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Mataron a balazos a dos hermanos en un hecho tan ilógico como misterioso

Written By Carlos Francisco Gutierre on 17 octubre 2015 | 9:35

En la escena habían quedado dispersas ocho vainas servidas calibre 9 milímetros y los pesquisas comprobaron que la puerta de ingreso a la vivienda no tenía signos de haber sido forzada. 

El pasado. Agustina y Javier, en 2013. Dos jóvenes en la plenitud de su vida.
Por Leo Graciarena / La Capital 
Eran las 9.30 de la mañana de ayer cuando los gritos desesperados de Mónica Pesce estremecieron a los vecinos de Castro Barros al 5500, en la zona sur de la ciudad. La mujer había regresado del gimnasio y al abrir la puerta de su casa se topó con que sus dos hijos habían sido asesinados a balazos. Agustina Ponisio, de 28 años, yacía en el comedor con dos proyectiles en la cabeza. Javier, de 25, estaba en el descanso de una escalera con tres disparos. En la escena del crimen habían quedado dispersas ocho vainas servidas calibre 9 milímetros y los pesquisas comprobaron que la puerta de ingreso a la vivienda no tenía signos de haber sido forzada.
El crimen sacudió las entrañas del barrio Roque Sáenz Peña, y la carencia de un móvil visible para el fatídico hecho lo colocó en el plano que los pesquisas denominan poco claro. "No existe ninguna versión que indique cuál es el móvil de los crímenes, por lo tanto se investigarán todas las líneas posibles. Y el hecho de que no falten elementos de valor de la casa no hará que se descarte la posibilidad de un robo", explicó en rueda de prensa y en la misma escena el fiscal de la Unidad de Homicidios Adrián Spelta, secundado por su par Miguel Moreno.
Como en un primer momento se propaló la versión de que el blanco principal de ataque había sido Agustina y no su hermano, el fiscal Spelta se vio obligado a indicar que "con las pruebas recogidas hasta el momento no se puede afirmar que se trate de un crimen pasional. Lo que sí podemos decir es que la chica no tenía ninguna pareja estable de acuerdo a los testimonios de los familiares". También indicó Spelta que contaba con "testigos, pero ninguno de ellos presencial".
Siempre en el barrio. Castro Barros al 5500 es la parte más señorial del barrio Roque Sáenz Peña, a una cuadra de las plazas José Costarelli y Bernardo O'Higgins, sobre avenida Del Rosario. Una zona de clase media y media alta en la que abundan las residencias nuevas y recicladas. Allí, desde hace 30 años, vivían la fonoaudióloga y terapeuta del neurodesarrollo Mónica Alejandra Pesce; su esposo Horacio, un ingeniero especializado en tecnología para la medicina; y sus dos hijos: Agustina y Javier. "Hace más de 30 años que viven aquí. Son vecinos intachables. Los chicos eran adoptados, yo ví cuando la mamá los trajo de bebé. Los adoptó a los dos y los crió con mucho amor. La nena era amorosa y trabajaba en el Grupo Oroño (propietario de varios sanatorios y centros médicos). Y el chico se dedicaba a cuestiones del campo que tenían los padres", contó la vecina de la familia Ponisio.
"Agustina era una buena piba. Como también Javier, que era un pan de Dios. No eran chicos de andar en nada raro, como estilan ahora. Ella trabajaba en el Sanatorio de Niños y la verdad es que no se le conocían novios. Era una chica de bajo perfil", contó otra mujer de la cuadra en medio de la consternación que causó el cruel episodio. En ese marco trascendió que la familia planeaba mudarse al centro de la ciudad a mediados del próximo verano e incluso algunos sostuvieron que Agustina iba a irse a vivir sola.
Alguien conocido. El crimen de los hermanos Ponisio dejó la sensación de que el asesino conocía los movimientos de la casa y de la familia. Según los vecinos, Mónica salió de su casa pasadas las 8 de la mañana para ir al gimnasio y en la vivienda quedaron Agustina, quien se aprestaba a irse a trabajar; y Javier. El padre de ambos había viajado a Ushuaia el lunes junto a un amigo e iba a regresar hoy.
Ante la imposibilidad de visualizar la línea investigativa que encabeza la carpeta de los fiscales, la reconstrucción de lo ocurrido se basó en los dichos de los vecinos. Sólo uno de ellos dijo haber escuchado detonaciones de un arma de fuego. El hombre contó que al asomarse a la vereda vio salir de la casa a un hombre joven, de barbita, que caminó hacia la esquina de Castro Barros e Hilarión de la Quintana y se subió a un auto. Algunos vecinos dijeron que era un Fiat Siena verde, y otros hablaron de un auto oscuro.
A las 9.30 Mónica llegó y se topó con la desgarradora escena tras abrir la puerta que no estaba forzada. "Ella llegó del gimnasio, abrió la puerta y se encontró con los dos chicos muertos. Es terrible lo que pasó", indicó una vecina. Según fuentes de la investigación, Agustina estaba en el comedor, con el uniforme del sanatorio en el que trabajaba, y en la mesa el mate preparado. Tenía dos disparos en la cabeza, uno de ellos a la altura de la oreja izquierda.
"Da la sensación de que estaba tomando mates con alguien, porque al desplomarse le quedó la marca del mate en la camisa blanca", indicó un vocero. Todo hace inferir que al escuchar los disparos, Javier, que estaba en la planta alta de la casa, bajó raudamente por la escalera. Pero el agresor lo esperó por debajo del descanso y lo ejecutó con tres impactos en la cabeza y los brazos.
Amigas desgarradas. Los gritos de horror de Mónica al ver a sus hijos asesinados obraron como disparador para el dolor del barrio. "Para mí Agustina era mi hermana. Nos conocemos desde chicas. Anoche estuvo en mi casa cuando volvió de trabajar. Ella no tenía pareja. Y no le conocemos ex novios. Salía como todas, pero nada serio. Lo que pasó no nos entra en la cabeza. Se estaba por ir a laburar y ya no laburará más. Lo peor de todo es que nadie hace nada y siguen matando gente", dijo indignada una amiga de Agustina.
Otra chica, totalmente desconsolada, a duras penas aportó: "Nosotros somos amigas desde la primaria y nos veíamos dos o tres veces por semana. Sé que desde hace 15 días se estaba viendo con un muchacho, un chofer de la línea 142. Ella decía que estaba bien y tranquila. Pero pensar que ella iba a traer a la casa a un muchacho sin que supiera la madre, es una locura. Ella a la madre le tenía un respeto bárbaro. Imposible pensar en que hizo venir a un hombre para hablar en la casa mientras la madre no estaba", explicó la joven desvirtuando la versión de que Agustina citó allí a un hombre para poner fin a una relación.
Otro detalle que surgió fue que la chica había perdido un juego de llaves de su casa hace 15 días, coincidentemente con la fecha en que apareció en su vida el chofer de colectivos. Y al respecto, se supo que la familia no cambió las cerraduras.
En ese sentido, ayer en el Sanatorio de Niños las compañeras de Agustina comentaban que "salía hace tres semanas con el chofer y ya había notado actitudes que no le gustaban, por lo que supuestamente lo iba a dejar. Pero el jueves a la mañana él la llevó al trabajo".
En torno a la casa de la tragedia, vecinos y amigos de los Ponisio se reunían en pequeños grupos para llorar su dolor en medio de curiosos y periodistas. También estuvo allí uno de los titulares del Grupo Oroño, visiblemente conmocionado y dialogando con los fiscales. Muchos jóvenes con uniformes de ese grupo médico comenzaron a desfilar por la escena. En la vereda de enfrente de la casa, las amigas de Agustina lloraban mientras montaban su propia red de investigación para aportarle datos a la Fiscalía. Frente a la casa los familiares de la novia de Javier no sabían cómo contener a la muchacha agobiada por su dolor. "Acá es como en todos lados. Muchos ven pero nadie va a contar lo que pasó", reflexionó un vecino que andaba de paso por el lugar.
El fiscal Adrián Spelta informó que la vivienda no tiene cámaras de seguridad pero la Fiscalía solicitó las grabaciones de cuatro cámaras de videovigilancia, tres del 911 y una privada, para revisar los registros a fin de poder conocer los movimientos que hubo en la vivienda entre las 8 y las 9.30 de ayer. La causa, en tanto, será investigada por el fiscal Florentino Malaponte.
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