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COMPARTO CON BLOG LA CHICAGO ARGENTINA: BARES DE MI BARRIO de Chalo Lagrange.-

Written By Charles Francis on 27 octubre 2016 | 20:52


CXL.IV.- BARES DE MI BARRIO

 Para M. L. P.: La Mujer es la forma perfecta del ser humano y Usted, mi Amor, es la forma perfecta de la Mujer.-

 Estas historias las he plagiado a hurtadillas del sinnúmero de biblioratos con infinitas memorias escritas a mano, con suma prolijidad, en hojas tamaño oficio sin renglones y letras prácticamente dibujadas a partir del uso de lapicera de pluma con fuente de tinta azul indeleble, pertenecientes a Dionisio Martínez, el famoso conquistador irresistible y amante de viudas en los cementerios e ilustre cronista, investigador, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito.

 I.-
 Desde mediados del siglo diecinueve y hasta prácticamente tres cuartas partes del siglo veinte  -incluso, se comenta que por estas épocas queda alguno secreto, confidencial y clandestino para el común denominador de la gente-  funcionaban en lo más profundo del barrio Refinería, entre los intrincados pasadizos de los laberínticos pasillos de la “curva” de Gorriti   -allá donde emboca con La Refinería que, precisamente, le diera su nombre histórico al barrio de más bute de la ciudad-  con ingresos y salidas por Monteagudo, por Iriondo, por Vélez Sarsfield y en lo más insoldable, adentrados en la numeración de los bises del Pje. Arenales, algunos bares frecuentados por suicidas. Allí, en alguno de esos tugurios cada noche, alguien era obligado a matarse.
 Nunca estuvo claro, ni se ha dilucidado todavía, cuál era el procedimiento para establecer quién de los parroquianos debía morir. Algunos hablan de un sorteo, o de un juego de naipes, o de un juego de dados, o de un licor envenenado. Cualquiera de esos métodos podría haber sido utilizado.
 Durante un tiempo y por temporadas muy acotadas  -cuestión que aún se comenta en lo que queda de Refinería-  cada uno de esos antros estaba de moda, no sólo entre los que buscaban la muerte, sino también entre los yonis de buques mercantes amarrados a los muelles del imponente puerto y jóvenes aristócratas guitudos deseosos de emociones fuertes, que iban allí a tomar una copa de las bebidas más exóticas habidas y por haber como quien juega a la ruleta rusa.
 Pasado su momento de esplendor, el bar se hacía cada día menos concurrido y, por lo tanto, más peligroso.
 Algunas noches no iba nadie y los aburridos mozos, por pura seriedad profesional, se suicidaban.

 II.-                   
 También cerca del puerto sobre calle Vélez Sarsfield desde las inmediaciones de sus cruces con Vera Mujica  -a la altura de la Estación Embarcadero-, Iriondo  -hoy Ing. Thedy-,  hasta Rawson pasando por las enredadas esquinas formadas con Monteagudo, Pje. Vértiz y Cilveti, en la época clásica de Refinería y el mismo puerto, había bares muy famosos al que concurrían damas de cotidianas vivencias de apresuradas relaciones informales y clandestinas donde se auspiciaban la embriaguez de los yonis para apresarlos y entregarlos, por una buena paga en moneda extranjera, a otros yonis piratas, que los vendían luego como esclavos en los puertos allende los mares.
 La codicia de los propietarios los condujo a ampliar las capturas, de modo que fueron abolidos los requisitos de alcohol o alucinógenos y el nacimiento lejano. Así, se procedía a esclavizar directamente a todo el que entraba a alguno de esos antros.
 Ante ese trato desmedido, la gente dejó de ir.

III.-
Asimismo, en el barrio Refinería, desde antiquísima data y actualmente está muy en boga con una nutrida concurrencia, existe un bar tan oscuro que su descripción es casi imposible de expresar. Algunos manifiestan que en el salón principal, ubicado en la planta baja, se baila al son de una música estridente y horrorosa. Hay, evidentemente, unos bultos oscuros que se mueven con cierta regularidad intentando seguir un ritmo inexistente. Muchos hombres, y mujeres, sin preferencias se acercan a ese bar porque han oído que los trámites amorosos son simples y perentorios. La verdad que el pésimo licor, la crueldad del sonido, la estrechez y las tinieblas perturban la percepción hasta tornarla casi nula. El defecto y la virtud son conceptos imposibles en ese antro.
En el piso superior hay unos reservados a los que las sombras acceden no bien se les despierta la lujuria. Allí, la oscuridad íntima es de la misma naturaleza que la penumbra colectiva. La música es todavía más ensordecedora y ante la imposibilidad de palabras confidenciales, las parejas sólo se comunican por el tacto, el sexo, el alcohol, la violencia o todo ello en conjunto.
Cada media hora, los hombres están obligados a salir del reservado para pagar en la caja el derecho a un nuevo período. Esta maniobra se hace con gran estrépito y en medio de empujones y estampidas. Al regreso, estos seres obnubilados suelen equivocarse de puerta y con toda frecuencia se meten en otro reservado.
Sin embargo, nadie advierte estas confusiones, o nadie se molesta en corregirlas, y las nuevas parejas prosiguen su actividad haciendo suyos los pasados ajenos.
 Chalo Lagrange

Otoño, marzo de 2012.- 

COMPARTO CON LA CHICAGO ARGENTINA: EL RITUAL DE JUNIO: CAFÉ AMARGO de Chalo Lagrange.-

LXI.- EL RITUAL DE JUNIO: CAFÉ AMARGO 
 Para M. L. P.: Quien, entre tantas otras cosas maravillosas, me enseñó y mostró que las almas superiores no tienen miedo a cometer los más bellos de los excesos: el Amor y el Agradecimiento.-  
 Fue en los días fríos, de bruma en el río Hijo del Mar y niebla en la Ciudad Más Futbolera del Mundo de junio de 1978, cuando ese ritual se instaló en el Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras. Hay que entender esos días, esa bruma, esa niebla, ese junio y ese 1978, en que los feligreses del bar sintieron dolor en cada punto de la ruta que va entre la frente y la nuca o entre las cejas y las sienes porque los atravesó la contradicción más brutal y más moral de sus historias. Por un lado, estaba el Mundial que se disputaba en El País del Fin del Mundo y una de sus sedes principales: la Ciudad Más Futbolera del Mundo, la cumbre de las cumbres de lo que para todos ellos era y es una razón de vivir: el fútbol. Por el otro, estaba instalada la dictadura cívico-militar en su mayor virulencia en el País del Fin del Mundo, la suma de las sumas y su resultado elevado a la enésima potencia de lo contrario de vivir: las persecuciones despiadadas, las humillaciones, las torturas físicas y psicológicas hasta acabar y arrasar con todo: el horror. ¿Cómo hacer ingresar en un mismo tiempo y en un mismo cuerpo las dos cosas? ¿Cómo no dejarse ir detrás de la tentación festiva y vital de la pelota? ¿Cómo no pensar en cada segundo que, adelante, y atrás, y en todas las diagonales hacia las que apuntaba el bar ubicado en ese mítico cruce de calles y en esa esquina legendaria, latía un espanto, un espanto del que, en medida mayor o menor, cada uno de ellos sabía? ¿Cómo lograrlo en ese mismísimo bar de esa mismísima esquina de tanto bute, recinto cotidiano de reflexiones largas sobre las canchas de las existencias? Nunca tuvieron respuestas enteras los habitués del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras porque, para qué engañarse, la vida no es una sucesión de respuestas enteras. Sólo pudieron aquellos parroquianos de entonces  -y no fue poco-  incorporar un ritual simple y profundo, sencillo e inmenso: tomar café amargo, solamente beber café amargo.
 La idea la trajo el Raúl Rodríguez, el Flaco Rodríguez, quien no tenía un pasado como asiduo concurrente al Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras. El Flaco Rodríguez era de El Cubano, ex jugador y líder del fantástico y asombroso equipo de infinitas hazañas que atravesaba varias décadas que, justa y precisamente, llevaba el nombre de ese otro bar cercano que le dio origen y carta de nacimiento: El Cubano. Pero, en esa época ya no existía El Cubano, ya lo habían modernizado completamente y era: El Hamburgo. Actualmente es la Heladería Hamburgo, donde sirven los más ricos helados artesanales, esas cremas frías sabrosísimas y deliciosas como una piba que pasa contoneando sus formas por la avenida Alberdi y no te da ni cinco de pelota.  Esas cosas, entre otras, que caracterizan a la ciudad como La Capital Mundial del Helado y la Capital Mundial de las Mujeres Hermosas. El Flaco Rodríguez, en esa época, iba, volvía a ir y no faltaba jamás porque  -aunque me llevaba un par de décadas largas-  era mi Compañero y Amigo, uno de mis Tíos del corazón y uno de mis tantos Maestros del fútbol y de la vida, y yo, a pesar de mi juventud, ya era un miembro fiel y consecuente del bar. Y en los días fríos de bruma sobre el río y niebla en la ciudad de junio de 1978, prácticamente no podía concurrir por el bar porque demasiadas señales y la “libertad vigilada” me habían empujado a otras rutinas que me hundían en el ostracismo, de ser un exiliado en mi propia tierra y el sufrimiento de estar en alguna otra parte, de no estar con los míos. Aunque a otros Compañeros les había ido peor o, directamente, ya no les iba. Fue en los primeros días de ese junio, siempre me refieren como para recordarse y recordarme el Amor entrañable que nos hermana con los que quedan y con los que se unieron a través del tiempo: “Café Amargo”, propuso de una el Flaco Rodríguez, que ejercía la actitud del militante en cada palabra, gesto o acción, y no lo explicó. No hacía falta. El café era el fútbol, era la charla, era la identidad, era la unidad de los Compañeros, éramos nosotros. Y lo amargo era esa edad del País del Fin del Mundo.
 Durante todos los días y todas las nieblas de ese junio más que sorber tragaron café amargo para rendir homenaje a las atajadas espectaculares de el Ubaldo Matildo Fillol, el Pato Fillol, y de el sueco Hellstrom; a las gambetas, los toques sutiles en profundidad, la elegancia y la inteligencia para entender el juego del finísimo estratega francés el Michel Platini; a la impetuosa distinción peruana de el Teófilo Cubillas; la aparición de un italiano fantástico: un tal Cabrini; que apuntalaba a un goleador implacable de los azules peninsulares: Paolo Rossi; la idea del juego colectivo y total en toda la cancha de la Naranja Mecánica  -como se la denominaba a la selección holandesa-  comandada por el Johan Cruyff; los movimientos increíbles de los polacos: el Deyna, el Sczarmach y “el Pelado” Lato y a la presencia exuberante de nuestros representantes cultores del fútbol más depurado y exquisito que en la periferia del mundo, en el propio País del Fin del Mundo, hacían rendir a sus pies cada uno de los equipos que enfrentaban y, en especial, al mejor jugador de los mejores de todos los tiempos, la matriz del fútbol y el molde de los Hombres del fútbol: el Mario Kempes, el “Marito” o “el Matador” Kempes. En cada trago, además, cabían más homenajes. Me cuentan, siempre me cuentan porque no me lo dejaron sentir, me lo impidieron vivir, que para mi caso, por ejemplo, decían que los andaría añorando por algunas calles de adoquines gruesos y veredas rotas, junto a mi esposa, rumbo a algún otro albergue transitorio que nos brindaba solidaria y valientemente alguna Familia Compañera y Amiga; y para los que faltaban y seguirían faltando había palabras sentidas; y, también, para el arribo de otros tiempos porque, probablemente, alguna vez vinieran otros tiempos.
 Y vinieron, de verdad que vinieron otros tiempos. Y otros más. Y otros más. En el Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras regresó la oportunidad de desplegar la pasión sin contradicciones. Pude volver y vino al mundo mi hija, la Valérie, y ambos estamos sin rencores, con la nobleza heredada de los Hombres y las Mujeres, los Maestros de estos suburbios llenos de sabiduría y templanza, de saber reconocer dónde queda el lugar de la Amistad, del Amor y del Agradecimiento hasta el exceso, y no ausentarnos nunca más. El Flaco Rodríguez abandonó la responsabilidad de ser habitué del bar porque, prematuramente, en este tren de la muerte que viaja por la vida llegó a su estación final, aunque es un Amigo y regresa en cada anécdota y se halla presente, siempre. Ya no está el Mundial del ’78. Ni esos días fríos de ese junio, ni esa bruma, ni esa niebla. Quienes quieren piden centenares de cafés con dulce de leche, cortados con canela o lágrimas con chocolate: chicos, en jarritas o dobles. Pero en un momento cualquiera, en medio de cada reunión por más acalorada que sea la conversación o la importancia del tema que se trata, hay un instante que hasta hoy no precisa argumentos y aparece el café amargo. Ocurre que, por fortuna, para los Hombres y Mujeres duros y a la vez sensibles de estos arrabales del mundo, hay rituales que no cesan. Y hay memorias que tampoco.
 Chalo Lagrange
Otoño, junio de 2008.- 

Chalo LagrangeEL MERCADO DE FÚTBOL DEL PASAJE ARENALES


XC.- EL MERCADO DE FÚTBOL DEL PASAJE ARENALES
 Para M. L. P.: Mi nostalgia durante todo el tiempo, desde siempre y en los lugares más inverosímiles del mundo fue la presencia ausente de alguien Amado: la suya, mi Amor. Una vez más, Muchas Gracias...  y van... .-

El Mercado de Fútbol era tan antiguo que tenía casi la edad del fútbol. Allí había todo. Dos puestos en los que se exhibían rabonas, gambetas, mentiras y chilenas usadas, un mostrador armado con un tablón sobre caballetes y cubierto con una preciosa carpeta fileteada con escenas de una cancha colmada de hinchas y desde donde se expandían olores de vestuario encerrados en primorosos frasquitos adornados con moñitos de múltiples colores y hasta un equipo de DVD del que emanaban y flotaban imágenes multicolores de partidos trascendentales en una enorme pantalla de plasma de altísima resolución y vibraban los cánticos de las hinchadas a partir del conjunto de múltiples y tecnológicamente sofisticados reproductores de sonidos que le daban forma, figura y colorido a la zona de entrada, en forma de arco. Más atrás, centenares de locales se alineaban irregularmente de la misma manera en que se ordenan los mercados que en lugar de fútbol exhiben y cobijan frutas, verduras, carnes, fiambres y manjares tentadores. Se trataba de una escena extraordinaria para el que la veía. Hay que decirlo nuevamente para que se entienda bien: para el que la veía. Es que la singularidad del Mercado de Fútbol no consistía en que reunía las formas diversas del fútbol. Su rasgo definitorio era que no cualquiera lo podía ver.

 “Che, señorita... sí, usted belleza... llévese este catálogo de centros rasantes hacia el corazón... del área”, le decía un viejo puestero a una piba que era un monumento caminando cadenciosamente por la irregular arteria sin veredas y plátanos inmensos en medio de lo que siempre simuló ser la calzada de ese mítico pasaje de Refinería al fondo. “Oiga usted, Maestro... observe y no dejará de tener estas imágenes en primer plano de “El Matador”, convirtiendo y gritando sus goles del Mundial ’78, en el mismísimo Estadio Gigante de Arroyito de la Ciudad Más Futbolera del Mundo...” le susurraba al oído un pendejo desfachatado en su fresca nobleza a un señor que no dejaba sábado ni domingo sin pasar recorriendo cada uno y todos los puestos del Mercado. A su lado, un matrimonio caminaba con la mirada en la nada sin advertir la presencia del catálogo, ni de la beldad ambulante, ni del puestero, tampoco del chiquilín ni del hombre de los sábados y domingos. “Lo que se pierde esta gente”, comentaba una chica rubia de rostro angelical y delantal largo que los observaba andar mientras ofrecía con su voz grave, profunda y cautivante una colección única de goles en orsai convalidados a través de los tiempos. Ella, la chica, sabía el secreto: “El Mercado de Fútbol siempre desfila ante la vista, pero sólo lo detectan los que son capaces de darse cuenta de que el fútbol no es sólo una pelota en movimiento, sino un baile entre la gracia y la desgracia, una asociación íntima e indisoluble entre la delicia del encanto y la maldición del desengaño, un viaje que va desde la furia hasta el Amor. Para los que viven sin percibir eso, El Mercado de Fútbol no existe”.

Hace años, no tantos, un viajero que recorría el mundo quiso ubicar en los mapas y en los catálogos de excursiones a El Mercado de Fútbol. Investigó sin éxito hasta que recorriendo el Barrio Tío Rolo, en la zona sur de la Ciudad Más Futbolera del Mundo, se cruzó con el encargado de un puesto dedicado a las historias de punteros izquierdos y derechos de los metegoles. Ese hombre sabio, ese Maestro de las cosas del fútbol, de la vida y del corazón le devolvió la luz con una respuesta: “Vea, che... amigo, El Mercado de Fútbol está en todas partes o en ninguna. Es igual a las grandes cosas de la vida, sólo hay que saber buscar ¿Me entiende?”. El experimentado viajero del mundo no dijo nada pero, de inmediato, hizo señas, tomó un taxi y se hizo llevar hasta El Bar de La Esquina de Las Cuatro Fronteras. Al llegar y mientras descendía le dijo al tachero que lo aguardara unos minutos, se acercó con suma delicadeza a varias mesas y preguntó algo. Los ademanes eran inequívocos, todas las chicas y los muchachos entre cafés, bomboncitos de licor, avellanas y maníes tostados le señalaban hacia el mismo lugar mientras el hombre, sonriente, asentía con la cabeza. Subió nuevamente al tacho y, presuroso, le dijo al chofer que lo llevara hacia Refinería al fondo. Se hizo dejar cerca de la Estación Embarcadero, casi en las barrancas altas del fenomenal río Hijo del Mar. La tarde era espléndida, soplaba una suave y agradable brisa proveniente de las islas. Cruzó varias callejuelas y, finalmente, luego de atravesar un tramo del sinuoso y largo pasillo, se paró de cara a un toldo hecho con maderas de travesaños y escuchó como una voz, que era la suya, pedía un par de frascos de pasión de cancha. Entonces, se volcó unas gotas en el cuerpo, aspiró ese aroma único, por ello irrepetible, y pudo ver en ese atardecer maravilloso un horizonte pleno en el que, radiantes, simples y sencillas, se le abrían de par en par las puertas del Mercado de Fútbol del Pasaje Arenales.

Chalo Lagrange


Otoño, marzo de 2009.-

COMPARTO CON LA CHICAGO ARGENTINA: HISTORIA DE CUANDO ME REFUGIÉ EN UN ESTADIO de Chalo Lagrange.-

XI.- HISTORIA DE CUANDO ME REFUGIÉ EN UN ESTADIO
 Para M. L. P.: Con agradecimiento y en memoria a Don Santiago Bravo que llenó de Amor y códigos de conducta mi vida. Entre tantas citas de la universidad de la calle me decía: “Muchos confunden el Amor con sexo o con la necesidad de protección o admiración”. Usted que todo lo entiende sabrá entender, todo.-

 Durante el peor de los tiempos de mi tierra, me refugié en un estadio de fútbol. No fue una acción provocada por una pasión buena o loca, sino la imposición de una realidad feroz y gracias a la acción valiente y solidaria de uno de los más grandes dirigentes del fútbol argentino y de Rosario Central. En una calle, me hubieran detectado a solas o con mi esposa muy fácilmente; en un bar, una confitería o un cine, me hubieran atrapado; en mi casa, me hubieran matado, de hecho dos veces fallaron. En el estadio que ahora todos conocemos por su nombre propio y popular como “Gigante de Arroyito”, que se estaba reconstruyendo para ser una de las sedes del mundial de fútbol a disputarse en el País del Fin del Mundo, azar o misterio jamás me encontraron.


Después de más de treinta años se lo revelé así, sin disimular nada, al Dante Valle, al Mirito Escauriza y su esposa Carola, a las Compañeras que acompañaban a sus esposos y a sus hijos, al más veterano de los mozos y a todas las chicas y los muchachos del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras, un lugar hecho para que las cosas del fútbol, de la vida y del corazón se transformen en conversación, justo el 9 de julio de 2007, un día de invierno que presagiaba que en Rosario podría nevar como sucedió, y también recordamos entre fragantes cafés con nuestras propias anécdotas individuales, una lejana siesta del 16 de julio de 1973. “En aquellos años entre 1976 y 1978, aunque luego prosiguió la persecución y el acorralamiento de otra forma  -expliqué-  para nosotros  -para mi esposa y para mí-  la naturaleza adquirió otra forma: un día no era el tiempo en que el sol viajaba desde detrás de las islas del inmenso río Hijo del Mar color de león para ponerse tras el horizonte en la inmensidad de la pampa gringa, sino de la segunda bandeja de una tribuna en construcción a la otra ya erigida y techada que da espaldas a calle Cordiviola; una semana no era una sucesión de días y sí el período que iba entre cuando los Canayas vaciaban las plateas y las populares hasta que los propios Pingüinos volvían a colmarlas, porque todos los partidos se jugaban en la cancha del Parque de la Independencia por las obras de la imponente remodelación que daría origen al mítico Gigante de Arroyito. Y un gol no sólo funcionaba como un testimonio de alegría, sino como una demostración de que todavía nuestras muy jóvenes vidas no habían quedado mudas”.


 “Nuestros familiares y amigos íntimos, sólo nos veían cada tanto en algún partido”, repasé, hundido en uno de los cafés potentes del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras. Así era: un encuentro corto y a escondidas, una trampa noble en medio de un tiempo de trampas brutas, un respiro entre los ahogos. Cuando el resto de la hinchada se abrazaba a festejar lo que fuese, mi esposa y yo nos prendíamos a los afectos y susurrábamos en los oídos un diagnóstico del presente, una pregunta sobre los viejos amigos o, más seguido, un ‘te quiero’”.


Con la boca en otro café y la memoria en la garganta, conté que transcurrí esa época, siempre junto a mi esposa, desplegando rutinas llenas de significados. En las noches destempladas, dormíamos envueltos en la enorme bandera “Canaya”, azul y amarilla, para certificar que hay pertenencias que jamás se rompen. En las tardes en las que nos sentíamos calmos, nos parábamos frente a las fotos de los grandes jugadores de todos los tiempos hasta esos días, que habían quedado en una sector cerrado para ser adecuadamente resguardadas, y nos invitábamos a repasar viejos momentos de gloria porque, en las horas duras, pocas cosas ayudan tanto como saberse parte de una historia. Y en las madrugadas angustiantes, pisábamos con cuidado el césped que había sido traído especialmente de un pueblito del interior de la provincia, desde María Juana, para ser prolijamente sembrado y cortado como una mullida alfombra verde y dábamos una vuelta olímpica solitaria porque necesitábamos expresar que, a pesar de cada pesar y de todos los pesares, no estábamos vencidos para siempre.


Todo duró, evoqué con la anteúltima gota de café saludándome el mentón, hasta el minuto de ese tiempo peor. En el instante en que los espantos, para nosotros, para mi esposa y para mí, siempre por la acción consecuente, amorosa y paternal de ese enorme dirigente del fútbol e inconmensurable persona de la vida, menguaron un tanto y se inauguró una era distinta: la de “libertad vigilada”. Les hicimos tres caricias a cada uno de los caños de los arcos que ya habían sido colocados, le dimos las gracias por la larga compañía a los banderines de los corners, nos animamos a dar una vuelta olímpica más, esta vez de real victoria, y dejamos el estadio, caminando rumbo al mundo, de nuevo en libertad, aunque fuera vigilada.


Con el Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras verificando que el invierno, además de presente, era enérgicamente frío como no lo era desde hacía muchos años, cerré mi relato: “Ahora, con regular frecuencia, igual que miles y miles, volvemos al estadio “Gigante de Arroyito”. Y soy uno más junto a mi esposa y mi hija, que recién pudo ser traída al mundo cuando hubo pasado ese tiempo de horror: saltamos y cantamos, nos enojamos y conmovemos, sonreímos. Sólo cuando nos abrazamos con otros Compañeros Canayas me acuerdo que ese estadio alguna vez fue mi hogar”. Alguien, entre todos los presentes, que individualicé porque adelantó un rostro hermoso y fresco, muy joven, que enmarcaba unos bellísimos ojos pardos que me parecieron más brillantes y más húmedos de lo que podían ser, tal vez por el frío, me preguntó: “Por qué”. Entonces, hice nadar los labios en otro trago de café y dije para todos, porque en el amplio recinto se había hecho un reverencial silencio aprovechando la enorme pregunta que imponía mi pronta respuesta: “Porque en cada abrazo, nuestra hija nos sigue susurrando a cada uno… te quiero”.


Chalo Lagrange
Invierno, julio de 2007.-

Historia de las palabras en la cola de las entradas

Written By Charles Francis on 28 mayo 2015 | 14:58

XIV.- HISTORIA DE LAS PALABRAS EN LA COLA DE LAS ENTRADAS

 Para M. L. P.: Con quien mi historia comenzó hace casi todo mi tiempo y creció tanto que no tengo palabras para decirle cuánto la Amo.-
 Debe haber sido hace un par de semanas atrás de este invierno cuando el Gallego Felice, uno de los mozos del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras, confesó, por fin, que lo que menos le atraía del fútbol era el fútbol. Se trataba del más grande y extraordinario de sus secretos. No le gustaba el fútbol pero lo entendía a la perfección, conocía sus códigos, sus lógicas generales y sus minucias más estúpidas, recordaba con detalles pormenorizados goles grandes y goles pequeños y, por supuesto, estaba en condiciones de repetir todas las formaciones del tiempo en el que los equipos no estaban en permanente subasta y una formación, ‘una squadra’, era siempre la misma formación. No le gustaba el fútbol, pero lo aprendía porque le abría casi una pasión dentro de otra pasión, le permitía algo que, en definitiva, era el corazón de su secreto. No lo supo nadie hasta el día de esa confesión rotunda: el Gallego Felice, uno de los mozos del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras, amaba del fútbol el ritual de hacer la cola para sacar las entradas.
 “Imagínense  -les pidió a los concurrentes infaltables en aquel día tan frío como el de hoy de hace ya un par de semanas-  , imagínense de verdad, muchachos, que yo había llegado a este país desde tan lejos y solo, recorría las calles de esta ciudad angustiado y solo, observaba a orillas del río amaneceres, atardeceres y noches solo, veía el sol y veía la lluvia y seguía solo. Había tardes en las que yo mismo, reflejado en alguna vidriera, me decía ‘buenas tardes’ y esperaba ansioso mi respuesta para asegurarme que el hombre que yo era estaba en condiciones de sostener un diálogo. Fue, entonces, cuando descubrí las colas para sacar entradas”.
 Tal vez, porque hay hábitos que no se rompen ni a la hora de las confesiones, el Gallego Felice trajo una vuelta de café que ninguno le había pedido. “Imagínense, muchachos  -insistió-  , la oportunidad que representaba para mí. En las colas había gente, gente que no se me escapaba, gente que no tenía otra cosa que hacer que avanzar lentamente y conversar porque en las colas para sacar entradas el presente no es nada, se puede llenar con cualquier cosa. Lo único que importa es el futuro, que consiste en tener la entrada. Me di cuenta rápido: hacía las colas y charlaba de lo que fuera así los demás llenaban su vacío de ese rato y yo llenaba mi vacío cotidiano”.
 En ese punto, ni uno de los habitués del Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras se salteó pensar en sus propias y muchas horas destinadas a hacer colas en busca del premio de obtener la tan ansiada entrada. Alguno estuvo al borde de hacer un comentario, pero el Gallego Felice, el mozo, retomó su confesión: “En esas colas, yo pronunciaba y escuchaba nombres de jugadores, pronósticos y memorias de penales y jugadas fantásticas. A veces, en pocos metros, encontraba con quién elogiar y con quién criticar a un mismo árbitro. No era decisivo. Sólo rogaba que los partidos fueran convocantes para la gente y eso provocara colas largas, así yo tenía con quiénes charlar”.
 Para cuando repartió su segunda y espontánea vuelta de café, el Gallego Felice, ya había entregado mil pormenores sobre la gama de rufianes, hipócritas, indiferentes, atentos, sinceros y generosos con las que se había topado en las innumerables colas que habían transcurrido en su vida. Entonces, justificó que hubiera llegado la hora de su confidencia mayor: “Hace ya un largo tiempo, advertí que se venía un clásico. Desde luego, fui y me aposté al final de una cola extensísima desde las que surgían voces estúpidas y voces sabias. A mi lado, ni adelante ni atrás, a mi lado, se para una mujer. Charlamos lo que duró la cola: dos horas, o cinco, o diez. No podíamos parar de charlar y no lo hicimos hasta que ambos nos contamos que estábamos ahí por lo mismo, tratando de espantar la soledad. Imagínense, muchachos, que no hizo falta nada mas: desde entonces, estamos juntos”.
 Una ancha, inmensa ola de alegrías, de aplausos y de asombros cruzó el Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras. El Gallego Felice cerró su confesión, aceptó las felicitaciones y, en un ademán hecho vértigo como el de los magos prodigiosos, metió las manos en todos sus bolsillos. Desde ellos sacó la más fabulosa colección de entradas que alguien haya recordado jamás. La volcó sobre una mesa y, sonriente, dijo: “Aquí las dejo. Imagínense, muchachos, yo ya no las necesito”.
 Chalo Lagrange
Invierno, julio de 2007.-

La Polaca

Written By Charles Francis on 26 marzo 2014 | 22:43

XX.- La Polaca

El Dante Valle, el General Valle, el Daniel Franco, el Gringo Franco y yo éramos los integrantes más jóvenes, unos pibes verdaderamente desfachatados de aquel equipo que se transformó en algo mítico, fabuloso, del cual aún en los bares y en las calles se escuchan comentarios increíbles de sus hazañas por todas las canchas de la ciudad y la región. 
Se llamaba Las Malvinas y lo conducían, como sólo los grandes líderes saben hacerlo, el Hugo Pastoriza, el Ronco Pastoriza y el Omar Pastoriza, el Pato Pastoriza -nuestros hermanos mayores en las cosas de las canchas, de la vida y del corazón- Un día, un día cualquiera en que los hechos acontecen, detectamos que no hay un solo camino para volverse una memoria del fútbol casi en la misma época en la que aprendimos cuánto mundo cabe en la cintura de las mujeres o cuánta gracia le falta al corazón de muchos hombres. 
La escasez de experiencia había hecho que siendo adolescentes apurados para ser Hombres mientras corríamos pelotazos como si fueran choripanes y gaseosas creyéramos que una leyenda del fútbol necesitaba fundarse, por ejemplo, con el eco de un gol o revertiendo un resultado adverso en la agonía de un partido. Pero, fue en ese tiempo que descubrimos a la Olga Dubrowski, la Polaca Dubrowski. En realidad, este que narra la conocía desde bastante tiempo antes, porque sus padres y el hermano -los Polacos- a instancias de ella, después de los picados en la cancha de Las Malvinas, o en la de Vélez Sarsfield, o en la de Arizu, o en la del Boneo, me invitaban por las tardes a merendar y disfrutar exquisitos parlamentos sentados a la mesa hogareña. 
Era una agradable excusa para organizar los encuentros de chicas y muchachos amenizados con la música de los discos simples y long plays colocados para girar en treinta y tres en el Wincofon que se ubicaba estratégicamente en el patio de su casa de la calle Cilveti al fondo o para ir a las matinés y continuados de los cines en los inviernos o concurrir diariamente en barra, desde muy temprano, compartiendo largas y amenas tardes con juegos, charlas y soles de playa en los clubes de la ribera baja del río durante el transcurso de los veranos.
La Polaca me llevaba un par de años en la edad, era muy inteligente, de excelente educación, suave muy suave y con ojos azules claros como las aguas de la bahía de Gdansk, su lugar de nacimiento. Recuerdo que, a partir del color particular de los ojos, sus padres me describían el puerto sobre el Báltico con la nostalgia propia de los inmigrantes de la Segunda Gran Guerra, cosa que entendía por la similar experiencia propia y servía para dar comienzo a largas y exquisitas charlas hasta el anochecer, como si fuera un miembro más de esa adorable familia. 
La Polaca, además era alta, delgada y a la vez esbelta, con algunas pecas en los pómulos de su bellísimo rostro y, desde luego, rubia, muy rubia. Su aroma a rosas y jazmines lo tengo tan presente como si estuviera a mi lado. Tenía la piel lista para ruborizarse, el hábito en los días invernales de colgarse un pulóver sobre los hombros con las mangas por delante liadas en un lazo flojo, y una nobleza inconmensurable en cada labio siempre que sonreía. Un detalle: de fútbol casi no hablaba, escuchaba, escuchaba, escuchaba y también leía, leía con fruición.
Más rubia que nunca estaba la Polaca un sábado en el que los integrantes de aquel equipo de leyenda desembarcamos a la hora del crepúsculo naufragando entre olas de bronca. Nada sorprendente: habíamos perdido un partido imperdible. La Polaca se nos arrimó entre susurros. “¿Qué pasó, chicos?”, indagó. Nadie le devolvió una palabra. De nuevo preguntó. Alguien le replicó un mal gruñido, casi una grosería. No se molestó en insistir. 
Apenas abrió su boca de sonrisas, miró ese elenco de derrotados, se puso a mi lado, me atrajo hacia ella rodeándome los hombros con su brazo derecho en un gesto que era más que amistoso y acercando su rostro al mío largó, invariablemente tímida, una reflexión corta y grandiosa que nos envolvió a todos: “No importa que estén enojados con la vida. Yo los quiero mucho. Y, pase lo que pase, un compañero siempre es un compañero. Uno juega mejor con sus compañeros de la vida. Ellos serán generosos, se ayudarán, se comprenderán, se alentarán y se perdonarán. 
Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los compañeros que la victoria con los extraños o los indeseables”. No le hizo falta repetirla para despabilar emociones. Tampoco le hizo falta nada más para que ella y su reflexión se convirtieran en una memoria del fútbol. Pura lógica: las memorias que mejor perduran son los actos generosos.
No hay historias perfectas. Luego de muchas tristezas y algunas alegrías, poco más de tres décadas en que el tiempo atravesó irreversiblemente almanaques después de aquél día, encontrándome muy lejos -en la región del Cáucaso donde se encuentra ubicada la ciudad de Grozni, que estaba siendo destruida por primera vez- la Dulce Polaca se murió. Cuando regresé -porque de allí también retorné ésa y otras veces de tantos lugares- los encargados de hablar para enterarme de la noticia fueron precisamente el Ronco Pastoriza, el General Valle y el Gringo Franco en el Bar de la Esquina de Las Cuatro Fronteras. 
Para los miembros del viejo y memorable equipo de Las Malvinas, había resultado un agujero en el entendimiento y un cuchillazo en la existencia. Igual que muchos años antes, sentimos que habíamos perdido un partido imperdible. Pero, también igual que antes, todos recordamos aquella reflexión y la repetimos como un rezo con un criterio no sólo sentimental sino estratégico: “No importa que estén enojados con la vida. Yo los quiero mucho. Y, pase lo que pase, un compañero siempre es un compañero. Uno juega mejor con sus compañeros de la vida. Ellos serán generosos, se ayudarán, se comprenderán, se alentarán y se perdonarán. 
Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los compañeros que la victoria con los extraños o los indeseables”. Eso mismo: siempre una memoria del fútbol o de lo que sea, siempre una compañera, siempre y para siempre dulce Polaca.
Chalo Lagrange
Fines de Invierno, septiembre de 2007.-
Para M. L. P.: Los objetos y los fines, los mecanismos y las formas de la ciencia debo conocerlos por mis especialidades técnicas profesionales, pero ya no me interesan. Tarde, tal vez, pero he descubierto que ignoran los sueños, los azares, las risas, los sentimientos, las esperanzas, las nostalgias y hasta las contradicciones, cosas únicas, irrepetibles, que me son indispensables.-
http://poesiauniversal.com.ar/hablando-de-futbol/xx-la-polaca

Bares de mi barrio. Chalo Lagrange

CXL.IV.- BARES DE MI BARRIO

 Para M. L. P.: La Mujer es la forma perfecta del ser humano y Usted, mi Amor, es la forma perfecta de la Mujer.-

 Estas historias las he plagiado a hurtadillas del sinnúmero de biblioratos con infinitas memorias escritas a mano, con suma prolijidad, en hojas tamaño oficio sin renglones y letras prácticamente dibujadas a partir del uso de lapicera de pluma con fuente de tinta azul indeleble, pertenecientes a Dionisio Martínez, el famoso conquistador  irresistible y amante de viudas en los cementerios e ilustre cronista, investigador, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito.

 I.-

 Desde mediados del siglo diecinueve y hasta prácticamente tres cuartas partes del siglo veinte  -incluso, se comenta que por estas épocas queda alguno secreto, confidencial y clandestino para el común denominador de la gente-  funcionaban en lo más profundo del barrio Refinería, entre los intrincados pasadizos de los laberínticos pasillos de la “curva” de Gorriti   -allá donde emboca con La Refinería que, precisamente, le diera su nombre histórico al barrio de más bute de la ciudad-  con ingresos y salidas por Monteagudo, por Iriondo, por Vélez Sarsfield y en lo más insoldable, adentrados en la numeración de los bises del Pje. Arenales, algunos bares frecuentados por suicidas. Allí, en alguno de esos tugurios cada noche, alguien era obligado a matarse.

 Nunca estuvo claro, ni se ha dilucidado todavía, cuál era el procedimiento para establecer quién de los parroquianos debía morir. Algunos hablan de un sorteo, o de un juego de naipes, o de un juego de dados, o de un licor envenenado. Cualquiera de esos métodos podría haber sido utilizado.

 Durante un tiempo y por temporadas muy acotadas  -cuestión que aún se comenta en lo que queda de Refinería-  cada uno de esos antros estaba de moda, no sólo entre los que buscaban la muerte, sino también entre los yonis de buques mercantes amarrados a los muelles del imponente puerto y jóvenes aristócratas guitudos deseosos de emociones fuertes, que iban allí a tomar una copa de las bebidas más exóticas habidas y por haber como quien juega a la ruleta rusa.

 Pasado su momento de esplendor, el bar se hacía cada día menos concurrido y, por lo tanto, más peligroso.

 Algunas noches no iba nadie y los aburridos mozos, por pura seriedad profesional, se suicidaban.

 II.-
                   
 También cerca del puerto sobre calle Vélez Sarsfield desde las inmediaciones de sus cruces con Vera Mujica  -a la altura de la Estación Embarcadero-, Iriondo  -hoy Ing. Thedy-,  hasta Rawson pasando por las enredadas esquinas formadas con Monteagudo, Pje. Vértiz y Cilveti, en la época clásica de Refinería y el mismo puerto, había bares muy famosos al que concurrían damas de cotidianas vivencias de apresuradas relaciones informales y clandestinas donde se auspiciaban la embriaguez de los yonis para apresarlos y entregarlos, por una buena paga en moneda extranjera, a otros yonis piratas, que los vendían luego como esclavos en los puertos allende los mares.

 La codicia de los propietarios los condujo a ampliar las capturas, de modo que fueron abolidos los requisitos de alcohol o alucinógenos y el nacimiento lejano. Así, se procedía a esclavizar directamente a todo el que entraba a alguno de esos antros.

 Ante ese trato desmedido, la gente dejó de ir.

III.-

Asimismo, en el barrio Refinería, desde antiquísima data y actualmente está muy en boga con una nutrida concurrencia, existe un bar tan oscuro que su descripción es casi imposible de expresar. Algunos manifiestan que en el salón principal, ubicado en la planta baja, se baila al son de una música estridente y horrorosa. Hay, evidentemente, unos bultos oscuros que se mueven con cierta regularidad intentando seguir un ritmo inexistente. Muchos hombres, y mujeres, sin preferencias se acercan a ese bar porque han oído que los trámites amorosos son simples y perentorios. La verdad que el pésimo licor, la crueldad del sonido, la estrechez y las tinieblas perturban la percepción hasta tornarla casi nula. El defecto y la virtud son conceptos imposibles en ese antro.

En el piso superior hay unos reservados a los que las sombras acceden no bien se les despierta la lujuria. Allí, la oscuridad íntima es de la misma naturaleza que la penumbra colectiva. La música es todavía más ensordecedora y ante la imposibilidad de palabras confidenciales, las parejas sólo se comunican por el tacto, el sexo, el alcohol, la violencia o todo ello en conjunto.

Cada media hora, los hombres están obligados a salir del reservado para pagar en la caja el derecho a un nuevo período. Esta maniobra se hace con gran estrépito y en medio de empujones y estampidas. Al regreso, estos seres obnubilados suelen equivocarse de puerta y con toda frecuencia se meten en otro reservado.

Sin embargo, nadie advierte estas confusiones, o nadie se molesta en corregirlas, y las nuevas parejas prosiguen su actividad haciendo suyos los pasados ajenos.



                                                                   Chalo Lagrange
                                                     Otoño, marzo de 2012.- 


CLXX.l.- EL CORSO REFINERÍA

Written By Charles Francis on 22 febrero 2014 | 17:50

CLXX.l.- EL CORSO TRISTE DEL CLUB REFINERÍA
 Para M. L. P.: Día y noche corre el río, día y noche sopla el viento, desde siempre, día y noche Amor mío estás en mi pensamiento.-
 Según una difundida leyenda de Refinería, el carnaval fue alguna vez una fiesta popular, días enteros en los que no se trabajaba, con juegos en los que abundaba el agua por las tardes y, luego del ángelus en los atardeceres hasta la mañana del día siguiente personas disfrazadas, música, bailes, bromas, cintas y papeles multicolores. En verdad cuesta creer semejante cosa con tanta festividad incluida. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad generalizada insiste en adjudicar la condición carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar, sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se puede observar, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan con este estado de cosas y afirman que la francachela y el desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso previo e inevitable cuyo noble fin se cumple recién ahora, en el ejercicio del recuerdo.
Los Hombres Soñadores de Refinería simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el Carnaval no solamente servía para seducir señoritas en las milongas, sino para pensar en el paso del tiempo.
Puede afirmarse sin caer en el infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás consiguió entender el sentido de los Carnavales.
Dionisio Martínez, el famoso amante irresistible de las viudas en los cementerios, pensador, filósofo, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito, pensaba que las gentes se ponían contentas en virtud de algún suceso que todos conocían menos él. Sus amigos padecían un desconcierto de la misma índole.
Esto puede explicar la extraña conducta de los Hombres Soñadores en los corsos y en los bailes.
Durante un rato hacían fuerza para sentirse alegres: bailaban, bromeaban, comían choripanes con cerveza y gaseosas, se ponían caretas, hablaban con voz aflautada, se meneaban distorsionando su condición de varones y mojaban a las damas con agua perfumada contenida en pomos de colores. Después comprendían que todo aquello era inútil y entonces se iban a otros bailongos, discutían con los mozos, miraban y escuchaban las orquestas y los grandes cantantes internacionales que visitaban la ciudad, evocaban antiguos Carnavales y cantaban canciones sandungueras. Ya en los primeros albores del día siguiente maldecían el Carnaval, se estacionaban en las esquinas desoladas y se burlaban de las barras de chicas y muchachos que volvían a sus casas.
Pero, una tarde de tórrido verano, Dionisio Martínez tuvo una inspiración genial. Se le ocurrió organizar todos los años el Corso Triste del Club Refinería.
Se trataba de una idea interesante: Dionisio pensaba que en los Carnavales vulgares todos disimulaban el tedio y la tristeza disfrazándose de personas alegres. Su proyecto consistía en adoptar disfraces y actitudes melancólicas para ver si detrás de ellos se instalaban el jolgorio y la alegría.
“Si bajo la sonora risa del payaso se adivina siempre una lágrima, es posible que encontremos una sonrisa al sacarnos nuestras caretas de víctimas.”
Si el propósito de Martínez fue lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo consiguió con creces. El Corso Triste del Club Refinería se extendió por toda la populosa y cosmopolita barriada y era francamente tenebroso. Todas las luces del club y del barrio estaban apagadas. Los asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de sufrimientos.
Las murgas entonaban desde la marcha fúnebre hasta canciones gemebundas de Betinotti y tangos trágicos de Ignacio Corsini y Agustín Magaldi.
Los disfraces eran lastimosos: de condenado a muerte, de madre triste, de novia abandonada, de jugador expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros, de jubilado que cobra la mínima paga mensual, de intoxicado, entre otros.
Con el tiempo, el Corso Triste se fue haciendo más ambicioso y complejo.
Rubén Antonio Luis, el joven poeta de la calle Echeverría, comenzó a escribir versos murgueros con pretensión literaria.
        Si parlamo’ del destino
       ¿Quién conoce su camino?
        Boroborom bom bom
boroborom bom bom
Nadie puede contra la suerte
La última carta es la muerte.
        boroborom bom bom
        boroborom bom bom.
Los muchachos tristes de otros arrabales, tanto los de aledaños como los alejados de Refinería, se fueron acercando poco a poco y prontamente circularon carrozas de hojas secas, carruajes fúnebres y automóviles de antaño con las ventanillas cerradas.
Ya para el tercer año se constituyó un jurado y se realizaron concursos y torneos.
Las comparsas y las murgas se sacaban chispas para ver cuál era la más tétrica y deprimente. Los Autoflagelados, Las Lloronas De Los Velorios, Los Desocupados De Siempre, Las Que No Querían Vivir, Las Engañadas En Amores… fueron algunas de las agrupaciones más renombradas.
Las reinas del corso eran bellísimas, pero inaccesibles, perversas y despiadadas. El premio anual de máscara suelta lo ganó siempre el mismo individuo. Hablamos, desde luego, del célebre actor y animador Ricardo Corvacho, quien no tenía rival en la técnica de la caracterización.
Sus primeros disfraces fueron simples, sencillos. Una noche apareció disfrazado como esclavo de los lacedemonios y todos se condolían al ver su espalda de ilota surcada de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes cadenas.
Después, sus creaciones fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y a la mañana siguiente revolucionó todo el barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue, también, mendigo de la Rusia zarista y la gente lloraba al verlo soportar la nieve de Siberia en la calle Monteagudo ya sea sobre el ingreso a la Calle Angosta o frente a la propia puerta de entrada al Club Refinería.
Cuentan que Ricardo Corvacho, entusiasmado por sus éxitos, resolvió seguir con sus disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza crecía junto con su crueldad.
Una noche de invierno, lo Hombres Soñadores saltaron de alegría al ver aparecer al Fino Travaglini, el pibe que murió en París. Organizaron una gran fiesta en el mismísimo Club y en el momento que alzaban las copas para celebrar la resurrección, Corvacho, se sacó el guardapolvo, se lavó las rodillas, volvió a poner cara de persona mayor y apareció tal cual era. El Ruso Kreimer estuvo dos semanas en cama y el Turco Elías casi queda tartamudo.
En el último Carnaval del Corso Triste del Club Refinería, Ricardo Corvacho se disfrazó para siempre de recuerdo y nadie volvió a verlo más por el barrio ni por sus alrededores.
La comisión organizadora del Corso pronto advirtió que la creación de Dionisio Martínez tenía interesantes posibilidades económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se recuerda la nula capacidad de los Hombres Soñadores para los negocios. De cualquier manera es un hecho que durante largos años los muchachos del Club vendieron papel picado y serpentinas. Emplearon la conocida técnica de marketing del envase, que ha enriquecido a tantos comerciantes: en la primera jornada las bolsitas estaban llenas de papelitos muticolores y cintas en apretados rollitos brillantes e inmaculados. Cuando terminaba la fiesta de cada jornada, barrían el piso y volvían a embolsar el papel picado y hacían lo mismo con las cintas previo confeccionar uno por uno los infinitos y apretados rollos. Noche tras noche los productos se ensuciaban y envilecían, hasta que en la muerte del Carnaval las primorosas bolsitas estaban llenas de tierra, tapitas de cerveza, caramelos empezados, chicles largamente masticados ya endurecidos al ser expelidos y otras porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer, todavía hoy, en estos Carnavales que transcurren, en los bailes de algunos clubes de otros barrios, restos de serpentinas y papel picado primigenios que se vendían en el Corso Triste del Club Refinería.
Para contribuir a la pesadumbre de la concurrencia, Martínez vendía pomos llenos de lágrimas que  -si ha de creerse a sus detractores-  falsificaba con agua y sal fina de mesa Celusal.
Los Hombres Racionalistas y Prácticos, en su carácter de comparsa materialista, solían acercarse a la fiesta de Refinería para buscar camorra. Todos recuerdan sus afilados pregones:
El Racionalista
señoras y señores,
llega con sus ritmos y silogismos.
lo desafía
a exponer sus ilusiones
y a confrontarlas
con nuestras realidades a la vista.
Las olímpicas razones de la murga encontraban muchas veces contundente respuesta y dentro de un clima polémico y agudo solían armarse formidables peleas que  -por cierto-   daban lustre y renombre al Corso Triste.
Año tras año, los carnavales organizados por el Club Refinería fueron poniéndose más divertidos. Naturalmente, esto provocó su decadencia.
Los Hombres Soñadores de Refinería, al observar el jolgorio, comprendían que el proyecto inicial iba camino al fracaso.
La sobria melancolía de los primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes, cuando no a risotadas sin freno.
“¡Ah!  -se lamentaban-  ¡Carnavales eran los de antes!”
Y, entonces, contaban anécdotas de los corsos de antaño, austeros y silenciosos, comparándolos con la insoportable algarabía que tenían ante sus ojos.
Pero, en realidad, la verdadera esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.
Como ya se ha dicho, lo que buscaban Dionisio Martínez y sus amigos era un dejo de alegría que debía  aparecer al quitarse la máscara trágica.
Y lo cierto es que nunca encontraron tal cosa.
Cada vez que  -con toda ilusión-  abandonaban sus disfraces de atormentados, encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran reales.
Por eso, comprendiendo que la dicha no estaba en el Carnaval, y quizás en ninguna parte, los Hombres Soñadores disolvieron para siempre el Corso Triste del Club Refinería.
Hoy, cuando la fama de los muchachos refineros ya encontró su tumba en los vientos de la Estación Embarcadero, hay  -aunque pocos lo adivinen-  centenares de corsos tristes. Y son mucho más tristes que el del Club Refinería, pues su tristeza es involuntaria y su propósito es la alegría.
Tal vez, haya llegado el momento de comprender que los que vivimos en esta ciudad fantástica a orillas del río Hijo del Mar color de león no hemos nacido para ciertas fantochadas. Qué se rían los brasileños y los venecianos. Tengamos, eso sí, fiestas y reuniones populares. Pero, no dejemos de ser quienes somos. Si nuestra extraña condición nos ha hecho comprender el sentido adverso del mundo, agrupémonos para ayudarnos solidaria y amistosamente a soportar la adversidad.
A lo mejor, los Carnavales de antaño, tan añorados por los animadores de la radio y nuestros mayores, no eran más que eso. Una reunión de gente triste que buscaba consuelo.
 Chalo Lagrange
Verano sin tregua, Carnavales de febrero de 2013.-


CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Written By Charles Francis on 17 febrero 2014 | 17:30

CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Para M. L. P.: Mi Amor, acuérdese de mí cuando me olvide, donde quiera que esté iré a buscarla.-

La preparación de una tristeza necesita de algunas alegrías. Ciertos modestos apegos cotidianos recién encuentran su verdadero y trágico sentido cuando nos vemos privados de ellos. Algo así ha sucedido con los célebres carnavales de mi barrio.

Todos conocemos la historia. Tal vez en una época nuestros festejos eran como los de cualquier barrio de la ciudad o de otras ciudades: unas murgas, unas comparsas, un premio cualquiera, algunos bailes. Hasta que llegó el intendente Don Luis Cándido. Con un genio que el revisionismo se empeña en negar, captó que el progreso de la ciudad pasaba por los barrios y que éstos necesitaban de algunas obsesiones comunes. Otros hubieran preferido una fábrica de elaboraciones derivadas de los lácteos, producciones electromecánicas y metalmecánicas, agregar mayor actividad ferroportuaria a la existente que nos había transformado en el “Granero del Mundo” o terminales automotrices. De hecho, la ciudad y cada barrio de la populosa urbe tuvo un desarrollo sostenido impresionante, pero Don Luis Cándido también eligió el carnaval.

Los historiadores locales siguen el clásico procedimiento de buscar señales premonitorias en la remota niñez del héroe.

Según parece, al pequeño Luis Termini, el Toronja Termini, le gustaba disfrazarse. Anda por ahí una foto de 1960 donde puede verse a un niño coloreado a mano, con bigotes de corcho quemado, antifaz de charol y bombachón combinado en escarlata y amarillo.

Aún se discute qué clase de disfraz era aquél. Los menos rigurosos apuestan por Robín Hood o el Zorro. La crítica actual niega el carácter fatalmente alusivo de todo disfraz y sostiene que puede uno disfrazarse sin saber de qué. El eximio e ignoto escritor de Refinería habitante de Arroyito, Dionisio Martínez, en el libro Carnavales en los Barrios, que escribe bajo el seudónimo de Don Inocencio, ha dicho: “… las jóvenes mascaritas no tienen la obligación de buscar que su indumentaria las haga parecerse a un personaje determinado. Basta conque una otredad se haga evidente al resto de los vecinos…”

En 1960, Don Luis Cándido duplicó el número de jornadas carnavalescas para toda la ciudad. En 1961, estableció el disfraz obligatorio para esas jornadas en numerosos clubes de barrio que organizaban grandes bailes.

La sociedad rígida de aquel entonces lo criticó y combatió. Sus propios familiares, miembros de la Liga de la Decencia, se plantaron firmes y belicosos ante la máxima autoridad municipal y resolvieron pasearse sin careta por todos los corsos oficiales y grandes bailes organizados en clubes de barrio. De hecho y no cabía duda alguna que estratégicamente era el más adecuado, en el que establecieron su base de campaña, fue el Club Refinería. El intendente atacó el problema con maestría: concedió a la presidente de la Liga de la Decencia el premio a la mejor máscara.
Al principio la rígida mujer se  resistió y no había forma de colgarle la medalla. Finalmente, la insistencia de un Tarzán prácticamente desnudo, con la sola portación de una sunga como vestimenta, la convenció y  -según cuentan-  ya estaba bien alto el sol cuando la bajaron del último carro y la llevaron a dormir. Cabe acotar, que, esa misma mañana de domingo, no estuvo presente en ninguna de las misas matutinas ni de la vespertina, tal su inveterada costumbre de asistente diaria.

En los años siguientes, el carnaval fue creciendo. Los visitantes de otros barrios dejaban altos ingresos a los comerciantes de la zona y al propio Club Refinería. Buena parte de los vecinos pasaba el año preparándose para aquellas jornadas.

Club Refinería
También en 1961 se dispuso, que, en Refinería, todos los días de febrero y marzo fueran considerados de carnaval. Ese mismo año y gracias a las habilísimas gestiones de Don Luis Cándido con unos suculentos subsidios otorgados tanto por el gobierno de la provincia como el municipal, se formó una comparsa de varios miles de personas. Estaban allí todos los vecinos del populoso barrio y cientos y cientos que sumaban miles y miles representantes de Arroyito, Industrial, Talleres, Empalme Graneros, Ludueña, Villa Fanta, hasta del lejano sur de la ciudad como Tablada, Saladilllo, entre tantos otros barrios multitudinariamente presentes. Niños, jóvenes, mujeres bellísimas con esculturales formas totalmente al descubierto moviendo sus cuerpos con estudiados y habilísimos movimientos de características epilépticas acompasadas, ancianos desfilaban con paso de murga por calle Monteagudo, totalmente engalanada con un techo de guirnaldas de bombitas incandescentes y banderas de papel rojas, azules y amarillas  -que habían partido hacia el frenesí del desfile desde el pasaje Arenales, bien al fondo, donde se concentraban y renovaban por oleadas incalculables de participantes a medida que salían-  pasando por el mismo frente del Club Refinería y dirigiéndose, luego, por Gorriti hacia el gran corso de la avenida Alberdi.

Gerardo Manfredi, el Pilo Manfredi, me contó que una de aquellas noches conoció a su esposa, Esther, mientras ambos cantaban a voz en cuello la canción ésa de: “Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía…”.

Todo el esfuerzo económico del barrio y de la populosa zona de sus arrabales aledaños se dirigió a la producción carnavalesca. Se instalaron fábricas de pitos, matracas, papel picado multicolor y brillante, serpentinas, cornetas, pomos perfumados, polvos de pica-pica, antifaces, caretas, disfraces y otros innumerables productos festivos. Para sostener la actividad empresaria Don Luis Cándido instauró, el 20 de junio de 1961, el Carnaval Perpetuo en Refinería y Arroyito.

El turista de fines de semanas largos podía elegir a su antojo las fechas de sus saturnales personales. Vinieron miles de polacos, griegos, franceses, anglosajones, italianos, suecos o quizás noruegos, yonis para la jerga portuaria, en los buques mercantes que recalaban en el fantástico puerto para llenar sus bodegas con cereales y oleaginosas. Casi todos se quedaron entre nosotros y formaron nuevas familias. Los barcos se iban con el capitán y algunos pocos tripulantes veteranos. Pero, hay que admitir que casi toda la información demográfica de esa época presenta una molesta ambigüedad, a causa del disfraz forzoso. La tendencia a la impostura, que es propia de los enmascarados, distorsionaba las declaraciones ante los funcionarios del registro civil, quienes, por su parte, también estaban disfrazados.

Yo era un pibe y no alcanzaba a comprender enteramente lo que sucedía. Creía, ingenuamente, que toda risa venía precedida de un antecedente. Las carcajadas repentinas me resultaban entre arcanas y misteriosas.

El barrio y sus aledaños prosperó en aquellos tiempos. Sin embargo los fondos públicos se dilapidaron en jocosas construcciones y carteles chuscos. En el acceso a la calle Angosta, enfrente del Club Refinería, un enorme payaso de utilería abría sus piernas como el Coloso de Rodas, y se agachaba sobre Monteagudo. En Iriondo, de cara a la misma seccional policial, una fuente mecánica arrojaba papel picado multicolor las veinticuatro horas del día. Los presos alojados en el penal trasero de la seccional discutían fieramente de acuerdo a sus preferencias de combinaciones al cargar las proporciones del desmenuzado en sus distintos colores. El presupuesto de guirnaldas y luces de colores que engalanaban fastuosamente el parque Alem, la avenida Alberdi, el túnel Celedonio Escalada, el boulevard Avellaneda, los portentosos silos y los muelles de las unidades portuarias, las fenomenales instalaciones de la Refinería y las de la planta potabilizadora de agua de Obras Sanitarias, incluso el Oratorio Nuestra Señora de Las Flores, los templos San Juan Evangelista y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro era multimillonario.

Una voz se alzó en áspero tono disidente. El director de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 10, la ENET Nº 10, de calle Vélez Sarsfield entre Echeverría y Santa María de Oro, don Reyes Lascano, se atrevió a denunciar que aquella fiesta escandalosa hacía prever un futuro de resaca y arrepentimiento. El barrio entero pudo escucharlo en la gélida celebración del 9 de julio, altivo el gesto, inexorable su prosa, austero y grave aun con su obligatorio disfraz de cocoliche.

Unos pocos tuvieron el coraje de aprobar sus argumentos y pagaron su audacia con la condena social y la muerte civil. La sociedad murguera de Refinería les dio la espalda y casi todos ellos tuvieron que exiliarse a los barrios del lejano oeste, más allá de la avenida de Circunvalación. Mi padre se mantuvo en sus trece y se quedó, pero poco más tarde siguió el mismo camino hacia el exilio que habían iniciado esos valientes y nos mudamos a barrio La República. Y aunque no nos atrevíamos a comentarlo en voz alta, extrañábamos Refinería. Nos adaptábamos a la grave solemnidad de un barrio metropolitano, pero de entrecasa usábamos caretas.

Yo estaba especialmente perturbado. Mi novia Mirtha Lucía había quedado allá, en Refinería. Y aunque habíamos roto nuestras promesas nos hablábamos por teléfono y escribíamos cada tanto. Ella fue la primera en mencionar el aburrimiento. Aún guardo su carta reveladora: “… la oscuridad, querido mío, es indispensable a los faroles. Mi alma anhela unos terciopelos de tedio, para resaltar las esmeraldas de la gracia mundana. Nuestra sociedad barrial ha desdeñado la potencia del intervalo. Para decírtelo de una vez: estoy podrida de tanto carnaval”.

Algunos dicen que don Luis Cándido no fue capaz de advertir que el veneno del aburrimiento contamina las francachelas demasiado extensas. Yo creo que él fue el primero en aburrirse y también el primero en reaccionar. Pero, sus decisiones fueron las menos convenientes para un barrio tan cosmopolita: fingió y obligó a fingir unos entusiasmos que ya se habían ido. Los turistas y los yonis no se engañaron. Los japoneses notaron que un cierto manierismo asomaba en las murgas y que las canciones empezaban a mirarse a si mismas, a comentar su propia gloria y prosapia, como sucede con todos los géneros en decadencia.

El Director de la ENET Nº 10 denunció a unos comerciantes inescrupulosos por la venta de papel picado que recogían del suelo. Sus palabras fueron célebres: “… hace años y años que tiramos el mismo papel picado”.

Mis vínculos con el barrio y sus aledaños se fueron debilitando. Mirtha Lucía dejó de escribirme. Por suerte el rechazo de otras mujeres me entretuvo en dolores distintos y así me olvidé de ella.

El siguiente “golpe” cívico militar o el subsiguiente  -no recuerdo bien porque por entonces a cada rato había un golpe cívico militar contra el orden constitucional legítimamente establecido-  y la muerte del intendente don Luis Cándido, convirtió definitivamente el carnaval de Refinería en una causa irrenunciable, en una bandera, en un motivo de orgullo barrial, en una superstición. Es cierto que ya no daban ganancias, que los extranjeros no aparecían y los yonis casi no se asomaban de sus barcos amarrados a los muelles del estupendo puerto. A decir verdad, el corso era fuertemente subsidiado por el tesoro municipal. Pero, las nuevas generaciones lo consideraban una herencia cultural y sacralizaban cualquier estupidez del pasado. El propio director de la ENET Nº 10, desde su venerable ancianidad, promovió la creación del Museo del Carnaval, un discreto edificio municipal en el que se exhibían fotografías, caretas, pomos, muestras de serpentinas, bolsitas de papel picado y recortes periodísticos.

Vinieron años de grandes dificultades económicas. Las fábricas de cotillón cerraron sus puertas. Algunos vecinos regresaron a sus tareas portuarias, más precisamente al contrabando, y muchos se contentaron con la paga mensual segura como empleados del ferrocarril. Me casé con una chica de Transilvania y allí en ese país tan lejano me instalé durante mucho tiempo.

El año pasado, después de un divorcio repentino, nada grave pero suficiente, incomprensión por el idioma y consecuentemente incompatibilidad de carácter, regresé a Rosario a habitar en barrio Martin. Viví largos meses como un solterón. Cuando llegó el carnaval, este carnaval del 2012, se me ocurrió la idea de volver a Refinería y disfrutar de sus célebres festejos.

Tomé el ómnibus y llegué cerca de las nueve y media de la noche. Sin hacer ninguna escala, fui trotando hasta el lugar de reunión y arranque para el desfile de las murgas en el pasaje Arenales al fondo. Para no desentonar, me puse una modesta careta de gato que encontré tirada. Del lugar no hallé nada. Todo había sido arrasado y en esa zona de la barriada se levantaban inconmensurables edificios de alta gama totalmente enrejados a buena distancia de los mismos y en todo su perímetro. Más allá de las rejas, amplias avenidas con un tránsito infernal. Comencé a desandar mi camino por la parte del pasaje Arenales que queda y desemboca en Iriondo, que ahora es llamada Ingeniero Thedy. Mientras me acercaba, oía por los altavoces una canción tropical: “… el camaleón, nena, el camaleón, cambia de colores según la ocasión,… tu corazón, nena, tu corazón, cambia de colores como el camaleón…” Por fin, yendo por Vértiz desemboqué en Monteagudo. No había casi nadie. Las filas de luces mostraban una mayoría de lámparas quemadas. Las guirnaldas desvencijadas se descolgaban hasta el piso. Un vientito melancólico que venía desde el río levantaba remolinos de antiguo papel picado y sucias tiras de serpentinas enredadas. Caminé, o tal vez corrí, dos o tres cuadras, yendo y viniendo. Una mascarita se me acercó dando saltos.

“¿Que hacés? ¿Me conocés? Adiós, adiós, adiós…”.
Los que nos criamos, crecimos y formamos en el barrio nos reconocemos aún bajo las más espesas máscaras. Enseguida supe que ella era Mirtha Lucía. Nos miramos en silencio.
“¡Alegría, alegría!”, gritó el mismo locutor desde lo altoparlantes “¡Qué siga la diversión y el frenesí, no pararse, no pararse…!”
Mirtha Lucía me arrojó un puñadito de papel picado.
“Creí que estabas harta del corso”, le dije.
“Ahora me gusta”.
“Hay poca gente”.
“No hay nadie”, dijo ella. Me tiró otro poco de papel picado y agregó: “Yo te quise…”
“¡Que no decaiga este jolgorio y esta algarabía! ¡Viva la alegría!”, suplicó el locutor.
“Nunca entendí el carnaval”, dije yo, mientras le tomaba la mano. Ella se soltó.

“Pues te ha llegado el momento de entenderlo… a cierta edad nada es venturoso. El carnaval es la juventud. No hay otro secreto”, me mojó con un pomo de agua perfumada y se alejó con paso de murga contoneando sus curvas bastante excedidas en medidas y en peso.
Yo empecé a caminar por Vélez Sarsfield hacia el boulevard Avellaneda, hacia la avenida Alberdi para tomar el ómnibus de regreso. Tiré la careta de gato en un portal. Todavía se oía al locutor: “¡Que nunca muera esta fiesta, este entusiasmo, esta alegría… esta felicidad!...”.



                   Chalo Lagrange

                                                                   Verano, febrero 22 de 2012.- 

HISTORIA DE UNA BANDA

 
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