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Los bares de Rosario, entre la historia y el mito

Written By Carlos Francisco Gutierre on 07 enero 2015 | 0:30

La temática fue el eje central de una jornada que congregó a historiadores barriales. Relatos y anécdotas de espacios relacionados con la bohemia y la tertulia.

Para la vida cotidiana, los bares tienen la naturalidad de una panadería y en sus mesas se puede leer la historia de una comunidad, incluyendo sus sueños y fantasías. Los hubo de ramos generales, de copetín al paso, fondas de guisos suculentos y hasta en los trenes. Los hay buffet, snack y whiskerías, Escenarios de magos, músicos y bailarines, puentes para negocios y amores, glamorosos y de mala muerte, los bares y su anecdotario fueron el eje de las VI Jornadas de Historiadores y Cronistas Barriales, organizadas por el Museo del Barrio Refinería, y con la participación del Centro Cultural Cine Lumiere y el Grupo de Historiadores Barriales.
  El encuentro se realizó el pasado fin de semana bajo la consigna “Boliches: de bares, cafés, fondas y pulperías” y pasó revista a todos los temas relacionados con estos sitios. Hubo ponencias, debates, imágenes y hasta una obra de teatro musical, “El San José, almacén y bar”, que hizo llorar a los presentes, reflejados en las peripecias de un guión cantado que hablaba de las reuniones que un grupo de vecinos hacían en un bar para fundar un club de barrio, relató desde la organización, Angela Tasca.
  Las exposiciones tuvieron como eje historias de boliches famosos y legendarios, relatos sobre costumbres de dueños y parroquianos y evocaciones de mostradores, botellas y mobiliario en general. Además hubo reflexiones sobre roles ineludibles como el mozo y el papel de la mujer en la evolución de los bares. Tampoco faltó la mitología sobre las vivencias alrededor de sus mesas, pródigas en afectos, amores y negocios. Además, hubo una mirada sobre la actualidad de estos míticos sitios.
Linterna mágica. Según narró Eduardo Sánchez, uno de los disertantes, durante el siglo XIX en los cafés se presentaban ilusionistas, linternistas mágicos y de fantasmagorías, títeres y fantoches parlantes. Además, pinturas sobre placas de vidrio mostraban monumentos de Europa, batallas, corridas de toros y hasta la famosa fuga de Camila O’ Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez. En las invitaciones se aclaraba que las salas estarían “muy aseadas y frescas” y que había lugar separado para la “gente decente”.
  Entre esos bares, los diarios anunciaban el Café de París, en calle del Puerto, “digno de la cultura y el progreso de Rosario” y el Café de Peyrano, donde en 1868 se recibían donaciones “a favor de dos niños cautivos de 10 y 4 años, arrebatados de su hogar por los aborígenes”. Además del “muy bien instalado” café Arispe, sobre calle Córdoba, que en 1887 fue criticado por dejar jugar al billar en mangas de camisa. “Rogamos al propietario suprimir eso”, escribió El Ferrocarril el 20 de enero de 1867. En 1891, los diarios hablaban del “espectáculo misterioso de fantasmas en el Café Español”. Musa y poesía. “Los bares son espacios que suelen relacionarse con la bohemia y la tertulia literaria”, dijeron las historiadoras Ana Bugiolacchi y Florencia Giménez, de la Universidad Nacional de Rosario, en su disertación sobre el poeta Jorge Isaías, en cuyos textos los cafés aparecen como escondite, oficina, punto de encuentro o trabajo. Y explicaron que la función simbólica de estos espacios/bares tiene que ver con la necesidad de escapar de una masa anónima: “la musa inspiradora es tal vez otra manera de nombrar esa sensualidad colectiva que el bar posee: ese estar entre muchos.
Transformaciones. La antropóloga Hilda Capitano presentó una investigación sobre el devenir de dos bares/fonda de la zona norte. Uno en avenida Génova al 2000, gran salón de persianas metálicas que pasó a funcionar como escuela de un maestro español, Simón Don, donde se usaba la palmeta (varilla con la que se aleccionaba a los alumnos) y después como teatro en 1939 para culminar como hotel y ramos generales, frecuentado “por gente de paso que iban o volvían de la cosecha”.
  Por su parte, Jorgelina Bernasani exploró “Los caminos de un almacén a través de su libro”. Se trata de un libro de cuentas de un almacén de ramos generales de 1878 que permite “ir desentramando las redes económicas, políticas y sociales que conformaban la Nación Argentina en el espacio pampeano”. Además, Gustavo Fernetti reflexionó sobre los documentos donados al Museo Itinerante de Refinería, entre los que se encuentra el libro citado.
  Las profesoras de historia Ana Laura Bizzi y Belén Haure explicaron cómo eran percibidas las mujeres (malas e indeseables) que trabajaban en el burlesque de los bares rosarinos de Pichincha, a fines del siglo XIX. Por su parte, Enzo Burgos evocó el Café Sol de Mayo, en Corrientes y Pellegrini, donde actuaron los Buono Striano y Agustín Magaldi, entre otros. Al lugar iban “todas las clases sociales”, había juego fuerte y personajes como Pelito, herrero y cafiolo, quien murió en el lugar por un disparo antes de que pudiera sacar su cuchillo.
Relatados y disfrutados como pocos espacios de la ciudad, en la alegría o en la nostalgia, los bares siguen siendo el refugio imprescindible de todos los tiempos.
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