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CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Written By Charles Francis on 17 febrero 2014 | 17:30

CXL.I.- CARNAVALES DE MI BARRIO

Para M. L. P.: Mi Amor, acuérdese de mí cuando me olvide, donde quiera que esté iré a buscarla.-

La preparación de una tristeza necesita de algunas alegrías. Ciertos modestos apegos cotidianos recién encuentran su verdadero y trágico sentido cuando nos vemos privados de ellos. Algo así ha sucedido con los célebres carnavales de mi barrio.

Todos conocemos la historia. Tal vez en una época nuestros festejos eran como los de cualquier barrio de la ciudad o de otras ciudades: unas murgas, unas comparsas, un premio cualquiera, algunos bailes. Hasta que llegó el intendente Don Luis Cándido. Con un genio que el revisionismo se empeña en negar, captó que el progreso de la ciudad pasaba por los barrios y que éstos necesitaban de algunas obsesiones comunes. Otros hubieran preferido una fábrica de elaboraciones derivadas de los lácteos, producciones electromecánicas y metalmecánicas, agregar mayor actividad ferroportuaria a la existente que nos había transformado en el “Granero del Mundo” o terminales automotrices. De hecho, la ciudad y cada barrio de la populosa urbe tuvo un desarrollo sostenido impresionante, pero Don Luis Cándido también eligió el carnaval.

Los historiadores locales siguen el clásico procedimiento de buscar señales premonitorias en la remota niñez del héroe.

Según parece, al pequeño Luis Termini, el Toronja Termini, le gustaba disfrazarse. Anda por ahí una foto de 1960 donde puede verse a un niño coloreado a mano, con bigotes de corcho quemado, antifaz de charol y bombachón combinado en escarlata y amarillo.

Aún se discute qué clase de disfraz era aquél. Los menos rigurosos apuestan por Robín Hood o el Zorro. La crítica actual niega el carácter fatalmente alusivo de todo disfraz y sostiene que puede uno disfrazarse sin saber de qué. El eximio e ignoto escritor de Refinería habitante de Arroyito, Dionisio Martínez, en el libro Carnavales en los Barrios, que escribe bajo el seudónimo de Don Inocencio, ha dicho: “… las jóvenes mascaritas no tienen la obligación de buscar que su indumentaria las haga parecerse a un personaje determinado. Basta conque una otredad se haga evidente al resto de los vecinos…”

En 1960, Don Luis Cándido duplicó el número de jornadas carnavalescas para toda la ciudad. En 1961, estableció el disfraz obligatorio para esas jornadas en numerosos clubes de barrio que organizaban grandes bailes.

La sociedad rígida de aquel entonces lo criticó y combatió. Sus propios familiares, miembros de la Liga de la Decencia, se plantaron firmes y belicosos ante la máxima autoridad municipal y resolvieron pasearse sin careta por todos los corsos oficiales y grandes bailes organizados en clubes de barrio. De hecho y no cabía duda alguna que estratégicamente era el más adecuado, en el que establecieron su base de campaña, fue el Club Refinería. El intendente atacó el problema con maestría: concedió a la presidente de la Liga de la Decencia el premio a la mejor máscara.
Al principio la rígida mujer se  resistió y no había forma de colgarle la medalla. Finalmente, la insistencia de un Tarzán prácticamente desnudo, con la sola portación de una sunga como vestimenta, la convenció y  -según cuentan-  ya estaba bien alto el sol cuando la bajaron del último carro y la llevaron a dormir. Cabe acotar, que, esa misma mañana de domingo, no estuvo presente en ninguna de las misas matutinas ni de la vespertina, tal su inveterada costumbre de asistente diaria.

En los años siguientes, el carnaval fue creciendo. Los visitantes de otros barrios dejaban altos ingresos a los comerciantes de la zona y al propio Club Refinería. Buena parte de los vecinos pasaba el año preparándose para aquellas jornadas.

Club Refinería
También en 1961 se dispuso, que, en Refinería, todos los días de febrero y marzo fueran considerados de carnaval. Ese mismo año y gracias a las habilísimas gestiones de Don Luis Cándido con unos suculentos subsidios otorgados tanto por el gobierno de la provincia como el municipal, se formó una comparsa de varios miles de personas. Estaban allí todos los vecinos del populoso barrio y cientos y cientos que sumaban miles y miles representantes de Arroyito, Industrial, Talleres, Empalme Graneros, Ludueña, Villa Fanta, hasta del lejano sur de la ciudad como Tablada, Saladilllo, entre tantos otros barrios multitudinariamente presentes. Niños, jóvenes, mujeres bellísimas con esculturales formas totalmente al descubierto moviendo sus cuerpos con estudiados y habilísimos movimientos de características epilépticas acompasadas, ancianos desfilaban con paso de murga por calle Monteagudo, totalmente engalanada con un techo de guirnaldas de bombitas incandescentes y banderas de papel rojas, azules y amarillas  -que habían partido hacia el frenesí del desfile desde el pasaje Arenales, bien al fondo, donde se concentraban y renovaban por oleadas incalculables de participantes a medida que salían-  pasando por el mismo frente del Club Refinería y dirigiéndose, luego, por Gorriti hacia el gran corso de la avenida Alberdi.

Gerardo Manfredi, el Pilo Manfredi, me contó que una de aquellas noches conoció a su esposa, Esther, mientras ambos cantaban a voz en cuello la canción ésa de: “Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía…”.

Todo el esfuerzo económico del barrio y de la populosa zona de sus arrabales aledaños se dirigió a la producción carnavalesca. Se instalaron fábricas de pitos, matracas, papel picado multicolor y brillante, serpentinas, cornetas, pomos perfumados, polvos de pica-pica, antifaces, caretas, disfraces y otros innumerables productos festivos. Para sostener la actividad empresaria Don Luis Cándido instauró, el 20 de junio de 1961, el Carnaval Perpetuo en Refinería y Arroyito.

El turista de fines de semanas largos podía elegir a su antojo las fechas de sus saturnales personales. Vinieron miles de polacos, griegos, franceses, anglosajones, italianos, suecos o quizás noruegos, yonis para la jerga portuaria, en los buques mercantes que recalaban en el fantástico puerto para llenar sus bodegas con cereales y oleaginosas. Casi todos se quedaron entre nosotros y formaron nuevas familias. Los barcos se iban con el capitán y algunos pocos tripulantes veteranos. Pero, hay que admitir que casi toda la información demográfica de esa época presenta una molesta ambigüedad, a causa del disfraz forzoso. La tendencia a la impostura, que es propia de los enmascarados, distorsionaba las declaraciones ante los funcionarios del registro civil, quienes, por su parte, también estaban disfrazados.

Yo era un pibe y no alcanzaba a comprender enteramente lo que sucedía. Creía, ingenuamente, que toda risa venía precedida de un antecedente. Las carcajadas repentinas me resultaban entre arcanas y misteriosas.

El barrio y sus aledaños prosperó en aquellos tiempos. Sin embargo los fondos públicos se dilapidaron en jocosas construcciones y carteles chuscos. En el acceso a la calle Angosta, enfrente del Club Refinería, un enorme payaso de utilería abría sus piernas como el Coloso de Rodas, y se agachaba sobre Monteagudo. En Iriondo, de cara a la misma seccional policial, una fuente mecánica arrojaba papel picado multicolor las veinticuatro horas del día. Los presos alojados en el penal trasero de la seccional discutían fieramente de acuerdo a sus preferencias de combinaciones al cargar las proporciones del desmenuzado en sus distintos colores. El presupuesto de guirnaldas y luces de colores que engalanaban fastuosamente el parque Alem, la avenida Alberdi, el túnel Celedonio Escalada, el boulevard Avellaneda, los portentosos silos y los muelles de las unidades portuarias, las fenomenales instalaciones de la Refinería y las de la planta potabilizadora de agua de Obras Sanitarias, incluso el Oratorio Nuestra Señora de Las Flores, los templos San Juan Evangelista y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro era multimillonario.

Una voz se alzó en áspero tono disidente. El director de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 10, la ENET Nº 10, de calle Vélez Sarsfield entre Echeverría y Santa María de Oro, don Reyes Lascano, se atrevió a denunciar que aquella fiesta escandalosa hacía prever un futuro de resaca y arrepentimiento. El barrio entero pudo escucharlo en la gélida celebración del 9 de julio, altivo el gesto, inexorable su prosa, austero y grave aun con su obligatorio disfraz de cocoliche.

Unos pocos tuvieron el coraje de aprobar sus argumentos y pagaron su audacia con la condena social y la muerte civil. La sociedad murguera de Refinería les dio la espalda y casi todos ellos tuvieron que exiliarse a los barrios del lejano oeste, más allá de la avenida de Circunvalación. Mi padre se mantuvo en sus trece y se quedó, pero poco más tarde siguió el mismo camino hacia el exilio que habían iniciado esos valientes y nos mudamos a barrio La República. Y aunque no nos atrevíamos a comentarlo en voz alta, extrañábamos Refinería. Nos adaptábamos a la grave solemnidad de un barrio metropolitano, pero de entrecasa usábamos caretas.

Yo estaba especialmente perturbado. Mi novia Mirtha Lucía había quedado allá, en Refinería. Y aunque habíamos roto nuestras promesas nos hablábamos por teléfono y escribíamos cada tanto. Ella fue la primera en mencionar el aburrimiento. Aún guardo su carta reveladora: “… la oscuridad, querido mío, es indispensable a los faroles. Mi alma anhela unos terciopelos de tedio, para resaltar las esmeraldas de la gracia mundana. Nuestra sociedad barrial ha desdeñado la potencia del intervalo. Para decírtelo de una vez: estoy podrida de tanto carnaval”.

Algunos dicen que don Luis Cándido no fue capaz de advertir que el veneno del aburrimiento contamina las francachelas demasiado extensas. Yo creo que él fue el primero en aburrirse y también el primero en reaccionar. Pero, sus decisiones fueron las menos convenientes para un barrio tan cosmopolita: fingió y obligó a fingir unos entusiasmos que ya se habían ido. Los turistas y los yonis no se engañaron. Los japoneses notaron que un cierto manierismo asomaba en las murgas y que las canciones empezaban a mirarse a si mismas, a comentar su propia gloria y prosapia, como sucede con todos los géneros en decadencia.

El Director de la ENET Nº 10 denunció a unos comerciantes inescrupulosos por la venta de papel picado que recogían del suelo. Sus palabras fueron célebres: “… hace años y años que tiramos el mismo papel picado”.

Mis vínculos con el barrio y sus aledaños se fueron debilitando. Mirtha Lucía dejó de escribirme. Por suerte el rechazo de otras mujeres me entretuvo en dolores distintos y así me olvidé de ella.

El siguiente “golpe” cívico militar o el subsiguiente  -no recuerdo bien porque por entonces a cada rato había un golpe cívico militar contra el orden constitucional legítimamente establecido-  y la muerte del intendente don Luis Cándido, convirtió definitivamente el carnaval de Refinería en una causa irrenunciable, en una bandera, en un motivo de orgullo barrial, en una superstición. Es cierto que ya no daban ganancias, que los extranjeros no aparecían y los yonis casi no se asomaban de sus barcos amarrados a los muelles del estupendo puerto. A decir verdad, el corso era fuertemente subsidiado por el tesoro municipal. Pero, las nuevas generaciones lo consideraban una herencia cultural y sacralizaban cualquier estupidez del pasado. El propio director de la ENET Nº 10, desde su venerable ancianidad, promovió la creación del Museo del Carnaval, un discreto edificio municipal en el que se exhibían fotografías, caretas, pomos, muestras de serpentinas, bolsitas de papel picado y recortes periodísticos.

Vinieron años de grandes dificultades económicas. Las fábricas de cotillón cerraron sus puertas. Algunos vecinos regresaron a sus tareas portuarias, más precisamente al contrabando, y muchos se contentaron con la paga mensual segura como empleados del ferrocarril. Me casé con una chica de Transilvania y allí en ese país tan lejano me instalé durante mucho tiempo.

El año pasado, después de un divorcio repentino, nada grave pero suficiente, incomprensión por el idioma y consecuentemente incompatibilidad de carácter, regresé a Rosario a habitar en barrio Martin. Viví largos meses como un solterón. Cuando llegó el carnaval, este carnaval del 2012, se me ocurrió la idea de volver a Refinería y disfrutar de sus célebres festejos.

Tomé el ómnibus y llegué cerca de las nueve y media de la noche. Sin hacer ninguna escala, fui trotando hasta el lugar de reunión y arranque para el desfile de las murgas en el pasaje Arenales al fondo. Para no desentonar, me puse una modesta careta de gato que encontré tirada. Del lugar no hallé nada. Todo había sido arrasado y en esa zona de la barriada se levantaban inconmensurables edificios de alta gama totalmente enrejados a buena distancia de los mismos y en todo su perímetro. Más allá de las rejas, amplias avenidas con un tránsito infernal. Comencé a desandar mi camino por la parte del pasaje Arenales que queda y desemboca en Iriondo, que ahora es llamada Ingeniero Thedy. Mientras me acercaba, oía por los altavoces una canción tropical: “… el camaleón, nena, el camaleón, cambia de colores según la ocasión,… tu corazón, nena, tu corazón, cambia de colores como el camaleón…” Por fin, yendo por Vértiz desemboqué en Monteagudo. No había casi nadie. Las filas de luces mostraban una mayoría de lámparas quemadas. Las guirnaldas desvencijadas se descolgaban hasta el piso. Un vientito melancólico que venía desde el río levantaba remolinos de antiguo papel picado y sucias tiras de serpentinas enredadas. Caminé, o tal vez corrí, dos o tres cuadras, yendo y viniendo. Una mascarita se me acercó dando saltos.

“¿Que hacés? ¿Me conocés? Adiós, adiós, adiós…”.
Los que nos criamos, crecimos y formamos en el barrio nos reconocemos aún bajo las más espesas máscaras. Enseguida supe que ella era Mirtha Lucía. Nos miramos en silencio.
“¡Alegría, alegría!”, gritó el mismo locutor desde lo altoparlantes “¡Qué siga la diversión y el frenesí, no pararse, no pararse…!”
Mirtha Lucía me arrojó un puñadito de papel picado.
“Creí que estabas harta del corso”, le dije.
“Ahora me gusta”.
“Hay poca gente”.
“No hay nadie”, dijo ella. Me tiró otro poco de papel picado y agregó: “Yo te quise…”
“¡Que no decaiga este jolgorio y esta algarabía! ¡Viva la alegría!”, suplicó el locutor.
“Nunca entendí el carnaval”, dije yo, mientras le tomaba la mano. Ella se soltó.

“Pues te ha llegado el momento de entenderlo… a cierta edad nada es venturoso. El carnaval es la juventud. No hay otro secreto”, me mojó con un pomo de agua perfumada y se alejó con paso de murga contoneando sus curvas bastante excedidas en medidas y en peso.
Yo empecé a caminar por Vélez Sarsfield hacia el boulevard Avellaneda, hacia la avenida Alberdi para tomar el ómnibus de regreso. Tiré la careta de gato en un portal. Todavía se oía al locutor: “¡Que nunca muera esta fiesta, este entusiasmo, esta alegría… esta felicidad!...”.



                   Chalo Lagrange

                                                                   Verano, febrero 22 de 2012.- 

CARNAVAL BARRIO REFINERÍA

Written By Charles Francis on 16 febrero 2014 | 21:29

Luego de algún tiempo de no acceder al blog, por cuestiones técnicas de la página, reanudamos el trabajo de investigación y recopilación del patrimonio oral. 
Para recomenzar, hemos elegido un texto enviado por Edgardo Landaluce donde cuenta  sus memorias del carnaval. 
Agradecemos a "Poroto" por sus bienvenidas historias, y aprovechamos para pedirle disculpas por la demora.

Volviendo a las historias ,  recuerdos de mi barrio, vino a mi  aquellos días de carnavales allá por finales de los 50 principio de los 60 y un poquito más.
Eran los días del carnaval una diversión, donde todo el barrio de alguna u otra manera recordaba, a dichos de ciertas personas, esas fiestas paganas, para otros, solo era un momento de diversión , donde se juntaban principalmente los chicos con sus tachitos de leche “Nido”, o latas de aceite “Patito” , algún balde o simplemente una vasija plástica donde juntar agua para mojar al principio al genero opuesto, después de transcurrido un tiempo, a cualquiera que se le cruzara en el camino.
Para que los chicos no se pelearan en una canilla para cargar primero su tacho, en algunas casas se ponía un fuentón grande de zinc; marca “Jaguar”, se iba llenando con una manguera , de allí se sacaba el agua para su tachito. Pero no eran solamente los chicos , también las madres, los abuelos, o sea casi todos los vecinos de la cuadra y la cuadra siguiente.
Recuerdo que la casa de mi abuelo , la primera de un largo terreno, tenia una terraza  que daba a la calle y al pasillo de entrada de las otras casas de atrás, en ella se juntaban varios vecino, en esa terraza, juntaban tachos y fuentones con agua, luego otros abajo trataban de meter  a las vecinas al pasillo, pues la corrían para mojarlas por la calle,  ellas se metían al pasillo para resguardarse y cargar agua en sus tachos, en ese momento al entrar las acorralaban , desde arriba era un vendaval de agua que les caía encima, no podían salir porque en la entrada se paraba un hombre con una manguera en mano y también las mojaba.


Hablando con un viejo vecino del barrio; un poquito más grande que yo; no mucho, me hizo acordar que una vez en un carnaval de esos que jugaban todos en el barrio, abuelas, madres, hermanas, hijos;  dos o tres vecinos  hicieron subir  a las mujeres en el carro del reparto de soda de  “Franco” con la excusa de sacarles una foto de recuerdo, cuando eran varias las que subieron entusiasmadas para que ese momento quede para la posteridad , un vecino al  que le decían “Pepo” tomo las varas del carro y  comenzó a pasearlas por la calle, dando vuelta a la manzana,  mientras otros vecinos al paso del carro les tiraban agua a más no poder, ellas no podían bajarse por estar  en movimiento, al final, si les sacaron la foto, pero quedaron tan mojadas que tuvieron que irse a cambiar de ropa para continuar la fiesta.
Una vez terminado el juego con agua , que casi siempre era a la hora de la siesta, las chicas y los muchachos se encaminaban hacia el club Alba Roja, el que estaba casi al fondo del terreno de mi abuelo, esas chicas y chicos venían a preparar el club para el baile nocturno,  acomodar las sillas, limpiar el piso, poner el toldo, pues la pista era al aire libre, no era un salón, era un patio interno, solo había un baño con puerta de vidrio repartido y una claraboya ovalada dividida en  cuatro vidrios, también había un viejo pileton de material que se usaba para poner la bebida,  que luego se vendía para recaudar fondos para el club.
Les cuento también que la música era con disco de pasta y la bendita púa de metal que siempre se rompía o se gastaba en medio del baile, había que parar para cambiarla , el tocadiscos, así se llamaba el aparato para reproducir la música, cuya cubierta  era de madera, algo rustico, hecho por un carpintero vecino expresamente para el club, al igual que los parlantes.

Bien avanzada la tarde, antes del baile se jugaba con un pomo de goma, recuerdo uno de dos colores, el cuerpo rosa y la tapa amarilla, se podía llenar apretándolo completamente e introducirlo en un balde con agua  dejándolo que se infle entrando el agua a través del agujerito de donde después salía el agua a chorros, cuando lo apretabas,  o sacarle  la tapa tipo tetina, puesta a presión y llenarlo en la canilla directamente.
Luego empezaron a aparecer los pomos plásticos con figuras de los superhéroes de esos tiempos, también figuras de animales, todo servia para divertirse en ese momento.
En algunos bailes solo dejaban utilizar pomos de plomo, como los envases de plásticos de los dentífricos actuales, pero un poco más grande, esos pomos tenían cargada agua perfumada, era imposible rellenarlos, solo servían luego de usarlos, para venderlos como plomo.
A fines del 60 y principio de los 70 en los bailes, el pomo fue reemplazado por un  sachet de plástico, de dimensiones más chicas que los de plomo, llenos también con agua perfumada, eran más fácil de fabricar, no tenían tapa,  solo había que perforarlo y a jugar.
En mi recuerdo no me puedo olvidar de los desfiles de murgas, comparsas, mascaritas sueltas, en la avenida Alberdi, que en tiempo de carnavales se engalanaba con sus luces y música .
Otro momento que me viene a la memoria , pero que salía de nuestro  barrio, era que por ese tiempo, para los carnavales, cuando uno pasaba por la estación  de trenes Rosario Norte en la vereda de enfrente se veía paseando al poeta Aragón, pero vestido con un traje largo, con capa, color rojo con flecos, guardas, color amarillo  como si fuera un rey, portaba un bastón de mando; en su cabeza, una corona: le decían el Rey Momo.
Los tiempos fueron cambiando, o nosotros fuimos cambiando, ya el barrio dejo de jugar al carnaval, solo los chicos se divertían por esos días con el agua , por la tarde eran ellos mismos los que se disfrazaban y salían a la calle a recorrer el barrio.
Espero que esta historia los lleve a esos años, donde había tiempo para todo, reunirse, trabajar ,  divertirse, perder tiempo con tu vecino hablando, los chicos jugando a la bolita, las chicas a la muñeca , las figuritas o simplemente a la arrimadita con una piedra, tan simple como eso, vivir el tiempo, la vida ;  no se si fueron tiempos mejores o peores, eran otros tiempos, esto es una forma de poder volver a vivir nuestras vida en  ese barrio.           
                                                                                         Edgardo “Poroto “ Landaluce  08/2012

Rosario: El territorio como identidad

Written By Charles Francis on 29 noviembre 2013 | 20:17

El territorio como identidad

Las Jornadas de historiadores y cronistas barriales reunieron en el Centro Cultural Cine Lumière, en Refinería, a vecinos, jóvenes y estudiantes que inadagaron en los recuerdos, el presente y las identidades que convoca la “Vida de barrio”, según el lema de este encuentro. Desde los personajes hasta los lugares, desde las luchas gremiales hasta las experiencias autogestivas que se desarrollan en otras ciudades, todo fue un disparador para generar lazos e intercambios.
  
Delfina Amelong | Cruz del Sur

 Es el sábado 5 de octubre. Nueve de la mañana. Los presentes, puntuales, están expectantes: los que harán ponencias, prontos a exponer; los que quieren remontarse a las épocas del dulce color de la infancia, se arrellanan en las sillas del salón del cine Lumière, en Vélez Sarsfield 1027, a unos metros de avenida Alberdi. Son retazos de tiempo lo que van a intercambiar allí.

Organizadas por el Museo del Barrio de la Refinería y con la participación del Grupo de Historiadores Barriales, el viernes 4 y el sábado 5 de octubre pasados, las Jornadas de historiadores y cronistas barriales celebraron su octava edición. Con una trayectoria creciente, año a año se consolidan como un espacio para que suenen las voces de aquí y de allá, con ecos del pasado e interrogantes del presente.

La cita fue en el Centro Cultural Cine Lumière. La elección no tuvo solamente un criterio geográfico. El Lumière es un ícono de referencia para el Museo del barrio de la Refinería que, al ser itinerante, virtual, se convierte en esta como en otras ocasiones en sede de talleres y exposiciones organizados por esa institución. Es un espacio gratuito para la comunidad: además de proyecciones cinematográficas, hay allí teatro, talleres, y música en vivo.

Con el correr de las palabras los recuerdos empiezan a salir al ruedo. El Lumière se transforma en un mosaico barrial. Con el tema de esta edición, “Vida de barrio: instituciones, costumbres y personajes barriales”, los expositores dan rienda suelta a la memoria propia y ajena.

La ciudad de San Nicolás, el barrio San Lorenzo en Santa Fe, la estación Sunchales, los barrios Arroyito, Refinería, La Tablada, La Florida, Empalme Graneros y Saladillo. Éstas fueron algunas de las zonas de las que se escucharon historias y anécdotas el viernes y el sábado en el Lumière.

Así la concurrencia se detiene en el ritual de Refusilo, un particular peluquero de Sunchales que, con su “corte al paso”, su velocidad y automaticidad, logró en los 50 y los 60 unificar las cabezas de muchos clientes rosarinos y de zonas aledañas. También aparece la historia de un alemán que vivía en un ombú, en la ciudad de San Nicolás, 70 kilómetros al sur de Rosario.

Boliches

El barrio Refinería también se hace presente en esta mañana. La excusa son “los bares”: el bar El Chop, que se poblaba de trabajadores portuarios y otros vecinos; el café Martínez, que supo entretener a su clientela con billar, cartas y quiniela, donde se aprendía filosofía, dados, timba; “el de Gorriti al 200” y “el que vendía sólo vino”, según los describen. Los bares de Refinería fueron parte de la identidad de un barrio que se forjó al calor del trabajo. Una zona de obreros y marineros, “un barrio que nunca dormía”, como sentenció un disertante memorioso que también recordó que allí las luchas por las reivindicaciones sociales estuvieron a la orden del día. 

El barrio Refinería creció a fines de 1800 en torno a la primera fábrica de azúcar refinada del país (que comenzó sus actividades en 1887), y a los talleres del ferrocarril Central Argentino: el azúcar provenía de los ingenios tucumanos, distribuida por el tren llegaba a las tres terminales portuarias que la exportaban. Aquél barrio de viviendas de estilo inglés que habitaban los empleados ferroviarios, de “casas chorizo” habitadas por los portuarios, de conventillos y pensiones, de rosarinos e inmigrantes y de conflictos gremiales, hoy devenido en grandes centros comerciales, salones multieventos y enormes proyectos inmobiliarios, también supo ser un lugar de calles angostas y tradicionales boliches.

En la página del Museo (museorefineria.blogspot.com.ar) hay tres entradas para los bares. Una define: “El bar, como entidad urbana, comenzó a vislumbrarse desde la época colonial en el país, pero con formatos propios de esos años. Con la llegada de los contingentes inmigratorios, a mediados y sobre todo a fines del siglo XIX, el bar se asumió, a diferencia de la pulpería, como un lugar de encuentro exclusivo en la ciudad o el poblado. Los barrios, como recortes sociales con identidad propia, rápidamente se poblaron de bares. (…) En Barrio Refinería, el boliche, el bar y la fonda suministraban los recursos mínimos de alimento, ocio y descanso a los obreros de una comunidad esencialmente obrera.  

La concurrencia a estos establecimientos no siempre era tranquila, y menudean los relatos sobre peleas y trifulcas. Suponemos que no en todos los negocios de expendio sucedía esto, pero el contacto entre diferentes nacionalidades, la competencia por el trabajo y la simple convivencia, seguramente generaba frecuentes conflictos. Para principios del siglo XX, los bares eran muy numerosos en el barrio. El censo de 1910 realizado por Gabriel Carrasco, cuenta sesenta y un bares  desde Boulevard Avellaneda, y contando en el estrecho marco del barrio inmediato a la Refinería argentina, vemos que más de la mitad (35 establecimientos) estaban en ese sector”.

Lazos

La verborragia trae más recuerdos. Es el turno de Arroyito. “El gordo de las empanadas”, que se paraba a vender en Génova y Avellaneda, suelta Eduardo Sànchez, vecino de Arroyito. “Castillito”, un tipo que hacía lo que hizo Maradona pero con patines, su especialidad era “la foca”, rememora. El calor de la mañana empieza a pesar sobre las intervenciones de los presentes: “¿Lo conociste a Farrita, el hermano del Farra, el que corría maratón? Ese, decían que era un personaje, ¿tenés alguna anécdota de él?”.

“Hacer memoria y crear lazos de identidad”, esa fue la propuesta de Sol Marina Rodríguez y Carolina Brandolini, estudiantes de la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe), quienes participaron en una de las mesas del encuentro junto con Adriana Falchini. En la capital provincial, donde residen, se propusieron reconstruir la historia del barrio San Lorenzo. Trabajan en el Centro Cultural y Social El Birri (en honor al cineasta santafesino Fernando Birri) e intentan restablecer la narración oral: “que las voces vuelvan a recuperar protagonismo, que vuelvan a la calle”, destacaron. 

El Birri, que a principios de este año tuvo un intento de desalojo, es un espacio autónomo y autogestivo ubicado en una estación abandonada: “Se lucha por la recuperación de los espacios públicos, sosteniendo lo público en el espacio desde la producción cooperativa”, como reza el manifiesto publicado en su blog. Uno de los proyectos que idearon, comentaron ese sábado en el Lumière, es hacer obras de teatro con las anécdotas y las memorias que narraron los vecinos del barrio. Radio, talleres de danza, música en vivo, teatro, exposiciones fotográficas y plásticas. Los del Birri están convencidos de que “las construcciones populares, la fuerza y la organización de los de abajo, crea identidades territoriales”.

Objetos y excusas

“Las jornadas son importantes como disparador. Que se produzcan encuentros, que haya intercambio. Éstas jornadas son eso”, sostiene Gustavo Fernetti, vicepresidente del Museo Itinerante del Barrio de la Refinería. Es el mismo espíritu del Museo Itinerante. Con 14 años de trabajo, su impronta se define por la organización de actividades varias: talleres, charlas y exposiciones en escuelas, cursos y las propias jornadas anuales. Basados en una teoría no tradicional, la del McGuffin, Fernetti explica cómo es el modus operandi de este Museo: “Es una teoría basada en un método narrativo de Alfred Hitchcock, que implementa en una serie de películas”. El ejemplo que da no es el de un film de Hitchcock, sino de John Huston, “El halcón maltés”: allí, la estatuilla del halcón maltés no tiene ningún tipo de valor, no importa, sino que sirve de excusa para la intriga que se genera a su alrededor. “Nosotros hacemos lo mismo –dice Fernetti–, si bien el Museo tiene algunos objetos, son de un interés secundario. La gente va moviéndose en torno a los objetos, después nos llevamos los objetos y la gente sigue hablando”.

La intención siempre es articular, generar lazos. “El peor momento fue en el 2001”, comenta. “Con toda la crisis y el corralito, el barrio era una lágrima. En 2002 empezamos a hacer una feria de artesanos y artistas barriales: había pintura, música. No se acercaba nadie”, recuerda. Hoy, año a año, los lazos se han ido consolidando y regenerando.En su octava edición consecutiva, el Museo Itinerante de Barrio de Refinería continúa convocando a los vecinos de los barrios como entidad de referencia, para así reconstruir el pasado, aquello que supo ser identitario para los habitantes y marcar trazos que dibujen el presente.

La voz del barrio

El programa anuncia, para después de la pausa del café, un recital musical. Y detalla: se trata de un “cancionero barrial”, como lo promete su intérprete, Pablo Suárez. “La voz del barrio”, según este cantor, es el tango. Absorto, el auditorio se hace un festín con esos acordes gloriosos. “De chiquilín te miraba de afuera…”. Cuatro varones colaboran y entonan esta milonga sentimental. Parados al final del salón, donde la pausa del café aún los retiene, custodian la reunión. Con mirada nostálgica pero galana, entonan tan fuerte que los y –sobretodo– las  presentes giran la cabeza para admirar ese gesto de bravura y valentía.

Las historias de los barrios de Rosario, contadas por sus protagonistas

Written By Charles Francis on 29 septiembre 2013 | 19:15

Las historias de los barrios de Rosario, contadas por sus protagonistas

El viernes arrancan en el Centr Cultural Lumière las jornadas en las que participarán cronistas de distintos rincones de la ciudad, como Empalme, Refinería y Saladillo.

Mito. Se creía que las aguas del Saladillo tenían propiedades curativas.
Por Carina Bazzoni / La Capital
Las costumbres de los primeros vecinos de Empalme Graneros, las tardes en los bares de Refinería y los orígenes del balneario Saladillo. Estos serán sólo algunos de los temas que se presentarán a partir del próximo viernes en las VIII Jornadas de Historiadores y Cronistas Barriales que se desarrollarán en el Centro Cultural Cine Lumière. Este año se sumará también una “Jornada de historia (MUY) joven”, para alumnos de las escuelas secundarias, en un intento de arrimar viejos y nuevos códigos barriales. Toda una apuesta.
   “Vida de barrio. Instituciones, costumbres y personajes” es la consigna que atravesará las cerca de veinte ponencias que se presentarán en el encuentro organizado por el Museo Itinerante del Barrio Refinería y el centro cultural de Vélez Sarsfield al 1000. “Buscamos un tema que pudiera abarcar el variado trabajo que realizan los historiadores de cada uno de los barrios de la ciudad”, explica Angela Tasca, referente del museo de Refinería.
   Habrá cuatro módulos temáticos: las costumbres del barrio (los espacios para relacionarse, los personajes, los juegos y juguetes caseros, las “malas costumbres”, las fiestas celebraciones y acontecimientos), las instituciones barriales (clubes, vecinales, escuelas, bibliotecas, templos, mercaditos, almacenes y bares), trabajar en el barrio (fábricas, talleres, empresas familiares, oficios, barrio y desempleo) y la vivienda barrial (tipos de casas, vida privada y pública, tapiales y alambrados).
Por supuesto, la cantidad y variedad de exposiciones que se presentarán en las jornadas resume el dispar abanico de inquietudes abordadas por quienes se definen como vecinos, investigadores y sobre todo apasionados de los relatos que poblaron su infancia.
   Tasca se entusiasma cuando repasa la lista de ponencias. “El equipo de la Hemeroteca municipal presentará un trabajo sobre Barrio La Florida en la Bibliografía Rosarina, Alvino Serpi sumará anécdotas sobre barrio La Tablada, el taller literario de la Biblioteca Popular La Florida expondrá sobre La Florida , Recuerdos del ayer, Hilda Josefina Capitano preparó un trabajo sobre Empalme Graneros, costumbres sociales de una población de origen heterogéneo y Alberto Castillo hablará sobre los bares de Refinería”, resume.
   También participarán Nora Laborde, con un trabajo sobre el balneario Saladillo, Roberto Wersio, historiador de Pichincha y cronistas de San Nicolás, Santa Fe y Entre Ríos.

El amor, todo un tema. Por primera vez este año las jornadas sumarán un espacio para los estudiantes secundarios. “Enamorados del barrio o cómo ponerse de novio en el pasado”, será el tema de la “Jornada de historia (MUY) Joven” que invitará a cotejar los usos y costumbres actuales y pasadas relacionadas con el enamoramiento.
   La excusa fue un folletín de principios del siglo pasado que llegó este año al Museo de Barrio Refinería y, entre otras cosas, repasa las formas de pedir la mano, visitar a los suegros y organizar la boda. “La idea es comparar estas costumbres con las de los chicos que actualmente cursan el secundario”, dice Tasca y recuerda que no todo tiempo pasado fue mejor.
   Las jornadas de historiadores y cronistas barriales están destinadas tanto a especialistas e historiadores, como a vecinos y estudiantes. Comenzarán el viernes, a las 14, y continuarán el sábado, de 8.30 a 17.30, en el Centro Cultural Cine Lumière (Vélez Sársfield y al 1027). La entrada es libre y gratuita.

Barrio Sorrento

Written By Charles Francis on 01 diciembre 2012 | 19:58

En sus orígenes formaba parte del Pueblo de Alberdi que Puccio fundara en 1876. (recién fue incorporado a Rosario en 1919) y se lo conocía como Sorrento.

El nombre surgió como inspiración de Ernesto Brandt, quien al establecerse en la zona en 1866, la encuentra similar a la ciudad que lleva ese nombre en la región de Nápoles, Italia.

Sus límites actuales son: la calle Juan B. Justo(Sur), el río Paraná (Este), la calle Washington (Norte) y las vías del ferrocarril Mitre (Oeste)

Muy pocos saben que en barrio Sorrento estuvo el primer hipódromo de la ciudad de Rosario. Anterior a ese predio existió en 1885, en la zona de Casilda, próxima a Rosario el hipódromo del Oeste Santafesino, cuya duración fue muy breve.

Según Vladimir C. Mikielievich, "el 29 de diciembre de 1887 se constituyó la Sociedad Anónima Hipódromo Rosarino, con el propósito de construir un circo de carreras en el pueblo de Sorrento, actual barrio Sarmiento."

El proyecto sería rápidamente materializado y el 17 de junio del año siguiente se inauguró con la presencia del vicepresidente de la República, el Dr. Carlos Pellegrini y de una multitud calculada en 11.000 personas.

Este primer hipódromo, ocupó una amplia superficie limitada por las actuales calles Castagnino, las avenidas Rondeau y Maciel y las Ex - vías del Ferrocarril Mitre. El acceso se hacía por la Av. Maciel ( entonces llamada Colón), tres cuadras al Oeste de la Av. Rondeau (llamado por esa época bulevar San Martín)

Ese lugar de carreras funcionó hasta 1901, año que abrió sus puertas el hipódromo del parque de la Independencia.

En 1995 la ex - estación ferroviaria Sorrento sería declarada patrimonio histórico de la ciudad, ubicada en la intersección de las calles Darragueira y República de Siria, otrora estación del Ferrocarril Provincial de Santa Fe (perteneciente a la Compañía Francesa Fives – Lille) cuyo control central lo constituía la actual Estación de ómnibus Mariano Moreno.-

La estación Sorrento, habilitada en 1891, tuvo desde entonces mucha actividad de carga, ya que desde allí se despachaban vagones cargados hacia los embarcaderos, con productos lo que se producían en la zona, particularmente el azúcar trabajado en la Refinería Argentina, más los macros cargamentos de madera proveniente del Chaco santafesino. –

Posteriormente se encaminaron por la estación, los trenes repletos con mineral que abastecía a la usina eléctrica.

Cuando se construyó el muelle carbonero sobre el río Paraná este movimiento cesó, pero durante muchos años se mantuvo el desvío que cruzaba el bulevar Rondeau.

Las vías hacia Santa Fe se levantaron hacia 1929 y la estación se mantuvo como punto de empalme y maniobras hasta que se rectificó el trazado de Ferrocarril Belgrano, después de 1948, cuando se nacionalizarían los ferrocarriles.

Pese a todo, el edificio de la estación Sorrento sobreviviría quedando como punto de referencia del pasado ferroviario rosarino.

CALLES, CUADRAS Y ESQUINAS
Nos clarifica el arquitecto José Mario Bonacci: “Se afirma que la estructura de calles en la mayoría de nuestras ciudades nace en la “cuadrícula española”. Fue España quien introdujo con la conquista un sistema de calles paralelas cortándose en cruz. Los romanos empleaban el sistema del “cardus” (dirección norte- sur) y el “decumanus” (dirección este – oeste). Fijaba el punto de corte a partir del cual se estructuraba un campamento o una ciudad”...

“Esa trama respondía en muchos casos a geografías que exigieron adaptarse a diversos accidentes. La trama asentada en terreno plano, rodeada de pura pampa, confirma la capacidad de extenderse por el territorio sin freno alguno, hasta el infinito. Ese proceso fue cumplido al pie de la letra y con énfasis en nuestra ciudad”. A partir de ses conceptocreció con los años sin prisa y sin pausa, hasta engullir vecinos que se fusionaron a la estructura descripta.

Tal es el caso de Fisherton, Sorrento, Alberdi, Saladillo...”

Relato pintoresco del barrio Sorrento

En "La historia de Rosario desde la mirada cómplice de sus vecinos". Diario La Capital del 7 de julio de 1997, el señor Antonio Gentile, antiguo vecino de Sorrento, relató su historia, casi en los comienzos del barrio:

"Mi padre, Salvador Gentile, nacido en Sicilia (Italia) se instaló en esta zona en 1915. Cuando él llegó era todo campo y ocupó el predio donde después estuvo la fábrica Estexa, que alquiló a Echesortu Y Casas, dueños de grandes áreas del barrio.

Se suele decir que era zona de mafiosos, y no era tal sino que esos temibles hombres de la mafia provenían de Refinería y del barrio de Zeballos, 9 de julio, Alvear, Santiago y Pueyrredón, a robarnos nuestras gallinas y lechones."

Bibliografía:
"Capitel en Barrio Sarmiento". Diario La Capital en su edición del 7 de julio de 1997.
Sorrento. Avenida. Topografía:
Corre de E. a O. desde 1100 hasta 3100, desde 7600 hasta 9000, a la altura de Bv. Rondeau 700.
Se le impuso ese nombre por D. 28.003 del año 1962.
Recuerda al barrio Sorrento, hoy llamado Sarmiento.

Historias barriales: Canchita de los Curas

Written By Charles Francis on 09 octubre 2012 | 23:18

Han pasado algunos años pero los recuerdo todavía están en mi retina, cuando yo vine a vivir al barrio allá por 1951 con 4 años, ese lugar ya estaba, era un baldío pegado a la escuela  “Boneo”, nivelado de tal forma que sobre la calle Gorriti la tierra estaba a nivel del cordón, sobre Nelson había un pequeño terraplén donde te tirabas de panza al suelo en ese terraplén y asomando la cabeza podías ver el partido a nivel del piso de juego, sobre Santa Maria de Oro se veía la inclinación , pero la canchita estaba bien nivelada, tres lados a tres calles, del otro costado paralelo a calle Santa María de Oro estaba el paredón de la escuela, comenzando desde Gorriti, primero la pared de la antigua capilla, después el paredón continuaba hasta Nelson donde a la mitad del mismo había una pequeña puerta de madera para salir o entrar a la escuela, allí estaba la cancha de fútbol que tanto los chicos como los grandes decían , vamos a jugar o ver fútbol a la “canchita de los curas”.

Desde ese tiempo el comentario era "el año que viene no vamos a poder jugar más porque van a construir la nueva capilla"de la escuela Boneo, obra de Don Orione, capilla que llego allá por 1964 con el nombre de Capilla San Juan Evangelista.
Escuela Boneo, (nombre oficial Escuela Monseñor Juan A. Boneo), ¿qué vecino del barrio, chico o grande, no fue a ese querido colegio? 

Es difícil encontrar alguno, mis recuerdos me llevan al interior del mismo, esa larga galería desde la entrada, con la dirección a un lado, hasta la ancha escalera en el fondo para subir al primer piso, la otra escalera para acceder a ese piso estaba a la par de la puerta de entrada del otro lado de la dirección, el gran patio para el recreo y los deportes, atrás, del  otro lado de los salones cuyas  entradas daban a la galería, una pequeña canchita de fútbol que también se usaba para jugar al  básquet, sobre el fondo atrás de esta canchita había un galponcito para guardar bártulos, cuya pared final daba a Nelson.

Salones amplios con ventanas y puerta al patio grande,  ventanas hacia atrás que daban a esa pequeña cancha, en uno de esos salones pase mis dos ó tres primeros años de alumno, tuve  a la inefableseñorita Elba, maestra de mis primeros años, ir a la escuela para mi era muy importante, porque aprendía y con 5 ó 6 años ya era grande, iba solo a la escuela, nadie me llevaba.  
                                                                                        
En ese tiempo a través de la “Fundación Evita” nos  entregaban guardapolvo, cuadernos, útiles; viene a mi memoria la regla de madera de perfil cuadrado de 20 cm  que en sus cuatro cantos tenia una varilla de cobre incrustada en la madera para que aguantara  más los golpes, la caja de lápices de madera, simple o doble, con su tapa corrediza, los cuadernos con la carátula en la primer hoja para el nombre, dirección, grado y otros datos, luego el mapa de la Argentina y después la foto de Evita.
Quien en ese barrio no recuerda al querido maestro Bernal, le dio clase a varias generaciones de vecinos que pasaron por la escuela primaria, Monseñor Boneo.

Volviendo en el relato a la canchita de los curas, puedo contarles que allí durante mucho tiempo se jugaban  partidos desafíos, torneos, de grandes, de chicos, los alumnos de la escuela también la usaban para su recreación, otro que jugo allí era el cura Miguel Tiburzio, se ataba la sotana a la cintura y se metía en los picados.

Casi siempre esos encuentros eran los sábado y  los domingo, cuando se armaban esos partidos principalmente los domingos, los vecinos del barrio que vivían cerca se iban arrimando a la cancha , llevando sus banquitos, sillita baja, para mirar cómodamente sentados el evento, poniéndose en el único lado de la cancha que se podía seguir el partido, en la vereda de enfrente de la cancha, sobre la calle Santa Maria de Oro; sobre Gorriti no se podía sentar porque cada rato pasaban los auto o los tranvías, el N° 2 , el N° 4 ,creo que el N° 5 también y se perdían la jugada.

Casi siempre los domingo por la mañana, una vez instalados cómodamente allí se los podía ver a esos vecinos con su vaso de vino o vermouth , picoteando algunas aceitunas, maníes  o lupines en sal muera , que vendía el almacén de la esquina de Gorriti,  por la puerta doble de madera color gris que daba por Santa María de Oro , según algún amigo me decía que el dueño era Don Paco, luego Don Enrique que según decían, era socio de Tiro Federal, en la misma vereda pero para el lado de Nelson había una puerta de hierro trabajado con un gran vidrio que no dejaba entrar el viento; puerta de antes; la misma cuidaba la entrada de  un zaguán que desembocaba en la casa de doña Crédula, ella era una viejita que hacia masitas riquísimas, unas torta negra deliciosas, caseras, pan con chicharrones y como decía mi abuela Palmira en su dialecto italiano “el chameló” el sabroso bizcochuelo con huevos caseros, porque en ese barrio casi todos tenían su quinta y algunas gallinas para tener  huevos frescos, esa torta se vendía por porciones, que con unas pocas monedas, nosotros los chicos o los vecino podían comprar.
Los pibes no llevábamos banquitos, nos sentábamos en el cordón de la misma vereda,  en el del lado de la cancha no se podía sentar  porque el campo de juego terminaba en el cordón, si la pelota caía a la calle era fuera, se hacia saque lateral.

Recorriendo otro costado de la cancha, el que daba a la calle Nelson, donde daba uno de los arco, era el más peligroso para la pelota de fútbol , porque allí estaba la Centenera, fabrica de envases de hojalata, justo atrás del arco había un portón de color gris; actualmente sigue allí ; que en la parte alta del mismo tenia unos hierros gruesos, para no saltarse adentro, tenían forma curva hacia fuera y terminaban en punta muy finita donde terminaba clavada la pelota de cuero en gajos y cocida con hilo fuerte o tiento muy finito, con cámara; si lograba pasar el portón, caía adentro, donde había dos perros grandes que terminaban rompiendo la pelota, cosa que nunca se pudo solucionar, pero si se soluciono el tema de los hierro en punta poniendo en cada una de las puntas ; un montón ; antes del partido, unos tacos de goma que hacían de protección , la pelota rebotaba en ellos y no se clavaba.
Del lado sobre Gorriti, donde estaba el otro arco, cada vez que se hacían partidos alguien se acordaba y decía ; avísenle al “turco”, para que  cubriera la puerta, la vidriera, poniendo los postigotes de madera en las mismas, turco era porque tenia una tienda; en ese tiempo todos los “mercachifles” que vendía telas, se los nombraban  turcos, era  Sirio nacido en Aleppo el              dueño de la tienda “Gracielita” don Teofilo (Tufik) Saggal; también había que avisarle a la zapatería de la esquina, la que todos conocíamos como la de “la Elvira”, donde los vecinos podían comprar, pagar por mes; esa compra era anotada en un cuaderno, a mano, con eso bastaba, los vecinos eran honrados, trabajadores que a fin de mes con el sueldo pagaban las cuentas, los dueños eran  Elvira y Armando Ciarroca.


Otra cosa que había que tener en cuenta los domingo, era que los partidos debían comenzar después de la misa, en la antigua capilla; que casi siempre terminaba a las 10 de la mañana, pues sino la pelota que pegaba en la pared retumbaba dentro de la misma e interrumpía la misa.
La canchita en si era de tierra, con pequeñas piedritas que te lastimaban al caer al piso, tenia arcos fijos al piso, hasta que un año; no recuerdo cual; llego a la escuela el padre Manuel , una de sus medidas fue; cortar los arcos, desde ese momento pasaron a ser desmontables, se guardaban en el almacén de la esquina, se armaban en el momento del partido.
Cada vez que había partido siempre se recordaba que podía ser el último porque ya comenzarían la obra de la nueva capilla y le diríamos adiós la “canchita de los curas”.
Los equipos que jugaban eran entre otros, Alba Roja, Paralelo 38, Las Malvinas, Defensores de Vélez Sarfield y el más famoso de todos “Los 7 Grandes”; 7 era por  su formación, un arquero más seis jugadores, así eran todos los equipos; “Grande” no se si porque jugaban muy bien al fútbol y eran invencibles, o porque estaba formado por toda gente grande de edad, su capitán el vecino Tito Suárez, que también supo vestir la camiseta de Alba Roja.

Recuerdo jugadores como el arquero de Alba Roja, Manuel Codes que después fue arquero de Argentino de Rosario “El Salaito”, parte de los jugadores de Alba Roja eran a su vez directivos del mismo club, como “Forico”, “Pocho” y Salvador Montivero, “Forico” tambien fue jugador del “Salaito” y de otros equipos , “Pepo” Candolfi, Hugo Gonzalez, el “Tano “ Murgia, el “Turco” Fernandez, “Lito” Barranquero, la camiseta de este club era blanca y roja,  a cuadros, otra a raya, después en triangulo, por ultimo en “V”.
Por esta canchita también pasaron  jugadores famosos, los hermanos Bairo (River Plate), Omar “Pato” Pastoriza (jugador y técnico de Independiente) Panasi, Villarino (Rosario Central). Había un arquero que llamaba la atención, era el arquero de “Los 7 Grandes” el “Lungo” Bartoluzzi, media 1,93 de alto , su espalda era bien grande, un “ropero” en el arco,  su agilidad era impresionante, era difícil hacerle un gol, de profesión arquitecto. Si mal no recuerdo; también sabia jugar para “Las Malvinas”; que era el equipo de los Pastoriza, allí jugo un muy buen defensor apodado el “Pipa”.

Se organizaban torneos, los premios eran trofeos, medallas, cada partido era dirigido por un referí, entre ellos estaba Pozzi, otro el “pelado” Zambruno ; mi tío; referí de la liga rosarina, con referí o no, casi siempre había tumultos que terminaban repartiendo “piñas” incluido el referí.
Terminaban los partidos, los jugadores se juntaban, eran todos amigos, pasaban por el almacén de enfrente a tomar algo para calmar la sed y los ánimos, bebían, agua, cerveza, algunos se bajan de un solo saque un sifón, soda que seguro era de la fábrica de la otra cuadra de la cancha.
de don Enrique Franco, que la repartía por el barrio con su carro tirado por caballo, al cual nos subíamos cuando quedaba sobre la calle, con las varas hacia abajo sin caballo, luego el progreso hizo que desaparecieran los caballos, amaneciendo un día un viejo camión que en vez de riendas tenia volante.
Paso el tiempo, muchos recuerdos más, pero llego el día, al levantarnos una mañana la canchita  tenia pozos, en parte estaba cerrada, un cartel decía que se comenzaba la obra de la Capilla San Juan Evangelista, si llego el día que nadie quería, se nos iba la “canchita de los curas”, comenzaron a construir la nueva capilla, levantaron las paredes, pusieron el techo, un tiempo estuvo parada, allí nos juntábamos a hacer un “picadito” los chicos del barrio, bajo techo con piso de cemento.
Así fue como desapareció “la canchita de los curas”, los domingo por la mañana ya no se juntan los vecinos, doña Crédula perdió clientela, el progreso dejo en el camino esos hermosos recuerdos del barrio, pero a su vez generó  nuevas historias.    
Las obras se terminaron, llego el día, el barrio tenia su nueva capilla, fue un 3 de  mayo de 1964, se  inauguró con un gran acto, a la cabeza el cura Luis , se colocaron bombas de estruendo atadas en una soga entre dos columnas de  alumbrado del frente de la capilla, el ruido y los fogonazos fueron  increíbles.

Así desapareció la Canchita de los Curas en su forma física, pero no en el recuerdo de todos los vecinos.
Porque ahora cuando pasamos por el frente  de esta hermosa capilla todos decimos ¿Te acordas?... pensar que aquí cuando éramos chicos, acá había una canchita a la cual veníamos a jugar.            
  
                                                                           Edgardo "Poroto" Landaluce 25/02/2012
Fuente: http://museorefineria.blogspot.com.ar/2012/04/la-canchita-de-los-curas-por-edgardo.html

HISTORIA DE UNA BANDA

 
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