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COMPARTO CON BLOG LA CHICAGO ARGENTINA: BARES DE MI BARRIO de Chalo Lagrange.-

Written By Carlos Francisco Gutierre on 27 octubre 2016 | 20:52


CXL.IV.- BARES DE MI BARRIO

 Para M. L. P.: La Mujer es la forma perfecta del ser humano y Usted, mi Amor, es la forma perfecta de la Mujer.-

 Estas historias las he plagiado a hurtadillas del sinnúmero de biblioratos con infinitas memorias escritas a mano, con suma prolijidad, en hojas tamaño oficio sin renglones y letras prácticamente dibujadas a partir del uso de lapicera de pluma con fuente de tinta azul indeleble, pertenecientes a Dionisio Martínez, el famoso conquistador irresistible y amante de viudas en los cementerios e ilustre cronista, investigador, historiador y escritor de Refinería que vive en Arroyito.

 I.-
 Desde mediados del siglo diecinueve y hasta prácticamente tres cuartas partes del siglo veinte  -incluso, se comenta que por estas épocas queda alguno secreto, confidencial y clandestino para el común denominador de la gente-  funcionaban en lo más profundo del barrio Refinería, entre los intrincados pasadizos de los laberínticos pasillos de la “curva” de Gorriti   -allá donde emboca con La Refinería que, precisamente, le diera su nombre histórico al barrio de más bute de la ciudad-  con ingresos y salidas por Monteagudo, por Iriondo, por Vélez Sarsfield y en lo más insoldable, adentrados en la numeración de los bises del Pje. Arenales, algunos bares frecuentados por suicidas. Allí, en alguno de esos tugurios cada noche, alguien era obligado a matarse.
 Nunca estuvo claro, ni se ha dilucidado todavía, cuál era el procedimiento para establecer quién de los parroquianos debía morir. Algunos hablan de un sorteo, o de un juego de naipes, o de un juego de dados, o de un licor envenenado. Cualquiera de esos métodos podría haber sido utilizado.
 Durante un tiempo y por temporadas muy acotadas  -cuestión que aún se comenta en lo que queda de Refinería-  cada uno de esos antros estaba de moda, no sólo entre los que buscaban la muerte, sino también entre los yonis de buques mercantes amarrados a los muelles del imponente puerto y jóvenes aristócratas guitudos deseosos de emociones fuertes, que iban allí a tomar una copa de las bebidas más exóticas habidas y por haber como quien juega a la ruleta rusa.
 Pasado su momento de esplendor, el bar se hacía cada día menos concurrido y, por lo tanto, más peligroso.
 Algunas noches no iba nadie y los aburridos mozos, por pura seriedad profesional, se suicidaban.

 II.-                   
 También cerca del puerto sobre calle Vélez Sarsfield desde las inmediaciones de sus cruces con Vera Mujica  -a la altura de la Estación Embarcadero-, Iriondo  -hoy Ing. Thedy-,  hasta Rawson pasando por las enredadas esquinas formadas con Monteagudo, Pje. Vértiz y Cilveti, en la época clásica de Refinería y el mismo puerto, había bares muy famosos al que concurrían damas de cotidianas vivencias de apresuradas relaciones informales y clandestinas donde se auspiciaban la embriaguez de los yonis para apresarlos y entregarlos, por una buena paga en moneda extranjera, a otros yonis piratas, que los vendían luego como esclavos en los puertos allende los mares.
 La codicia de los propietarios los condujo a ampliar las capturas, de modo que fueron abolidos los requisitos de alcohol o alucinógenos y el nacimiento lejano. Así, se procedía a esclavizar directamente a todo el que entraba a alguno de esos antros.
 Ante ese trato desmedido, la gente dejó de ir.

III.-
Asimismo, en el barrio Refinería, desde antiquísima data y actualmente está muy en boga con una nutrida concurrencia, existe un bar tan oscuro que su descripción es casi imposible de expresar. Algunos manifiestan que en el salón principal, ubicado en la planta baja, se baila al son de una música estridente y horrorosa. Hay, evidentemente, unos bultos oscuros que se mueven con cierta regularidad intentando seguir un ritmo inexistente. Muchos hombres, y mujeres, sin preferencias se acercan a ese bar porque han oído que los trámites amorosos son simples y perentorios. La verdad que el pésimo licor, la crueldad del sonido, la estrechez y las tinieblas perturban la percepción hasta tornarla casi nula. El defecto y la virtud son conceptos imposibles en ese antro.
En el piso superior hay unos reservados a los que las sombras acceden no bien se les despierta la lujuria. Allí, la oscuridad íntima es de la misma naturaleza que la penumbra colectiva. La música es todavía más ensordecedora y ante la imposibilidad de palabras confidenciales, las parejas sólo se comunican por el tacto, el sexo, el alcohol, la violencia o todo ello en conjunto.
Cada media hora, los hombres están obligados a salir del reservado para pagar en la caja el derecho a un nuevo período. Esta maniobra se hace con gran estrépito y en medio de empujones y estampidas. Al regreso, estos seres obnubilados suelen equivocarse de puerta y con toda frecuencia se meten en otro reservado.
Sin embargo, nadie advierte estas confusiones, o nadie se molesta en corregirlas, y las nuevas parejas prosiguen su actividad haciendo suyos los pasados ajenos.
 Chalo Lagrange

Otoño, marzo de 2012.- 
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