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Barrio Pichincha: Fichas de prostibulos

Written By Charles Francis on 09 octubre 2012 | 19:31


En los años 20 y 30 el  tenía su propia divisa. Se trataba de un objeto preciado de escaso valor económico, pero muy codiciado. Garantizaba –en el mejor delos casos- algo de placer; y en el peor de ellos, el derecho de pasar el tiempo con una de las pupilas del prostíbulo. Se trataban de las conocidas «fichas» o «latas» que servían para controlar el trabajo de las prostitutas que trabajaban en el prostíbulo.

Función de las latas.

El sistema de latas funcionaba en la mayoría de los prostíbulos reglamentados; y en algún que otro clandestino; según surge de los testimonios recolectados por Zinni y Ielpi en «Prostitución y Rufiansimo» Cada peringundín tenía su propia ficha, con su propio diseño, algunos más rústicos y otros mas producidos. Sin embargo, muy pocas llegaron a nuestra época. Por ejemplo, es relativamente sencillo encontrar algunas del Petit Trianon (que ilustran este artículo), en un estado bastante decente (recordemos que tienen casi un siglo) en manos de coleccionistas privados. También hay algunas en circulación con las iniciales C.F, que pertenecerían al Café Marconi. Pero del resto de los prostíbulos, sólo quedan rumores.

La operatoria era la siguiente. El parroquiano ingresaba a la casa de tolerancia. Era recibido por la madama de turno. Ésta le informaba el “precio” por los servicios de sus pupilas. Recordemos que había prostíbulos de calidad, cuyo precio rondaban los 5 pesos (habitualmente los reglamentados) y otros mas económicos y hediondos a los que se podía acceder a un “servicio” por apenas un peso.

El cliente, le pagaba el precio a la madama. Ésta, a cambio, le entregaba una o varias fichas con el diseño del prostíbulo. A estas fichas, vulgarmente se las llamaba latas. El cliente, ya con su lata en mano, pasaba al patio donde se encontraban las pupilas que se ofrecían en el lugar. Una vez seleccionada la que mas le gustaba, pasaban al cuarto. El cliente depositaba la ficha en una especie de alcancía (también de lata) como forma de pago. Por supuesto, todo antes del acceso carnal.

Este intrincado sistema tenía varios fines. En primer lugar, impedía que las pupilas manejaran dinero. Quizás por precaución a que se fugaran con la recaudación, quizás como forma de protegerlas de los posibles “asaltos” por parte de los clientes. Por otro lado, se garantizaba que las madamas sean quienes distribuyan los dividendos. También era una forma de controlar que la prostituida no otorgue más tiempo que el que correspondía a su cliente.

A fin del día (quizás semanal, o quincenalmente), la pupila entregaba a la madama la totalidad de fichas recogidas durante la jornada. Y ésta le pagaba el porcentaje que le correspondía, que en el mejor de los casos, alcanzaba al 50% de la recaudación.

Sin embargo, se le encontró una vuelta de tuerca a esta metodología. Quizás cuando las prostitutas ya disponían de un capital suficiente, o la madama decidía darles algo mas de libertad a sus pupilas, se recurría a la modalidad de «Casa de Pensión» que funcionaba como anexo de los prostíbulos. Allí, la prostituta podía recibir a su cliente y acordar con ellos el pago que quisieran, y la duración del servicio que desearan; sin sujetarse a los precios y tiempos fijados por las madamas de turno. La pupila sólo estaba obligada a pagar diariamente una suma fija en concepto de alquiler de la habitación que ocupaba. El Moulin Rouge y el Royal adoptaron esta modalidad.

Radiografía de las fichas

Como se dijo, las fichas que mas se conocen son las del Petit Trianon. Los primeros ejemplares reaparecieron a la luz mientras se realizaba la investigación que finalmente culminaría en el libro «Prostitución y Rufianismo» cuando uno de los entrevistados le obsequiara los investigadores una de esas fichas.
Precisamente en ese libro, citando un artículo del Boletín del Instituto de Numismática e Historia de San Nicolás las describe: «Es una pieza compuesta de tres partes: dos láminas metálicas que recubren un centro circular de cartón. El metal está dorado y el conjunto sometido a la acción de una prensa entre dos cuños con la impronta de sus caras. Por ambos lados lleva gráfila dentada, estando aplicada la del reverso sobre el cierre o doblez de una de estas láminas, asegurándolas. Su módulo es de 21,4 milímetros y su peso de 1,4 gramos»

En efecto, estas fichas muestran en su anverso, el rostro de una mujer luciendo un peinado antiguo. En su contorno, se leen las palabras Discretion – Securite. En el reverso no hay imágenes, observándose únicamente el nombre del local (Petit Trianon) y su ubicación Pichincha 87 – Rosario.

Sumó algo de confusión la aparición de nuevas fichas (a la sazón, latónes) de menor calidad que las del Petit Trianon. Poseen la inscripción de las letras C.M.; a las que las descubridoras atribuyen pertenencia al prostíbulo Café Marconi, también conocido como Carlos Drago. En el reverso, cuenta la con la inscripción P.F cuyo significado se desconoce. Además, tienen consignados números (50, 20, 10 y 5). Se especuló que podrían significar el costo de los diferentes servicios sexuales, pero esa conjetura es fácilmente descartable sabiendo que los prostíbulos mas caros rara vez cobraban más de 5 pesos por servicio.
Meter la mano en la lata.

A raíz de esta modalidad de pago se incorporó al vocabulario lunfardo, y trascendiendo al cotidiano, la expresión «dame la lata». En efecto, se evoca una escena de prostíbulo: al llegar, el cliente pagaba su consumición y recibía una latita como prueba del pago. Al entrar en el cuarto de la pupila se la entregaba. Cuando el rufián visitaba el quilombo, exigía de sus pupilas la entrega de las latas, para calcular la parte que le correspondía.

Es más, los conocedores del mundillo del tango; consideran que el primer compositor de tango fue Juan Pérez, un clarinetista de romerías, autor del tema «Dame la lata» quien lo habría compuesto hacia mediados de la década de 1880; aunque no se descarta que hayan existido otros autores y otras canciones. En este tango, se hace referencia a la escena descripta.

También, se atribuye al sistema de pago mediante fichas, el origen de la expresión «meter la mano en la lata» Popularmente significa apoderarse de bienes de otro, haciendo abuso de la confianza que se ha dispensado confiando los mismos. Se dice que metían mano en la lata los clientes que intentaban extraer de la “alcancía” (que era otra lata) que cada pupila tenía, alguna que otra ficha para asegurarse –en un momento futuro- otro servicio sin tener que pagar por él.



Bibliografía:
- Ielpi, Rafael – El imperio de Pichincha: La mala vida en Rosario – HomoSapiens Ediciones, Rosario, 2009.
- Ielpi, Rafael; Zinny, Hécto – Prostitución y rufianismo – HomoSapiens Ediciones, Rosario, 2004.
FUENTE: http://www.barriopichincha.com.ar/fichas-de-prostibulos/

Actualidad: Cabarets si, privados no

Written By Charles Francis on 04 octubre 2010 | 8:29

30/09/2010 - En 60 días, los cabarets y wiskerías que funcionan en Rosario no podrán tener habitaciones o boxes privados, para evitar así el ejercicio de la prostitución. Además, no se les permitirá poseer conexiones con inmuebles contiguos y deberán presentar los contratos de locación de servicios del personal convocado para bailar y alternar que certifique el vínculo con cada

El espiritu prostibulario sigue en pie

Written By Charles Francis on 03 agosto 2010 | 10:59

La imagen prostibularia que la Municipalidad reeditó el último fin de semana como ícono de Pichincha no quedó anclada en el pasado. Sigue tan vigente como en los años de la Chicago Argentina. Y no sólo eso, los vecinos de la zona creen que, aunque aggiornadas, hoy hay muchas más casas de citas que antes. Las típicas viviendas chorizo del barrio albergan muebles modernos con chicas muy jóvenes (e instruidas) que ofrecen sexo promocionado básicamente en avisos clasificados e internet. Otro dato posiciona claramente a este sector como el rincón de los lupanares vernáculos. De los cerca de 10 negocios habilitados legalmente como cabarets y whiskerías que hay en Rosario, cinco eligieron Pichincha.

Para retratar un vieja postal, la Municipalidad apeló el domingo pasado a la historia rosarina de los albores del siglo XX, y se encendió la polémica. “Pero hoy sucede lo mismo”, dijo a este diario uno de los vecinos de la zona, Eugenio Pereyra.

A los residentes del barrio, tampoco se les escapa que posiblemente la explotación de mujeres también tenga hoy su correlato. Aunque, a juzgar por la demanda de chicas para trabajar en los llamados “privados” y las suculentas propuestas económicas, ellas acceden de motu proprio (ver página 4).

La simbólica refundación de Pichincha como República cosechó críticas por el modo en que la Municipalidad recreó la tradición prostibularia y artística. Mientras algunos vecinos coincidieron en decir que no se puede mostrar solamente la cuestión degradante de la opresión a la que fueron sometidas las mujeres, otros remarcaron que no hay que negar el pasado del barrio. Y desde la Secretaría de Cultura municipal rescataron el “alto nivel histórico” de las escenas, pero reconocieron que, dado el debate, se contemplaría incorporar un cierre artístico que refleje el movimiento de liberación de las prostitutas.

Para lanzar el nuevo perfil que se intenta dar a Pichincha, la Intendencia había organizado visitas guiadas por los ex prostíbulos y milongas, y proyectado filmes. Hubo actores con trajes de época recordando a los inmigrantes, autos antiguos y hasta vendedores de empanadas que coparon las calles en una suerte de túnel del tiempo. No faltaron policías, bataclanas y rufianes y, en la puerta del mítico burdel Madame Safó, su dueña hasta invitó a conocerlo.

En este contexto, durante las últimas semanas, los habitantes de Pichincha volvieron al ruedo al enfatizar sus críticas al municipio por el cariz (según ellos, molesto) que le pretende imprimir al barrio: un sector donde convivan bares, boliches bailables, restaurantes y cabarets; una mezcla que les crispa los ánimos.

Durante la década del 90 cuando sonó con vehemenia la frase: “Ramal que para, ramal que cierra”, el barrio entró en una debacle. Los negocios cerraron sus puertas al compás de la desaparición del movimiento en la estación ferroviaria Rosario Norte. La crisis sumergió al barrio generando desocupación, terrenos baldíos y galpones en desuso.

Recién, con los años y con una incipiente prosperidad económica, la Municipalidad comenzó a ocuparse de impulsar un desarrollo urbanístico del lugar.

Las devaluadas whiskerías que quedaban como resabios del pasado prostibulario empezaron a resurgir y otros negocios del rubro se afincaron en la zona.

Así, bares y confiterías bailables eligieron esa lugar de radicación que la Intendencia promovió como zona prioritaria.
“Desde hace unos años, por lo menos seis, la gestión municipal señaló arbitrariamente a este barrio como el lugar de la joda rosarina y lo materializó con habilitaciones salvajes y absoluto descontrol”, dijo una vecina.

Los referentes barriales confiesan que deben soportar el aluvión de unas diez mil almas en busca de diversión. Por las noches, de jueves a sábado, el corazón histórico del barrio se convulsiona. Música, gritos, autos, alcohol y peleas, sin contar los desechos biológicos esparcidos en umbrales y veredas.

“Y como si esto fuera poco contamos con muy poco control policial, de la Guardia Urbana Municipal (GUM) e inspectores municipales. Los vecinos queremos tranquilidad, calidad de vida, que no habiliten más boliches, y a los que están que se les hagan cumplir todas las normas de habilitación vigentes, y si no que los cierren”, se quejó Ana María del Río en una carta enviada a este medio.

Sin embargo, la actividad emparentada con la música y el baile va en crecimiento. En la actualidad, la zona comprendida por bulevar Oroño, San Nicolás, Tucumán y el río contiene dos cabarets y whiskerías, habilitadas por la Intendencia, en Callao 76 bis (El Escondite) y Salta 3519 (Fosse). Aunque, se iniciaron los trámites correspondientes para otros dos locales del rubro en Callao 125 bis (allí funcionó El Monito y en pocas semanas abrirá La Rosa), y San Nicolás y Salta, según se informó la Municipalidad desde donde no se hizo mención a la whiskería Búho (Salta esquina Cafferata) que se encuentra en plena actividad. Al menos eso confirmaron los vecinos.

La zona alberga también a 16 bares con amenización musical, el 27 por ciento de los instalados en toda la ciudad donde hay unos 60.
Pero además Pichincha cuenta con 4 confiterías bailables, mientras que desde el sitio de espectáculos musicales Willie Dixon (Suipacha y Güemes) ya se solicitó convertirlo en un boliche.
Por otro lado, el barrio tiene dos cantinas; espacios donde se puede cenar, bailar y ver shows.

Con tanto esparcimiento, este rincón geográfico rosarino ha ganado fama a nivel nacional. Así como el público de Buenos Aires se tomaba el tren a Rosario Norte para visitar los burdeles del siglo pasado, la moda de algunos jóvenes porteños pasa hoy por venir los fines de semana a Pichincha, con la misma intención que sus antepasados.

Por el derecho básico de dormir (Ana Maria Margarit – Docente de la UNR y vecina)

El problema principal por el cual el barrio reclama desde hace tiempo, por lo menos cinco años a esta parte, radica en la instalación de boliches y en la movida nocturna sin control que se intensifica constantemente.

El reclamo es básico: está demostrado que el vecindario no puede dormir mientras estas actividades se desarrollan puesto que las medianeras, los techos y las ventanas no resisten los tremendos decibeles de los equipos de música, las bandas en vivo y la circulación de grandes cantidades de personas en situación de diversión nocturna.

Las respuestas que han dado las gestiones municipales del socialismo a estos clamores ciudadanos han sido, hasta ahora, enervantes: con una cara y un discurso dicen que sí, que van a controlar. Pero con otra cara y otro discurso ponen la firma en nuevas habilitaciones, desarrollan políticas públicas de promoción de locales nocturnos mal disimulados en el proyecto especial Pichincha y condimentan esta trayectoria con eventos de dudosa raigambre cultural como la reciente declaración de la República de Pichincha, invento de utilería, muy fulgurante para las bambalinas turísticas pero no para la construcción de un consenso de convivencia en este vapuleado escenario.

A estos reclamos se suma también la urgente atención que requiere este sector de la ciudad donde en las madrugadas de los días de fin de semana queda el tendal de la estampida nocturna y donde a la Municipalidad, hasta el momento, no se le ha ocurrido mandar un refuerzo, tener un gesto de atención, una mirada comprensiva.

Ya pesa sobre el barrio la sentencia de la cultura oficial: “Nunca será un barrio común”, decidieron. Parece que el imperdonable olvido de lo que pasaba con las mujeres en situación de esclavitud y pupilaje en ese pasado de prostitución, rufianes y mafias en Pichincha ha desatado un saludable debate en la ciudad, debate que no sólo rescata el grito rebelde de Raquel Liberman, sino también posa la mirada y se pregunta sobre el vivo presente de algunas prácticas de servicios sexuales.

Todos los resortes legales para una Pichincha y una ciudad más civilizada, sobre todo donde se asegure el derecho básico a dormir, existen y están vigentes. Si tan solo se asegurara el cumplimiento pleno y sin trampas de todas las ordenanzas se podría vivir en un barrio sin agresiones ni mezquindades. Y otro sería el humor de la gente.

Las dos caras del Barrio (Rafael Ielpi – Periodista, escritor y director del Centro Cultural Bernardino Rivadavia)

Si hay algo que no se puede hacer con la historia, es borrarla. Por eso, las distintas investigaciones encaradas en Rosario desde hace 30 años sobre el barrio Pichincha no pudieron eludir la condición prostibularia que el mismo detentó sobre todo desde 1915 en adelante, hasta la promulgación de la ordenanza Nº7 de 1932, que determinó el cierre de los quilombos, como se los conoció y denominó popularmente. No era para menos si se piensa que en el reducido radio que constituía el corazón del barrio aledaño a la estación Sunchales (luego Rosario Norte) se sucedían, casi uno al lado de otro, una serie de este tipo de establecimientos, de distintas características y tarifas, con varios nombres de reminiscencias francesas como Madame Safó, Moulin Rouge, Petit Trianón, Chantecler, Chavannes y otros como El Elegante, Venecia, Italia, España, Mina de Oro, Royal, Marconi, El Gato Negro, Torino, Internacional, Victoria, Sevilla, junto a los “clandestinos”, que carecían de nomenclatura pero no de clientela. Variopinta y funambulesca, la escenografía nocturna del barrio presidió muchos años su vida y costumbres, ocultando de ese modo otros aspectos sin duda reales: la explotación inicua de las mujeres que ejercían la prostitución en esos locales, regenteados por una férrea organización de tratantes de blancas, con la complicidad de funcionarios, jueces, políticos y policías, y la condición de barrio de trabajo, presidido por la estación ferroviaria, por la que llegaron a la ciudad no sólo los inmigrantes, sino también la migración interna y los cientos de miles de peones “golondrinas” que llegaban para trabajar en las cosechas. La impronta de la “mala vida” iba a signar entonces a Pichincha y es por ello que (sin apologías que nadie en su sano juicio pretendería) han perdurado mucho más la módica fama del Paisano Díaz o la de la misteriosa Madame Safó que los nombres de los vecinos que, día a día, iban construyendo paralelamente las bases de la ciudad de nuestros días. Pichincha debe ser, por eso, vista desde el rastreo investigativo con sus luces y sombras porque esa es la tarea de la historia: hacer que la futilidad, la minucia, la trivialidad o el dramatismo y la profundidad del transcurrir de una ciudad queden resguardados en toda su insignificancia o en todo su esplendor.

Distintas postales bajo el signo de la prostitución
La oferta de sexo cambia a la par de las costumbres argentinas. De la vieja postal de los antiguos “piringundines” que en la época de la Chicago Argentina coparon Pichincha a hoy, los encuentros íntimos han mutado de forma tantas veces como la moda. Con sólo levantar el teléfono se puede saber cuánto cobran “el servicio” los denominados “privados”, que no son otra cosa que departamentos donde el sexo pago espera detrás de la puerta. Los precios son tan variables como las propuestas, pero rondan entre los 20 y los 120 pesos, según lo que desee el “cliente”. Un sistema que garantiza la privacidad y que ni siquiera está penado por la ley.

La prostitución es una verdadera industria sin chimeneas. Sin ir más lejos, en Pichincha, los “privados” se ubican a razón de dos por cuadra. Generalmente en casas comunes, edificios bajos y departamentos de pasillo. Todo un mundo que se puede otear por la mirilla de los clasificados.

En la edición del domingo pasado de La Capital, de 60 avisos en el rubro 1.606 (empleados de empresas de servicios), 36 ofrecían un futuro laboral para ejercer la prostitución.

La mayoría de los avisos propone pagar de 8 mil a 6 mil pesos mensuales a las meretrices y otros aclaran que son turnos de 6 horas. “Chicas para privado”, “Ganancias sin descuento”, “Opción vivienda”, “Pagos diarios”, son algunos de los anzuelos para enganchar a las trabajadoras sexuales. En diálogo telefónico con La Capital, una de las chicas confesó que llega a ganar unos 200 pesos por día. Todo depende del porcentaje que tengan que dejar a las “madamas” o los responsables de “regentear” el lugar.

Según los vecinos consultados por este diario, los “timbres” donde hay oferta sexual se expanden a razón de dos por cuadra. Incluso en Ovidio Lagos entre avenida del Valle y Güemes habría tres.

En la zona estos servicios se prestan básicamente en pequeñas casas o en departamentos de pasillo, del tipo chorizo. Una alta concentración a comparación de otros sectores de la ciudad donde el negocio está más expandido, a excepción de los alrededores de la Terminal de Omnibus Mariano Moreno.

Los clasificados sirven como mapa de ruta. Detrás de “colas infartantes”, “chicas fogosas” o “conejitas”, una voz en el teléfono da las tarifas: “bucal, vaginal, anal y completo”.
Fuente: Blog Pichincha

Cuando a El Paraíso lo llamaban Madame Safó

Written By Charles Francis on 08 abril 2010 | 5:09

El nombre del prostíbulo más famoso de la ciudad —entre 1914 y 1933— no era en realidad Madame Safo sino El Paraíso, según consigna la historiadora María Luisa
Múgica en Señales el domingo 13 del corriente. La afirmación es el resultado de una minuciosa búsqueda realizada en dependencias municipales y tras la revisión —afirma— de unos 12 mil expedientes en el Archivo de Investigaciones de la sección Moralidad Pública de la policía de Rosario.

De ello se desprende que el permiso de edificación del prostíbulo data del 18 de junio de 1914 y que su propietario era el francés Albert Maury, quien lo fue por lo menos hasta 1928. La profesora Múgica afirma que en más de una oportunidad se sindicó como propietarios a los hermanos Pedro y Antonio Malatesta (confundiéndolo con Francisco). En realidad, Francisco Malatesta, de nacionalidad francesa, era el gerente o encargado del Hotel París, sito en Santiago 1669, donde también vivía su hermano. El Hotel París pertenecía también a Albert Maury.

La primera mención de Francisco Malatesta como propietario del Madame Safo fue hecha por el entonces ya ex comisario Sabatino Paletta en Prostitución y rufianismo,  que escribimos con Héctor Nicolás Zinni siendo ambos periodistas de la revista Boom: "Yo detuve al dueño del Madame Safo, que se llamaba Francisco Malatesta, alias Buffalo Bill".
El testimonio de Paletta confirma que, como señala Múgica, Francisco Malatesta desapareció de la ciudad, pero no mágicamente sino de la mano de la policía al producirse las grandes razzias en Rosario con motivo del pedido de captura de rufianes y tratantes emitido por la Policía Federal como consecuencia del escándalo provocado por las denuncias de Raquel Liberman, una ex prostituta, contra la Zwi Migdal. Otro de los testimonios recogidos en el mismo libro, el de Ricardo Sequalino, cuyo oficio lo llevó muchas veces al Madame Safo, insistía: "Me acuerdo que instalé ahí una estufa subterránea. El dueño era Malatesta..."

Estos testimonios coinciden en asegurar que Francisco Malatesta (todo ello sin perjuicio de la veracidad de los datos aportados por Múgica) tuvo junto a su mujer una vinculación cierta también con el famoso prostíbulo de Pichincha 68 bis, lo que no suena extraño si se recuerda que Albert Maury era dueño tanto del Madame Safo como del Hotel París y que ambos eran connacionales.

Una nueva lectura de los 12 mil expedientes o algunos más permitirá a la profesora Múgica hallar la documentación referida a la detención de Malatesta por la comisión policial cuya integración detallara minuciosamente Paletta, y a su condición o no de propietario por entonces (1933) del Madame Safo o El Paraíso.

Siguiendo con el hallazgo del verdadero e inicial nombre del prostíbulo, María Luisa Múgica consigna: "Sin embargo, operaciones de memoria periodística de los años 70, sin duda meritorias, renominaron el lugar como Madame Safo o Sapho. Sin embargo, rara vez en la documentación policial y de la época aparece así mencionado". La referencia alude a Prostitución y rufianismo (1974), reconocido como la primera investigación sobre la "mala vida" en Rosario, en especial sobre el barrio Pichincha e incluido en bibliografías de historiadoras prestigiosas como Yvette Trochon, Donna Guy o la propia profesora Múgica.

Para aquel entonces (la búsqueda de datos y testimonios se realizó entre 1969 y 1972), los autores de Prostitución y rufianismo no dimos con documentos donde se mencionara a El Paraíso pero sí en cambio con cantidad de noticias periodísticas en los diarios rosarinos de 1900 a 1935 y con testimonios literarios y personales que mencionaban en forma unánime al prostíbulo de Pichincha 68 bis como Madame Safo o Safó. Entre esos testimonios se contaron los de ex funcionarios policiales de aquel período, que lo mencionaban del mismo modo. Como lo hicieron por lo demás todos los entrevistados que habían conocido o concurrido a lo que algún exagerado llamó "templo del placer".

En rigor de verdad, no renominamos al lugar como afirma la profesora Múgica: lo mencionamos sin arbitrariedad como lo nombraban en los diarios, como lo hicieron escritores como Roger Plá o Raúl Gardelli y como lo recordaban los contemporáneos de su apogeo. La búsqueda, la idoneidad y la paciencia de María Luisa Múgica ha desenterrado en buena hora la verdadera nomenclatura del famoso prostíbulo, aunque será muy difícil que El Paraíso reemplace en el imaginario colectivo el nombre con el que mencionaron varias generaciones, sobre todo masculinas, para las que el Madame Safo debe haber sido sin duda un paraíso...

Osvaldo Aguirre lo designa de ese modo en La Capital el 5 de junio de 2005 y la propia Múgica hace lo propio en el mismo diario el 10 de julio del mismo año. Seguramente por desconocer ambos (como nosotros en 1970) que en realidad estaban renominando ellos también a El Paraíso.

Por último la calificación de "operaciones de memorias periodísticas de los años 70 "(suavizada no mucho al conceder: "sin duda meritorias") que Múgica aplica a Prostitución y rufianismo es injusta respecto de un trabajo que realizamos con la mayor seriedad sobre un tema al que ningún historiador había dedicado hasta entonces su interés. Tal vez "investigación periodística" hubiera sido una definición más cercana a la verdad. La calificación aparece además contaminada por ese tufillo despreciativo que los historiadores académicos destilan cuando se refieren a trabajos que no provienen de ese círculo y la palabra operaciones (vinculada hoy tanto a la política como al periodismo) es asociada por el público a oscuros manejos o a tergiversaciones tendenciosas. De ambas cosas tanto el entrañable Héctor Nicolás Zinni como yo siempre estuvimos muy lejos.

Todo ello más allá de que la expresión "operaciones de memorias periodísticas de los años 70" aparezca a todas luces como un galimatías, aun para lectores avisados...

En una nota publicada el domingo pasado, María Luisa Múgica revisó la historia del célebre burdel de Pichincha. Aquí se responden algunas de sus afirmaciones
rafael ielpi
Interiores. Un detalle del actual Hotel Ideal, donde funcionó el burdel.

Las pensionistas del café Royal

Written By Charles Francis on 03 abril 2010 | 18:16

Historias de la Chicago Argentina
Fue uno de los prostíbulos más importantes de Pichincha, aunque su origen es todavía desconocido. En 1930 fue escenario de una insólita huelga de prostitutas María Luisa Múgica .
En la historia de los prostíbulos de Pichincha, los nombres del Madame Safo y del Petit Trianon, con las numerosas leyendas que evocan, han terminado por dificultar la visión del conjunto. Entre las casas de tolerancia que no gozan de tanta fama, pero que tienen una historia que también debe ser contada, se encuentra el café Royal.

En 1918 Elena Ribak y Elena Smith, domiciliadas en Suipacha 142/150, solicitaron permiso a la Municipalidad de Rosario para ampliar el café Royal anexando el vecino Montecarlo con el fin de establecer una Casa de Pensión para mujeres dedicadas al ejercicio de la prostitución legalizada llamada Royal o Café Royal. Una propuesta similar aunque más lujosa había sido presentada anteriormente por la regenta Elena Zelzer, del Moulin Rouge, de Jujuy 2961.

Las regentas señalaban que no había precedentes en el país pues se habían inspirado en los establecimientos europeos en los cuales se evitaba el encierro forzoso y ciertas restricciones que vulneraban la libertad de movimiento de las prostitutas. La principal novedad que encerraba el proyecto apuntaba a cambiar las formas de trabajo en el interior de los burdeles reglamentados modificando prácticas vetustas como entregar la mitad de las ganancias a la regenta.

Reglas de juego

En calidad de pensionistas libres o independientes -munidas de sus correspondientes libretas- las prostitutas ocuparían una habitación pagando por el alojamiento y pensión 3 pesos diarios en las habitaciones de primera y 2,50 en las de segunda. En el Moulin Rouge los precios oscilaban entre los 5 y 6 pesos diarios. Las pensionistas podían recibir a quien quisieran y entrar o salir de la casa y hasta abandonarla avisando con 24 horas de antelación a fin de informar a las autoridades pertinentes.

Por su parte, los concurrentes podían frecuentar la casa en los horarios estipulados por la municipalidad, dirigirse directamente a la habitación de la pensionista, penetrar en el bar, donde tocaba una orquesta, en las horas reglamentarias o bien utilizar las dependencias de la casa pagando sólo lo consumido.

El cliente abonaba el importe a la mujer -sin que la casa tuviera nada que ver- de modo que la ganancia era exclusivamente suya. La casa de pensión estaría gobernada por las dos regentas que eran responsables del cumplimiento de las ordenanzas, del pago de los impuestos y si alguna mujer eludía la visita médica.

La Dirección de la Asistencia Pública decía que si bien era un caso no contemplado en las ordenanzas municipales reglamentado en la forma propuesta y con algunas modificaciones -como que cada habitación tuviera lavatorio, bidet y buena ventilación- no tenía inconvenientes en autorizarlo. De esta manera se independizaba a las mujeres que allí trabajaban evitándose situaciones de explotación y se aseguraba la higiene con la instalación de una sala reservada para los exámenes sanitarios que estaban a cargo de los médicos del Dispensario y Sifilicomio, los que debían ser pagados por la casa.

En 1918 Obras Públicas sostenía que nada se oponía a lo solicitado y las dos casas podían convertirse en una. Por su parte, la Inspección General advertía que si se concedía el permiso era necesario reglamentar su funcionamiento interno, ya que no existía ordenanza para estos establecimientos. En 1920 las regentas solicitaron el pronto despacho del expediente, a fin de abrir el lugar que estaba acondicionado sin producir renta alguna.

Finalmente, el 27 de septiembre de 1920 se resolvió el asunto autorizándose a la casa de pensión Royal, situada en la calle Suipacha 150.

Hasta ese momento la forma más extendida de trabajo de las mujeres dedicadas al meretricio en Rosario era el sistema de latas. La regenta entregaba al cliente -luego del pago por el servicio sexual- una ficha conocida popularmente como lata. A su vez, el cliente la traspasaba a la pupila que la canjeaba al finalizar la semana por dinero a la madama, quien se quedaba con la mitad de lo producido.

Todavía hoy se pueden encontrar algunas de estas viejas fichas de bronce como la del Petit Trianon, que en una de sus caras contiene el nombre y dirección del prostíbulo Pichincha 87 y en el reverso, un rostro femenino con el torso descubierto, encerrado por dos términos en francés: discrétion y sécurité.

El Moulin Rouge y el Royal introducían como variante el alquiler por pieza, modalidad a través de la cual el trabajo perdía el carácter de clausura o encierro permitiendo una mayor libertad de movimiento para las prostitutas que podían entrar, salir, abandonar la casa y elegir el cliente y era más rendidor porque la ganancia les pertenecía de modo íntegro.

Se suele decir que el sistema de lata se usaba exclusivamente en el barrio Pichincha, en tanto que en los prostíbulos clandestinos se trabajaba a pieza. Los casos del Moulin Rouge o el Royal permiten relativizar la afirmación, porque los mencionados eran prostíbulos legales y representaban alternativas o flexibilizaciones del reglamentarismo. Claro que el sistema de alquiler podía también ofrecer otras opciones que apuntaban efectivamente hacia la prostitución clandestina, como las casas de citas, hoteles, etcétera.

Huelga en Pichincha

Cuando el poder político municipal autorizó el Royal no hizo ninguna objeción al número de mujeres que iba a albergar, pese a que en las notas de las regentes estaba estipulado que giraría alrededor de 40, debido al número de habitaciones. Resulta interesante señalar que ninguna de las autoridades competentes mencionó que al permitir el funcionamiento de esta casa se transgredía el número de las mujeres autorizadas -que era de 15- y por ende, las ordenanzas municipales, haciendo factible el ejercicio clandestino de la prostitución en un prostíbulo legal.

Recién en 1929, cuando la regenta era Rosa Bluma, los concejales David Abalos y Campana denunciaron que allí trabajaban 35 mujeres, muchas sin libreta, aunque La Capital había afirmado que el número llegaba a sesenta, aglomeración que obligaba a constantes intervenciones policiales.

Aunque el alquiler por pieza apostaba a lograr una mayor flexibilización del reglamentarismo y a mejorar la calidad de vida de las mujeres, esto no se lograba plenamente porque los dueños de las casas -adaptándose a los nuevos tiempos y aún arriesgando menos- solían presionar a las mujeres aumentándoles el alquiler a fin de obtener mayores ganancias.

Esa situación se dio tanto en El Elegante, el Bell Ville y el café Royal como en el Mina de Oro. A modo de reacción, en el primer burdel se inició el 9 de enero de 1930 una huelga que tendió -según el diario La Noticia- a extenderse a los demás prostíbulos ubicados en la sección 9ª.

El mismo medio, refiriéndose al Mina de Oro y al Royal, indicaba que al principio los dueños de lenocinios cedieron a las pretensiones de las huelguistas pero “cuando llegó el momento de cumplir con lo estipulado, se negaron a ello, exigiendo a las mujeres el pago de 12, en lugar de 9 pesos nacionales, en concepto de pensión”.

Una de las mujeres, moradora de la pieza Nº 10 (sin especificación del prostíbulo), indignada por “la jugarreta de los rusos”, se negó a abonar más de los 9 pesos convenidos y fue amenazada con la intervención de la policía.

Aunque la mujer no se amedrentó porque sabía que la fuerza pública carecía de atribuciones para proceder en esos casos, sucedió algo inaudito: los dueños de los prostíbulos acompañados por la policía consiguieron expulsar a la rebelde de la casa, a las 4.30 horas del día 10 de enero de 1930.

Claudio Martibnoni Blog

La sección de los quilombos

Written By Charles Francis on 26 marzo 2010 | 11:36

 Los años que corren entre el inicio del siglo XX y el Centenario de la Revolución de Mayo en 1910 son testigos del florecimiento de un área prostibularia por excelencia:
El Paraíso. Tal el nombre del burdel conocido como Madame Safó.
 la sección 4ª de la ciudad, a mitad de camino entre el estricto radio céntrico y la estación ferroviaria de Sunchales, después conocida como Rosario Norte. Esa zona mantendría una actividad incesante hasta la consolidación casi contemporánea del vecino barrio de Pichincha, y la seguiría teniendo, aunque ya bajo la forma de clandestinos mal disimulados, de distintas categorías y precios, hasta la década del 30 y la caída del engranaje prostibulario rosarino.

Los "quilombos" comienzan entonces a poblar, a partir de 1900, ese barrio comprendido entre las calles Alvear y Presidente Roca (entonces Independencia) y desde Urquiza hasta el extenso y sombrío paredón del Ferrocarril Central Argentino, en Avenida Wheelwright, donde hacían su agosto, ya desde hacía unos años, las prostitutas no registradas, de menor tarifa y mayor peligrosidad para la salud de sus arriesgados clientes y frecuentadores por su permanente evasión a las normas que imponían la Municipalidad y su brazo armado: la Asistencia Pública.

La sección cuarta, o "la cuarta" a secas, era considerada un real paraíso prostibulario por los hombres de Rosario de comienzos del siglo pasado, clientes de esos lugares donde su impunidad y privacidad estaban garantizadas por la presencia de muchos otros ciudadanos expectables (comerciantes, profesionales, políticos, bolsistas) que iban también, aun de manera eventual a las "privadas", en busca de un turno de placer pago.

Allí se sucedían, como ocurriría poco después en Pichincha, los "quilombos" munidos de farolito rojo y los que no tenían farolito alguno, los bodegones, los comederos, peringundines y timbas varias, que se abrían sin zozobra alguna ante la impasibilidad de cómplices funcionarios policiales, muchos de los cuales pasaron también a la historia popular menuda por sus relaciones con la cofradía rufianesca.

El de Madame France, en Balcarce 42, era sin duda uno de los prostíbulos más concurridos y recordados, en especial por algunos detalles (espejos, alfombras) que lo distinguían. En Jujuy 2091, una pensión o "casa" a la usanza de las "casitas" de francesas en Buenos Aires en la misma época, recordada como "de Monjardín", concentraba un plantel de francesas que atraían una permanente clientela para la que los 5 pesos de costo no eran impedimento alguno. Si bien Monjardín pudo ser el apellido de su propietario, bien vale suponer que el nombre del local fuera Mon jardin, como cabía a franceses.

Mientras, cerca de allí, en Brown y Balcarce, el "París y Londres" una de cuyas propietarias, según consignaba El Municipio en julio de 1901, era Eva Grernister, competía fuertemente con los dos anteriores desde lo módico de su tarifa de 2 pesos, que garantizaba el ingreso y ulterior encuentro sexual. El "París y Londres" iba a aparecer a menudo en la crónica policial de comienzos del siglo pasado.

En mayo de 1904, por ejemplo, cuando se comenta en La Capital un hecho policial que involucra a Alberto Timoni y Tudik Berenski, o en enero de 1908, al producirse una gresca de proporciones entre los sujetos Dugon Emady y Valentín Ercila, que merece también la correspondiente nota en El Municipio.

Los tres prostíbulos, en realidad, se disputaban una misma clientela: la de los rosarinos de cierta notoriedad social y económica, capaces de afrontar sin sobresaltos "una noche de garufa", a puertas cerradas y sin admitir otros invitados en esos "quilombos" de la 4ª; una manera mucho menos ostentosa y económica de "tirar manteca al techo" que la de los porteños de la oligarquía terrateniente, que lo hacían en los cabarets parisinos...

Igualmente visitados eran en la zona otros prostíbulos fuera de toda normativa municipal, como el clandestino de Aurelia o el "Italia", en Güemes 2010, de propiedad de David Zurcher, que ocultaba su condición de prostíbulo con una fachada de café; el clandestino de Paulina, en Dorrego 219; el de La Magdalena, en Italia entre Catamarca y Salta; el de Aurora del Valle, en Moreno 34; el de María Luisa, una francesa que albergaba a un nutrido conjunto de pupilas en Brown al 1800 y otros que, como el "Stud El Piojo", en Güemes 1987 o el "San Petersburgo", en Güemes al 2400, se encargaban de satisfacer a una clientela de menores recursos económicos pero también deseosa de un momento de placer.

La sección también ofrecía posibilidades accesibles con algunos recintos que podían satisfacer a usuarios no demasiado refinados, como los clandestinos de Sandalio Alegría, en Rivadavia 2181, o el de Wheelwright 1925, cuyo propietario, Javier Córdoba, vería su nombre eclipsado para siempre detrás del fantástico alias de "El Gaucho Pobre", que aludía a su carencia de un caballo, lo que lo obligaba a desplazarse por las calles del barrio con bombachas, rastra y otros avíos criollos montado... en una bicicleta.

Muchos otros prostíbulos clandestinos, de los cuales en la mayoría de los casos se ha perdido el nombre si es que alguna vez lo tuvieron, se emplazarían en la zona de la sección 4ª rosarina y su existencia, a veces efímera, es rastreable en algunos documentos municipales pero, sobre todo, en las páginas policiales de los diarios de la época, donde a menudo se daba cuenta de episodios —muchas veces sangrientos y con víctimas mortales— que los tenían como ámbito.

Es el caso de los "quilombos" de Güemes 2555, que en diciembre de 1910 es escenario, según El Municipio, de un enfrentamiento entre una prostituta y dos clientes, y de Güemes 2127, en el que de acuerdo a la crónica de La Capital del 16 de julio de 1910, la pupila Rosa Fernández fue baleada por su amante y rufián Nicolás Gorio. O el de los clandestinos de Balcarce 73, donde en abril de 1904 dos pupilas, Teresa Brigera y Ramona González, se enfrentan cuchillo en mano por un festejante de ambas, y el de Wheelwright 2119, donde el 15 de mayo de 1910, Elvira Fuselli y Juana Juárez dirimen daga en mano sus problemas de quilombo, de todo lo que El Municipio daría minuciosa cuenta en cada ocasión.

Por Rafael Ielpi
Diario La capital

El Petit Trianon

Written By Charles Francis on 06 marzo 2010 | 19:53

Este antro estaba situado en el número 78 de la calle Pichincha, hoy Ricchieri (Nota: Actualmente ese tramo de la calle Ricchiieri recuperó su nombre original -Pichincha-). A las pupilas de este establecimiento se les entregaba fichas o “latas” de $ 3, precio éste que debían pagar quienes requerían sus servicios. Tal suma era de importancia para la época, aunque los más suntuosos, dentro de los oficializados, cobraban $ 5, y los más “económicos” tan sólo $ 1.

HISTORIA DE UNA BANDA

 
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