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Piden que se esclarezca el crimen de un joven baleado en Tablada

Written By Carlos Francisco Gutierre on 24 mayo 2015 | 12:32

Para las estadísticas, Mauro David Maciel fue el muerto 90 del año.  Los tiros fueron dos: uno en una pierna y otro, de remate, en la nuca. Norma, su madre, no quiere que Mauro sea uno más en la estadística.

Ultimo adiós. Las hermanas de Maciel el día de su velorio, hace ya 10 días.
Durante 22 años Mauro David Maciel fue hijo, amigo, hermano y padre. Sin embargo, cuando murió a balazos el miércoles 13 de mayo, para la prensa sólo fue el muerto número 90 registrado en el departamento Rosario en los primeros cinco meses de este año. Los tiros fueron dos: uno en una pierna y otro, de remate, en la nuca. Norma, su madre, no quiere que Mauro sea uno más en la estadística. Quiere saber por qué nadie de la Justicia se comunicó con ella el día de la muerte; por qué tardó varias horas en encontrar el cadáver y en el Hospital de Emergencias se lo hicieron ver a ella sola, sin permitir que su otra hija la rescatara de esa visión horrenda. Quiere saber por qué no vuelve la Gendarmería Nacional a Rosario, algo que ahora, aunque tarde para ella, verá hecho realidad.
   El muerto número 90 estaba el miércoles 13 de mayo a las 6 de la tarde en Alem y Centeno, en el barrio Tablada. Su familia ignora qué hacía allí, tan lejos de su casa de pasaje Lozzia al 6400, una callecita paralela a Ayacucho a la misma altura. Lo cierto es que el joven salió caminando desde un pasillo y un Fiat Uno blanco le cortó el paso. En el auto había dos hombres, uno bajó armado con un revólver calibre 38 y le disparó en la pierna para tumbarlo. Una vez en el piso le dio el tiro de gracia en la nuca. Muchos lo vieron, pero no hablan porque en Tablada nadie habla.
Larga búsqueda. Su madre relató que “cuando me dijeron que podía ser él fui a la comisaría y no me dieron bola. Una mujer policía me dijo que el muerto podría ser él, pero no daban las características. Me dijeron que era un hombre de unos 35 años y él tenía 22. Entonces me preguntaron igual si tenía un tatuaje y les dije que tenía tatuado mi nombre en la pierna. Ahí se dieron cuenta de que era mi hijo”, dijo la mujer.
   Norma contó también que luego fue al Hospital de Emergencias y que allí una persona le dijo que “era el comisario del destacamento del lugar y que yo no podía pasar con nadie a ver el cuerpo, que tenía que estar sola”.
   “Yo estoy en el aire, no piso la tierra. Por Dios, ¿cómo sería matar a una persona, como sería el que lo mató a Mauro?”, se pregunta más de una vez en la sala mortuoria donde velan al muchacho y habla con este diario. “Nadie se comunicó conmigo, ni el fiscal ni nadie. No me tomaron declaración de nada. Voy a ir a la fiscalía para decir lo que sé”, aseguró la mujer demacrada. Y preguntó esperanzada: “¿Por qué no viene Gendarmería Nacional para que ésto termine, para que paren los tiros?”. La respuesta a esa pregunta parece haber empezado a concretarse ayer.
Cargoso y peleador. El muerto 90 era, según su familia, “un chico cargoso”, que se peleaba mucho “a las piñas” pero que no usaba armas de ningún tipo. A los 22 años diletaba entre trabajos de changas y algunos momentos en que logró algo sencillo para otros, como un trabajo efectivo y con recibo de sueldo.
   Hizo hasta 4º grado en la escuela del barrio, la Domingo Matheu de Buenos Aires al 6300. “No quiso ir más, era muy inquieto y le costaba estar adentro”, dicen sus amigos de siempre. El pibe tuvo una infancia de calles en el sur, segundo de cuatro hermanos, “inquieto, muy inquieto”, dice su madre. “A veces fumaba marihuana o tomaba mucho, era ansioso y eso lo llevaba a pelearse con la gente. Por ahí cada cuatro meses caía en eso de emborracharse. Yo le decía que podíamos llevarlo a algún lugar para que se tratara, pero él decía que no era adicto, que lo hacía para cargosear un poco. Y era cargoso”.
   El muchacho trabajó en una empresa de aberturas de aluminio, como empleado efectivo en el supermercado Libertad, en albañilería y, antes de su muerte, hacía changas cortando el césped en casas de Saladillo. Cuando tenía menos de 18 años estuvo diez días en el Instituto de Rehabilitación del Adolescente de Rosario (Irar). La familia cuenta que “se mandó un par de macanas pero ya no hacía nada”, y aclaran que “desde que nacieron los hijos trabajaba mucho. Ahora vendía verduras de las huertas comunitarias”, lugar donde trabaja su madre en una de las tantas cooperativas de huerteros.
   Estaba en pareja con una chica de su misma edad desde hacía tres años cuyo nombre la familia no dio por miedo a futuras represalias. Y tenía dos hijos: un niño de un año y una nena de dos. Cuando estaba sin trabajo hacía todo lo de su casa: barría, cocinaba, intentaba mantener un hogar.
   Uno de sus hermanos cuenta que “él tenía broncas con varios, era muy cargoso y a veces no lo entendían, entonces se agarraba seguido a las piñas. Su muerte no tiene nada que ver ni con drogas ni con robos. No sabemos qué fue, pero drogas no. Muchas veces le habían dicho de vender drogas, pero él siempre decía que tomaba y eso, pero vender drogas no. Tenia miedo de eso”.
   Si bien su familia admite que tenía algunos problemas y desecha cuestiones de drogas, aseguran que el muchacho “andaba sin plata y no podía estar comprando. Vaya a saber qué pasó”, dijo uno de sus hermanos.
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