francis on 03 mayo 2010 | 9:58

Típico bodegón de aquellos tiempos ubicado en Av. Sorrento entre el Bv Rondeau y calle 8 de Noviembre. A muy pocos metros de este tradicional bar existía una “feria popular” y la vieja “Planchada de lecheros”, que con sus “jardineras”, remolcadas a caballos, los lecheros cargaban sus tambores para luego cada uno hacer su reparto en los barrios de la zona norte.

La Av. Sorrento era la arteria mas transitada de Barrio Sarmiento, por ella desfilaban trabajadores de la Usina Sorrento (Agua y Energía), de la Bodega Guaymaré, portuarios, carreros, cirujas, linyeras, vendedores ambulantes, contando también con parada de taxis y colectivos provenientes de los barrios Parque Casas, Casiano Casas y La Florida.

Impulsado por mi padre entre al bar una mañana de 1970, allí estaba Daniel Rendueles, su propietario, enterado de mi objetivo, dio muchas vueltas antes de decidirse, hasta que me dijo: “¿Puedes empezar mañana a las seis?”. Con tan solo 16 años comencé a trabajar de mozo en el “Villaviciosa”, creyéndome yo que llevaba ese nombre por la gran afluencia de “viciosos” que concurrían, cuando la realidad era que su denominación tenía el origen de un pueblo del mismo nombre muy cerca de Gijón, Asturias, del país España, que Daniel me ilustraba, y siempre con gran emoción, el portal de una región de manzanares donde la Sidra era su principal producción.

Llegué mi primer día un poco menos de las seis y lo primero que me enseño Daniel fue a manejar la Maquina Express para largar los “café con leche” que se acompañaban con galletitas “Campeones”, “Violetas” o “Vainillas”. Al levantar en esa mi primera mañana las persianas de los dos ventanales y de la puerta principal observé el rápido ingreso de clientes que ya esperaban afuera y que entraban frotándose las manos ante el frío congelante de aquellos crudos inviernos para luego arrimarse al “estaño” y allí pedir “lo de siempre”:

Un aguardiente, una grapa montefiore, una caña piragua, una ginebra llave, otros una Bols y algunos sedientos ya desde muy temprano, el vaso de vino tinto o moscato. (La mayoría de estos eran changarines a la espera de un camión que los conchabara para cargas y descargas de materiales).

A las 8 de la mañana el amplio salón estaba repleto de parroquianos, fue allí que entró Lito Vassichi, el mejor amigo de Daniel, jubilado de Agua y Energía, que lo ayudaba sin goce de sueldo durante las mañanas. Estando éste Daniel aprovechaba para irse a dormir para después levantarse y darle corrido hasta las 22 horas que cerraba el Boliche, no sin antes llevarme a los fondos y mostrarme las inmensas pilas de cajones con todas las bebidas “Blancas” que se despachaban durante el día. Incontables las veces que iba y venía de ese viejo galpón que Daniel alquilaba, junto con el local del bar, a los que también eran dueños por aquélla época del Viejo Bar Victoria de Jujuy y Oroño.

Pueda ser que por aquellos tiempos algunos boliches de “copeteos” se compararan en el despacho de tantas bebidas blancas como en el “Villaviciosa”, lo cierto es que: 30 botellas de caña Piragua, 20 de ginebras (la que más salía era la “Llave”), 10 de grapas Montefiori (La mas fuerte eran la Valle Viejo y la Ombú que salían menos), 20 botellas entre Gancias y Cinzanos, 15 de “Amargo Obrero”, “5 de ferro quina”, 5 entre Fernet Branca y Pineral, 3 de Esperidina, 2 de Aguardientes (Anisado), más unos 10 cajones de vino tinto y 1 de moscato, eran el traslado diario del viejo galpón a las estanterías y a la heladera de 4 puertas que luego fuera reemplazada por una conservadora horizontal de 4 mts que suplantaría también al viejo mostrador de “estaño”.

El “Villaviciosa” era famoso también por sus suculentos y “bien cargados” familiares de Arrollado y Queso (otros fiambres como el Salame de Milán y la Mortadela abastecían el apetito de los parroquianos, el único alimento que brindaba el bodegón, nada más). A la gran masa de changarines, al Boliche concurrían linyeras, crotos, guapos de antaño y por sobre todo, conocidos hampones de los alrededores.

Durante el día los laburantes de paso (ida y vuelta de sus trabajos). Solamente por la tardecita algún ciudadano (llámese destacado) se hacía un partidito a las “carambolas” en la mesa de Billar, mientras que en más de una oportunidad veían como entre guapos se molían a trompadas, sin que alguna vez faltara un cuchillo o una navaja por medio.

Ver la sangre correr entre guapos y pendencieros era moneda corriente en el viejo bodegón. Pelea asegurada estando “El loco Zacarías" con la llegada de “El Polaco”, dos moles de cuerpos y brazos enormes con un desafío interminable y sin fin.

Por la mañana el Diario “La Capital” y por las tardes “La Tribuna”, muy pocos eran los habitué que “perdían el tiempo” leyendo los diarios, pero aquél que lo hacía leía en voz alta cuando un hampón conocido del “Villaviciosa” había sido apresado. Era muy común ver algunos malandras tomarse unas copitas antes de su estudiado atraco, que lo estimulara y diera coraje para el cometido (Hoy sería la droga que por aquella época en el boliche no existía). Los negocios de alrededores (sin ir muy lejos) eran “el trabajito y la presa diaria de aquellos muchachitos”.

Cuando las noticias de los comercios atracados nos llegaban ya sabíamos quienes eran sus autores y por supuesto, así como jamás entro una mujer al “Villaviciosa”, tampoco lo hizo la policía.

Sacar por la mañana, tarde o noche a borrachos inconcientes y dejarlos en la vereda apoyados en la pared o en un árbol era tarea diaria, casi siempre con “linyes y crotos”, no faltaba tampoco aquel que se había bandeado en el trago siendo changarín o el laburante de paso que calentó el pico y prolongó su estadía. Una vez al cerrar sentí lástima de uno de aquéllos, el hombre usaba muletas como sostén de una pierna faltante.

Llovía torrencialmente, alcanzó a decirme donde vivía. Tomé un taxi, dejando a Daniel entre medio asombrado y emocionado por mi acción lo que me dio más impulso, me dirigí hasta Av. Casiano Casas y Washington, allí descendimos ya que el taxista no podía entrar en calles de tierra, más en una noche lluviosa con el ascendente lodo que hacía las veces de pantano. Al principio puse un brazo del inválido sobre mi hombro, pero la muleta se enterraba en el barro haciendo imposible la caminata. No me quedó otro remedio que cargarlo en mis brazos y trasladarlo 5 cuadras por el fango hasta su precaria vivienda donde el hombre vivía solo. Nunca más lo volví a ver.

No todas son historias tristes. Era un sábado por la mañana, un empleado ferroviario del Belgrano cargas de la Estación Sorrento, (al que conocía como Chiche Bagñasco) me pidió al fiado un par de moscatos hasta el martes próximo que cobraba el aguinaldo. No fueron un par, el hombre tomó más de la cuenta, lo vi irse con su bicicleta de manubrio alto y sin frenos tambaleando sobre la avenida y dije para mis adentros, “este no llega a la casa”.

A las semanas este hombre volvió al “Villaviciosa”, no con aquella bicicleta, esta vez en un torino blanco coupé 0 Km. y me contó su historia. Ese día llegó a su casa, era la hora de almorzar, estaba su cuñado a quien le pidió que comprara un vino para acompañar la comida (Albóndigas en estofado). No alcanzando a probar un bocado la televisión canta los números de la lotería del “Gordo de navidad”. Su mujer le dice que la terminación correspondía al número que ellos habían comprado.

El afortunado Chiche era el ganador de la grande de navidad. No sólo me pagó aquellos moscatos al fiado, también me dejó una buena propina, para con el tiempo, ya no estando más en el Villaviciosa, vendría a buscarme para conchabarme como encargado de una de sus obras en construcción.

Los miércoles a la noche me quedaba a cenar con Daniel un apetitoso plato de “Callos a la madrileña” que el restauran “El Faro” de Marull y Rondeau nos preparaba como Vianda. Luego venía el tradicional desquite a las carambolas en la mesa de billar, donde más de una vez Daniel expresaba que allí estaba “su vida”, creyéndome yo que lo decía por el placer que le daba jugar, en su triste final sabría yo fehacientemente la razón.

Bv Rondeau y Sorrento: A pocos metros estaba el "Villaviciosa"

En la 2da. Parte relataré otras historias sorprendes del boliche, más la amistad y el afecto que llegué a sentir por un hombre que en un final predecible murió en soledad, muy lejos de su patria y de los suyos, con su partida física se terminaba también con la vida de aquel bodegón llamado “Villaviciosa”.
Carlos Gutierre

Linyeras que yo conocí 2° parte (“Chinchibira”)

Written By Charles Francis on 19 abril 2010 | 11:48

En la primera parte de este artículo relaté aquel portal de mi barrio, que sin temor a equivocarme creo que fue la mayor conglomeración de vagabundos, linyeras y crotos, no solo de la ciudad de rosario, me atrevo a decir del país. Jamás uno puede olvidarse de aquella panorámica de las calles, las vías, los alrededores de la estación y los baldíos a los que me había referido anteriormente. Y en esto mucho tuvo que ver el ferrocarril de carga y el puerto de rosario en su esplendorosa época dorada.

La mayoría de los crotos eran hombres marginados por la sociedad, muchos de ellos inmigrantes, sin familia, solitarios, que recorrían en los trenes los desérticos paisajes de la Argentina. Trabajaban en la cosecha de maíz, que se recogía a mano, y se hospedaban en los galpones donde se guardaba el cereal. "Pero en los tiempos de las crisis económicas, se agregaban miles de crotos nuevos. Pequeños comerciantes arruinados y hombres sin trabajo incrementaban el número. La Policía los llevaba como ganado por las calles del pueblo para interrogarlos, identificarlos, amenazarlos, maltratarlos y dispersarlos. La sociedad los rechazaba: la mayoría no se volvía a integrar", escribe Hugo Nario en El mundo los crotos, del Centro Editor de América Latina.

Linyeras o crotos: (llamados así porque se beneficiaron de una ordenanza dictada en 1920 por el gobernador radical José Camilo Crotto, que permitió a los braceros viajar libremente en los trenes de carga cuando fueran a trabajar a las cosechas).

Cuando un linyera se apeaba de un tren de carga lo hacía generalmente en las proximidades de las estaciones ferroviarias de campaña, allí donde la población era escasa. De inmediato buscaba con la vista donde se hallaba el embarcadero de hacienda. Allí o en la cabecera de uno de los galpones ferroviarios acamparía. Con la primera ubicación buscaban la proximidad del agua. Con la segunda, reparo de los vientos. Elegido el lugar, con ramas, bosta seca de vaca, cardo o cualquier yuyo capaz de arder, iniciaba el primer fuego. Junto a la hoguera, clavaba el fierrito asador y colgaba de su extremo doblado, la pava o una lata con agua para tomar sus primeros mates. Ese sitio fundado y nucleado por las llamas sería su " ranchada". Allí permanecería mientras no tomase otro carguero, haría su comida y tendería las mantas para dormir. El Damero.-

El epicentro fue la Estación Sorrento donde en su inmensa playa se hacían las maniobras de estos trenes, donde también se abastecía de combustible a las locomotoras que transportaban los convoy, en su mayoría cargado de cereales que iban directamente al puerto de rosario y volvían a salir a distintos lugares del país con otros materiales. Una gran afluencia de vagabundos, ya casi por la tercera edad, con sus cuerpos deteriorados por las secuelas de las cosechas y del esfuerzo del trabajo a mano, por la de aquellos crudos inviernos, más el alcohol consumido por tantos años, ya bastante enfermos hizo que estos libertarios se afincaran en el barrio hasta el final de sus vidas.

Como dije en mi anterior nota, fue una infancia donde uno quería descubrir los misterios de estos personajes, conocí a decenas de estos, conocí de muchos sus historias, conocí sus muertes, las vi en mi niñez con mis propios ojos, algunas de ellas por duelos a cuchillo, otras por suicidios en los Morales del ferrocarril, otras por congelamientos, otras por grandes infecciones y otras por la simple vejez. Era muy común por aquella época encontrar semanas tras semanas sus muertos, jamás se los vio ir a un hospital, parecía como que ellos mismos deseaban el final.

En la anterior nota también dije que iba a relatar la historia del linyera o croto que apodamos “Chinchibira”. Jamás observe de algún personaje de estos, tanta dignidad como la que tenía este sujeto. El intendente Carballo había erradicado todo este asentamiento apostado en los baldíos del lugar, arrasó con todos los cañaverales, sus casitas, ranchadas, pero antes, a todos sus habitantes los alojó en el Hospicio de Ancianos.

Era un domingo por la mañana, los pibes hacíamos “un picadito” de fútbol en uno de aquellos baldíos que ya se había transformado en canchita, la de San Lorenzo. De pronto una canción y la voz inconfundible: “A la boina marina, mujer que camina, con chinchibira termina” Lara Lara Lara!!!. Todos los chicos corrimos tras él, “Chinchibira” Volviste!!! Y como siempre, nos corrió. “raja, raja”, “ustedes mandar a cárcel” (hospicio).

Observó la canchita y sobre el final del paredón que daba a la “Fonda” de Pietrenko, desarmó su “mono”, sacó dos frazadas (por supuesto robadas del hospicio), saco una ollita, una pava, uno de sus libros y armó su “ranchada”, allí, a la intemperie. Un vecino mayor se acercó hasta el lugar y le preguntó si venía al barrio a quedarse de nuevo. “escapar de cárcel”, “acá ser libre”. No respondió más preguntas y se puso a leer, mientras de reojo nos observaba a nosotros que lo mirábamos felices de que hubiera vuelto. Y fue así que hasta el final de sus días nadie lo movió de ese lugar.

Nunca supimos con certeza su nacionalidad, su nombre ni mucho menos su edad; algunos de aquellos “colegas” inmigrantes, que eran también europeos, decían que “chinchibira” hablaba en muchos dialectos y que podía ser ucraniano, otros decían que era lituano. Pero si supimos de sus “andanzas” y a la vez de su intelecto, rara veces, pero cuando estaba sobrio era de leer mucho, para después hacer un monólogo de sus lecturas, hablaba y se discutía solo, pero siempre en su idioma.

Nunca se le conoció un trabajo, vivía de la limosna, pero existió algo muy curioso, no mendigaba en su barrio, siempre rechazaba a todos y a todo, hasta el vino; Si lo hacía por Arroyito y Alberdi, salía temprano por las mañanas y al mediodía pegaba la vuelta a su “ranchada”. Daba gusto verlo cocinar, muy higiénico, religiosamente lavaba todos los alimentos y después sus utencillos. Jamás le faltó jabón o detergente, tampoco la “cachuña”. Por las tardes solía bañarse en el Arroyo Ludueña, sin que nunca faltara un travieso que lo cascoteara de los terraplenes.

Era más bien de estatura media casi baja, de piernas cortas, muy chuecas y el caminar de Chaplín. Cuando la mezcla de alcohol puro con cáscara de naranja hacía su efecto, “chinchibira” salía de su ranchada, cuando la borrachera no era tan profunda había que cuidar de no dejar nada a mano, “chinchibira” arrasaba con todo aquello que la oportunidad y el descuido le ofrecían. Todo iba a parar alrededor de su ranchada y cuando se le reclamaba siempre decía lo mismo: “Rusos ser ladrones”, “Chinchibira recuperar todo lo que se le ha robado”. Vaya a saber que querría decir su mente con aquellas repetidas expresiones.

Alguna vez hablé de su doble personalidad. Hoy puede hablar uno de una demencia desconocida. Tenía su parte mala (era malo), no dejaba que se le acercara nadie a su alrededor, siempre una varilla para azotar al que se le arrimaba más de lo debido. Y tenía su parte buena, (era bueno) aunque suene contradictorio. Seguramente “Chinchibira” en sus recorridas por Alberdi y Arroyito tenía un benefactor que una vez por mes lo ayudaba con un poco de dinero. Ese día nos juntaba a nosotros los pibes y nos hacía preguntas de geografía o historia. Al que acertaba le daba un peso y a los que perdían les daba menos pero con la condición de que compraran facturas o macitas. A veces compraba gaseosas o helados si notaba nuestra buena lectura cuando nos hacía leer algunos de sus libros.

Cuando la borrachera era grossa “chinchibira” aterrizaba en el medio de la calle, eso cuando le asistía la suerte, la mayoría de las veces quedaba tendido en una zanja, boca arriba, agitando sus piernitas y gritando: “Socorre”, “Ayuta”, “Ahogooo”, “Me Monrooo”. Cuando se les acercaban ayudarlo los echaba, cuando más o menos lograba despejarse se incorporaba gateando, se abrazaba a alguna columna cercana y así aferrado se quedaba por un buen rato. Estas no eran de madera (Pino) ni tampoco de cemento como las de ahora. Eran estructurales, cuadriláteras y con armazón de hierro.

Fue una noche muy tormentosa, de lluvias, truenos y relámpagos, desde de adentro del bodegón de D´stéfano se escucharon los gritos de una de las tantas borracheras de “Chinchibira”: “Socorreee”, “Me Monrooo”. Cuando los parroquianos salieron afuera lo vieron enfrente abrazado a una columna de alumbrado público. No saben si fue un rayo del momento, de pronto una fuerte descarga eléctrica fulminó y terminó con la vida de este entrañable y risueño personaje.

A los chicos le causó una profunda tristeza, algunos lloraron, había muerto aquél que con sus locuras, ha veces mala pero a veces buena, los había acompañado en toda su infancia. Con “chinchibira” se iba el último de los linyeras y crotos que poblaron por aquella época los alrededores de la Estación Sorrento.

NOTA: Para los más jóvenes les comento que “Chinchibira” era el nombre de una gaseosa de venta masiva de aquellos tiempos.-

La Estación (fotos)
Detrás de esta estación estaba el barrio, a 50 mts la calle Olivé con las fondas, las pensiones, los bodegones y los baldiós.
Al frente de la misma estaba la inmensa playa donde hacían las maniobras los trenes, más los depósitos de maquinas, la herrería para el mantenimiento, a la izquierda las oficinas de los Guardas y la Policía Federal. A la derecha, (donde se observan Eucaliptos), había una manzana con Chalecitos estilo inglés donde habitaban empleados ferroviarios.
A 100 mts estaba mi casa, (Olivé y 47) donde pasé la mayor parte de mi infancia y adolescencia.

Por los andenes de esta estación transitaron miles de hombres rumbo a las cosechas, más todos aquellos norteños que buscaban en Rosario una alternativa laboral y económica. Hoy solo queda la desolación del lugar y una foto para el recuerdo.

Dios quiera que jamás vuelvan a existir estas historias, que ningún habitante del mundo tenga que emigrar de su tierra, que ningún ser humano tenga que padecer el desarraigo, la desolación y morir lejos de su patria de la mas degradante manera como se vio en los alrededores de la Estación Sorrento.-
El Frente de la Estación
Playa para las maniobras Deposito de Máquinas Hoy (A lo lejos Portal Rosario)
La Herrería que reparaba los vagones El convoy partiendo desde Sorrento



Linyeras de Hoy: Esta mujer hace años que vive en la plaza San Martín de Rosario. Pleno centro Rosarino. Juan Carlos Micaz (Argentina)
Hasta la próxima
Carlos Gutierre

Mis carnavales de Empalme Graneros 1° parte

Written By Charles Francis on 12 abril 2010 | 16:04

Mis recuerdos de este festejo se remontan a mi adolescencia, las historias que quiero contarles son las que viví allá entre los 15 y 20 años de edad. Si les cuento que en mi infancia mi madre a los 3 hermanos  y para todas las fechas de carnaval nos disfrazaba de “mexicanos” para luego salir por las tardecitas a caminar para “mostrarnos” a los vecinos, creo que sería muy aburrido, pero hay que decir que fehacientemente se usaba el disfraz en los carnavales de aquellos tiempos.

Por aquella época la mayoría de las calles de Empalme Graneros estaban sin asfaltar, a las calles de tierras las limitan zangas que hacían de desagües (hoy cloacas) de las viviendas circundantes. En cada una de las esquinas existía una “boca de tormenta”, o sea, un grifo que “aguas sanitarias de la nación” colocaba en la red de sus cañerías de agua potable para abastecimiento ante posibles casos de incendio.
A estos grifos se recurría cuando las canillas y las piletas de nuestras casas no daban abasto para llenar los baldes que usaban nuestros padres para mojarse entre vecinos. Más de una vez las mujeres (nunca los hombres), se cambiaban la vestimenta empapada y salían diciendo “Basta que ya me cambié”, JA. JA, el carnaval no terminaba hasta que ya nadie quedaba en la calle.

Nosotros, los adolescentes, armábamos nuestra artillería de “Bombitas”, (siempre había una chata o un Jeet), llenábamos 2 inmensos fontones que se usaban para lavar la ropa, por supuesto que no eran de plástico, mas bien de chapa galvanizada que fabricaban los “hojalateros” de la época, y salíamos a “bombardear” a las chicas de los otros barrios con nuestros globitos, en este caso, siempre “las presas mas codiciadas” las encontrábamos en barrio Industrial. Creo que era uno de los barrios de los alrededores que más chicas salían a las calles en las tardes de carnaval.
Y a la noche estaba el “corso” y después los “bailes de carnaval”. Siempre éstos se hacían en la Av. Alberdi en el barrio de Arroyito, pero me recuerdo de uno que se hizo en Empalme, y fue sobre la Av. Genova, entre Progreso y las vías del Gral. Belgrano. Desfilaban diversas carrozas y también las diferentes “conocidas murgas” que llegaban de los distintos lugares de la ciudad.

Y por supuesto “El Club Reflejos” no podía quedar ajeno a esta fiesta, una de esas noches tuvimos la oportunidad de ver de cerca al “Rey” de la época, Palito Ortega.

Con algunos ahorros la llevé a mi mamá y tuvo que soportar una espera hasta las 4 de la mañana que llegara el artista compositor e interprete de “Mi primera Novia”.

Hay tantas anécdotas que uno pudiera contar de aquellos bailes de carnaval ya que tuvo la suerte de participar de los realizados por Clubes como Rosario Central, Gimnasia Esgrima, Provincial, Servando Bayo, Unión y Progreso, Belgranense, Caova… todos trayendo a los máximos artistas nacionales e internacionales.

Me quiero quedar en esta oportunidad con un recuerdo imborrable de uno de aquellos bailes de carnaval. Un querido y amado amigo mío, Félix Panizo (Jorge Ruben) era el cantante de la “Sonora Tropicana”, conjunto de cumbias que amenizaba los bailes de los clubes de rosario. Esta vez actuaban en el Club Casiano Casas, que llevaba el nombre del mismo barrio… y allí fue Carlitos.

En plena fiesta y estando en la barra del buffet tomando una naranja “social” con un grupo de amigos, se me acerca un señor mayor que desde hacía un rato nos merodeaba. Me llama, me separa del grupo, y me propone que saque a bailar una chica y que si yo lo hacía, el después se iba a encargar de invitar, al grupo de amigos y a mí, todo lo que quisiéramos consumir.

Con los años uno ha tenido miles de sorpresas de vida, pero a mis 16 años jamás había tenido una propuesta semejante. Sintiéndome un “galán ganador” le dije que me indicara cual era la chica que había que sacar a bailar.

De un lugar prudencial, más bien oculto, la señaló y antes me advirtió que esta chica tenía un problemita en una de sus piernas (era renguita). Le dije que no importaba y hasta esa mesa, cuando volvieron las cumbias con la voz de “Jorge Ruben”, Carlitos arremetió. No voy a entrar en detalles de todo lo que me costó sacar a bailar a esta hermosa chica de inmensa caballera rubia, la cuestión que la piba bailó conmigo, y toda una tanda de 45 minutos, suelto o como sea, bailó.

Después, el hombre de la propuesta, con toda una emoción reflejada en su rostro, se acercó a la barra del buffet, intentó cumplir lo ofrecido, a la cual nos negamos, entonces agradeció, me miró con ojos brillosos y me dijo que se retiraba con su familia. Antes de que partiera le pregunté: “Señor; usted es familiar de la chica, ya que lo vi despúes sentado en la misma mesa, ¿Tío? ¿Padrino? ¿Amigo de la Mamá?”. Me contestó expresamente en medio de una mezcla de emoción y orgullo: “Soy el Papá”.

Mientras mis amigos bromeaban, disimuladamente levante la vista entre ellos y miré como salían por el portón del club, una mamá enlazada al brazo de una hija cojeando... Y a un hombre detrás, perdón, a un Padre feliz, mostrando su espalda ancha y  más erguida que nunca.
Carlos Gutierre
Hasta próximas historias

Recuerdo de un Rosariazo 1° parte

Written By Charles Francis on 11 marzo 2010 | 2:36

Corría Septiembre de 1969, mi casa fue allanada por la policía rosarina, tenía solo 16 años: Me llevaron detenido a los golpes ( sólo frente a una madre enferma de cáncer y ante un padre enfermo del corazón internado en el Hospital Centenario), fui torturado, escrachado en los medios (Diario Tribuna y Revista Así) como uno de los responsables de la quema de un tren de pasajeros del Ferrocarril Belgrano proveniente de Santiago del Estero, acusado de la destrucción total de la Estación Arroyito y también la de Empalme Graneros.

Vivía a sólo dos cuadras de las Estación Empalme Graneros, a seis de la Arroyito y a diez de la Av. Alberdi. Sitios donde presencié a un conjunto de numerosos jóvenes, que por el hecho de protestar ante un régimen autoritario, descabellado y asesino, salían a destruir todo aquello que pertenecía al estado, como manera de vengarse ante tantos atropellos.

Soy testigo de que muchos de estos jóvenes de Empalme Graneros fueron influenciados por personas de vieja militancia que venían de otros sectores de la ciudad. Un Torino Blanco, Un Jeet o un Peugeot con ciertos sujetos desconocidos, se arrimaban a estos adolescentes, entre ellos yo, y dictaminaban los pasos de los organísmos a destruir y la hora donde debían conglomerarse para dicho cometido.

Si bien no participe (y no por que no estaba de acuerdo, en aquella época tenía mis padres enfermos y debía cuidarlos, aparte de trabajar, durante esos episodios, fallecieron, mi Madre primero y después mi Viejo), mis amigos del barrio me contaban con lujo de detalles como había sido cada uno de los incendios provocados. (que en este orden, les comentaré en otra oportunidad).

Me llevaron esposado hasta la calle Juan B. Justo, desembocadura del Arroyo Ludueña, y a las 4:30 horas de esa madrugada entré al 2° Piso de la Jefatura de Policía de Rosario (Robo Y Hurtos). Recuerdo un cartel a la entrada que decía: “Si lo sabe… cante”, apropiadamente hacían referencia al auge que tenía en aquel entonces el programa televisivo de Roberto Galán.

Nos tuvieron desde esa hora en pié, con las manos en la nuca y contra una pared del sector, hasta las 18:00 horas. En este horario voy conducido hasta la oficina del jefe de dicho departamento. Me recibe aquél asqueroso y cobarde policía llamado Telémaco Ojeda, a su lado dos escoltas (San Juán y un manco apodado “El Sastre”).

Mientras Ojeda me interrogaba, San Juan introducía entre mis dientes un enrollado (con una argollita elaborada en su parte superior) un desnudo cable de cobre. A cada pregunta del jefe, este atornillaba tensando el alambre hasta hacer crugir mis dientes, mientras que “El sastre” levantaba a tirones mis patillas, para después en otro día, con su tijera, raparía casi del todo aquella inmensa y rulienta cabellera de mi juventud. Las guardias policiales cambiaban cada 24 horas, y en cada renovación, los asquerosos policías de aquélla época, a cada ingreso se divertían torturándonos de diferentes maneras.

Estando preso ya en la Alcaldía, algunos de esos militantes influyentes que mencioné anteriormente, nos acercaban cigarrillos y empanadas, además nos habían designado un abogado (José Eduardo Zanella), al salir de la alcaldía de jefatura, una de las mujeres del grupo o movimiento, (Elsa Ramirez, que vivía en calle Mendoza, enfrente del Colegio La salle), antes de ir a mi casa, me llevó a la suya. Lo primero que vi al entrar en su Living, fueron los retratos de Perón, El Ché en el medio y a la izquierda Eva Perón. Después de mi juventud, llegada mi madures, sabría que: grupos de la ultra izquierda se infiltraban dentro de las filas del peronismo para engendrar el caos y sacar provecho a sus ideas y metodologías políticas.


Hasta la próxima
Carlos Gutierre

Historias barriales: Parte de una historia

Written By Charles Francis on 03 enero 2010 | 23:52

Primera Parte
Mi Infancia
Nací en refinería (Hoy las Malvinas) allá por el mes de Julio del año 1953, solo viví 3 años en ese tradicional barrio, pero seguí frecuentándolo ya que mis padres dejaban numerosos vecinos como amigos. Me recuerdo aquél viejo Ombú en el centro de la calle Vera Mujica y cortada Arenales (a media cuadra vivía yo) jugando por las tardes de verano bajo la sombras de que aquella inmensa arboleda, sin que más de una véz no surgiera el reto de Don Boquete cuando no lo dejábamos dormir su siesta. A pocos metros los torneos en la cancha de Velez Sarfield . me acuerdo de aquellos domingos de Picnis en el Centro Almacenero y Centro castilla. Las escapadas al Muelle del Puerto a pescar armados y hacer despues nuestros chupines.
Mientras vivian mis padres siempre volvimos a visitar aquellos vecinos. También en las despedidas en el bar de los Pastoriza, (hoy el Bodegón, -foto-) cuando algún "gallego" se iba a pasear a España. Hablar de Refinería es hablar del Puerto, de aquellos Conventillos, de guapos y malevos.

En calle Gorriti e Iriondo se situaba el "Gran Victoria", legendario bar de copeteo y billares que recibía entre los años 50 al 60 a todo el ambiente de la noche cuando los cabaret de Pichincha cerraban sus puertas. Existían por aquélla época algunos locales habiertos las 24 horas, cuando muchos elegían la parrilla "El Amanacer", ubicada en Br. Oroño entre Salta Y Jujuy, otros  terminaban la juerga en aquel boliche de refinería. Enfrente de éste estaba el bar "Gutierrez" que abría a las 6 de la mañana, por supuesto con otras características, en este los trabajadores portuarios tomaban su desayuno mientras no les faltaba la oportunidad de observar a los trasnochados en una que otra pelea proveniente del bar de enfrente.

Mis mejores recuerdos de aquella infancia para Picholo Iglesias, Doña Cata, José Corne, la Pura, Mirta, Doña Consuelo, Los hermanos Pastoriza, Juan “el aviador”, Los hermanos Arizu, los Medín, los Ríos y a todos aquellos pibes de Jorge Canning y Cortada Silveti, donde vivía mi tio Lucas.

Segunta Parte
Y nos mudamos después a un barrio que vio vivir mi resto de infancia y toda mi adolescencia. El sufrido e invencible Empalme Graneros. Un barrio que seguramente algún poeta o bohemio soñador habrá escrito versos o historias de tanta vivencia, de personajes y de gente ilustre que luchó inagotablemente para salvaguardar a un barrio azotado por las numerosas inundaciones.
Mi casa se encontraba en calle Olivé y Cortada 45, al lado las vías del General Belgrano y después el Arroyo Ludueña. Era un mundo de gente de todos lados para ver la crecida del Arroyo cuando había llovido más de 100 milímetros. Y que triste cuando el desborde llegaba irremediablemente y ver correr a los vecinos a levantar sus muebles, después abandonar sus casas para habitar vagones del ferrocarril Belgrano estacionados para dicho fin en la playa de la Estación Sorrento mientras duraba la inundación.
Padecí 5 inundaciones, hasta una en plena fiesta de Navidad y año Nuevo. Asistí al esfuerzo de muchos vecinos cuando más de una vez con picos y palas arremetían contra los terraplenes de los ferrocarriles que no dejaban drenar el agua. Sentí el dolor de vecinos por la muerte de algún familiar desaparecido en las aguas y observé la tristeza cuando retornaban a sus viviendas y encontrarse con un panorama desolador ante el desastre de la pérdida de muebles y del lodo impregnado en todos los habitáculos de la casa.

Aparentemente fue vencido el flagelo de las inundaciones en Empalme Graneros y de ser así, en hora buena, aunque llegó bastante tarde este alivio para los vecinos, uno jamás podrá olvidar el sufrimiento de toda una población que sufrió pérdidas irreparables. Vaya también mi reconocimiento y homenaje a las mujeres y hombres que con su lucha incansable acompañaron a dos seres, que tanto habitantes como calles y viviendas, reflejaran por siempre la inagotable fuerza de Don Virginio Ottone y Don Domingo Polichizo.

Mi primer escuela fue la Carlos Pellegrini N° 456 cuando estaba en Génova y calle 47 (hoy Chaco). Me acuerdo de un Director que en los recreos tocaba un Pito de árbitro para frenar el tumulto y los gritos de los chicos cuando se desenfrenaban. Un honor haber contado con maestras como Emilia Hueso Hueso, Mirian Redondo, Angelita Valdéz y muy especial recuerdo a la señorita Nilda Zucco. Que maestras mi Dios, no les alcanzaba el tiempo de clases diarias que te invitaban a su casa y oficiaban de maestras particulares, y a honoren, siempre con aquellos alumnos un poco lentos en el aprendizaje como yo. Además solían visitar a las madres cuando estas padecían alguna que otra enfermedad.

Como me voy a olvidar de aquellos pibes y pibas si compartimos juntos los ciclos escolares del primero al sexto grado. Roberto Nicolás, Norma Bizzuti, Rubén Sarmiento, Esther Puccineli, Fermin Palavecino, Estela Sarnari, Jorge Capanno, Estela Olguín, Hugo García, Alberto Perez, Norma Pello, Gerardo Della´iacoma, Mirta Yañez, Gabriel Barbero, Enrique Casaccio, Liliana Quintana, Anibal y Daniel Vega, Mario Irazosqui, Emilio Traba, Miguel Angel D´alesandro y Juan José Horacio Messina que gracias a dios en la actualidad lo cuento como amigo personal. Que será de las vidas de aquellos compañeritos de la primaria?
Hasta la próxima
Carlos Gutierre

HISTORIA DE UNA BANDA

 
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