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Relato de un crimen

Written By Carlos Francisco Gutierre on 26 marzo 2015 | 10:55

Un año sin David, un año sin justicia. Parte I.

Se cumple un año del brutal asesinato de David Moreira a manos de un grupo de vecinos de barrio Azcuénaga que continúan impunes. Una reconstrucción de los hechos principales a través de las palabras de Lorena Torres, madre del joven, y Norberto Olivares, abogado querellante en la causa judicial.
Por Martín Stoianovich
Es un día más de marzo. Transcurre pleno horario de la siesta de un sábado que cae 22 en el calendario y cuya única atracción pareciera ser el partido que Rosario Central va a jugar contra All Boys a las siete de la tarde en el Gigante de Arroyito. En el barrio Empalme Graneros, de la zona noroeste rosarina, David se despide de su madre diciéndole que va a comprarle un regalo al hijo de un amigo que está cumpliendo su primer año de vida. Ella lo acompaña hasta la puerta y en ese cruce de miradas cotidianas no percibe que es la última vez que se mirarán a los ojos. Él tampoco. Le da un beso y le avisa que vuelve enseguida, para ayudarla a ordenar la casa y tomar algunos mates.
- Lorena, es raro que se haya ido sin decir a dónde iba.
Pasa el rato y uno de los amigos de David le responde a la madre del pibe, que ya salió a buscar a su hijo al notar que todavía no volvió. David siempre avisa a dónde va, dónde está o cuando no vuelve, y a Lorena le parece raro que no tenga señales suyas y que además sus amigos con los que se junta en el kiosco de la cuadra no sepan nada. Piensa que quizás se fue a la cancha a ver a Rosario Central, pero le parece raro que no haya avisado.
David trabaja de lunes a viernes como peón de albañil en unas construcciones de casas de fin de semana en las localidades vecinas de Roldán y Funes. Se levanta muy temprano y va en bicicleta hasta la casa del patrón que lo lleva en auto a él y sus compañeros hasta el lugar de trabajo. Aunque fue buen alumno, ya dejó la escuela. Aunque la rompía con la pelota en los pies, ya descartó la posibilidad de jugar en un club de Buenos Aires que estaba interesado en llevárselo. Lorena dice que hizo todo eso porque no se quiere alejar de la familia y porque quiere ayudarlos con un sueldo más para que a sus hermanos no les falte nada, aunque ella asegura que siempre vivieron dignamente. Lorena cuida a un nene y Alberto, padre de David, es vendedor ambulante. No les gusta que el pibe no termine la escuela, pero se esperanzan en que va a haber tiempo para retomar.
David, que desconoce de la preocupación de su madre, está dando vueltas con su amigo Isaías, de 21 años. Van en una moto Honda Guerrero de 125 centímetros cúbicos que conduce Isaías. Llegan hasta barrio Azcuénaga, cerca de cinco kilómetros desde Empalme Graneros hacia el oeste de la ciudad, y siguen por la tranquilidad de sus calles. Son cerca de las cinco de la tarde y el calor es insoportable. Por la vereda que tiene sombra viene caminando una chica de 21 años junto con su bebé en brazos. Está sola y la cuadra aparentemente también. Los pibes a bordo de la moto cruzan algún diálogo, frenan y baja David, que encierra a la chica contra la pared y le pide la cartera. Entre los tironeos y forcejeos, la muchacha grita, el arrebato es un fracaso y los primeros vecinos empiezan a asomar sus narices por las ventanas.
Isaías grita. Le pide a David que se suba a la moto, que ya fue, que viene gente.  David intenta un poco más, se resigna ante la resistencia de la joven y se sube a la moto. No llegan a salir porque una camioneta Fiorino color natural los embiste desde atrás. Los pibes terminan en el piso, se levantan y salen corriendo mientras el conductor del auto los amenaza con un palo en la mano y otro grupo de personas empieza a perseguirlos. Isaías encara para el oeste y David corre por calle Liniers. Se separan y no se ven más. Isaías logra escapar y a David lo alcanzan cuatro jóvenes que lo tiran al piso y le dan los primeros golpes a metros del Club Deportivo y Social Amistad y Unión. No hay presencia policial por ningún lado. Son las cinco de la tarde, el sol está empinado sobre Rosario. A David le arde el pavimento caliente y le duelen las primeras patadas en sus piernas, sus brazos, su torso y su cabeza. Está asustado, intenta huir, se levanta y lo tiran. La escena se repite y David no pude escapar, no puede moverse y ni siquiera escuchar los insultos, reproches y condenas sin juicio que recaen sobre él y su intención de arrebatar una cartera.
El minutero del reloj da diez vueltas y David sigue recibiendo patadas. Ya hay alrededor de cincuenta personas. Algunos filman, otros insultan y otros gritan que paren. La mayoría se acerca a golpear al pibe que ya no puede ni pensar en salvarse. Ya no puede pensar en nada. Personas que circulan en auto se bajan y hacen lo suyo dejando una patada en la cabeza de David antes de seguir su marcha. De repente, ya con el chico en estado crítico, uno de los agresores levanta la moto y la empuja sobre su cuerpo. Cuando la golpiza amaina y David queda tendido, ya inconsciente, llega la policía tarde para prevenir y tarde para encontrar un responsable. El silencio reina en el lugar y, para quienes todavía están ahí, si hay un culpable de algo es ese pibe que nadie conoce y está tirado en el piso con la cara bañada en sangre.
El oficial de la policía se lleva a la Comisaría 14 a la joven que sufrió el intento de robo. Ella está shockeada, vio todo pero no puede reconocer a David. No sabe si ese pibe que le intentó arrebatar la cartera es el mismo que agoniza en el suelo veinte minutos después. Al rato, luego de hacer la denuncia vuelven al lugar. David sigue tirado en el suelo y esta vez la chica sí lo reconoce.
Pasan las cinco y media de la tarde y después de que uno de los oficiales llamara tres veces a la emergencia, llega una ambulancia que traslada a David. Todavía respira, levemente. También Lorena respira, pero cada vez más rápido. Sigue sin saber dónde está su hijo, y no puede hacer ningún llamado de teléfono desde su casa, porque se está arreglando la línea y todo el cablerío está cortado. Se cruza a lo de una vecina de enfrente y le pide prestado el teléfono. Llama a comisarías y hospitales. Su vecina dicta lo números, ella marca y recibe siempre la misma respuesta: no hubo ningún procedimiento policial, detenido o traslados a hospitales que referencien a un tal David Moreira de 18 años. Cuando Lorena marca el número que comunica con la Comisaría 14, una voz al teléfono le dice que la única novedad es un ene-ene que fue trasladado al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez.
El llamado al hospital es el siguiente paso. Le dicen que no creen que el ene-ene sea David porque aparenta más de 25 años. Pero Lorena sabe de intuiciones de madre e insiste en detallar cómo está vestido David. Tiene una bermuda, una remera clarita y unas zapatillas azules. La voz de la persona que atiende el teléfono cambia y después de un silencio le dice a Lorena que no puede asegurar que sea su hijo, pero que de todas maneras se acerque al hospital. Lorena llora, está asustada. Llama a su marido, para avisarle lo que está pasando, él se va a la 14 para averiguar qué ocurrió. Mientras, un vecino se solidariza y se presta para llevar a Lorena al hospital. Ella agarra a sus dos hijos más chicos y al pequeño que cuida como niñera y suben al auto.
Una vez allí le dicen que llegó un pibe herido. Primero dicen que fue trasladado por el comando radioeléctrico, pero después le afirman que había sido en ambulancia. Ahora el pibe está en el quirófano, en plena operación. Nadie sabe qué pasó ni cómo está David, y Lorena se desespera ante tanto silencio. Pero ya no está sola, ahora su marido la acompaña y cuando le dan permiso ingresa él a ver a su hijo. A Lorena no la dejan.
Alberto entra, lo ve y no lo reconoce. No está seguro de que ese pibe que está ahí acostado, sea el mismo que hace dieciocho años ve crecer en su casa. Su rostro esta inflamado, hinchado y rojo, realmente irreconocible. Pero el tatuaje en el tobillo es el mismo que tiene su hijo. Son las iniciales de sus hermanos, que dejó en tinta en su piel cuando cumplió los dieciocho. Ahora sí, Alberto asegura que es David, y le responden que está muy grave y que será trasladado a terapia intensiva.
Son la una de la mañana. El hospital está casi vacío y el movimiento es poco. Al fin le permiten a Lorena ver a su hijo. Ahora, las lágrimas de desconcierto y duda pasan a ser de certeza, tristeza y miedo. Le dicen que es muy difícil que sobreviva.
De repente una mujer policía se le acerca, se identifica como personal de la Comisaría 14 y le pide los documentos de David.
-  Su hijo está involucrado en un hecho de robo.
- …
- Se va a quedar con custodia policial.
El silencio de Lorena es producto del asombro. No puede entender  cómo es que su hijo está acusado de robar, ni por qué está en ese estado, y mucho menos puede comprender cómo es que tendrá custodia policial una persona que está en un estado de gravedad extrema. Lorena pregunta a la oficial que pasó con su hijo pero las respuestas siguen sin aparecer.  Sólo le dicen que es inútil que se quede en el hospital. Le recomiendan que se vaya a descansar y que cualquier novedad sería informada. Ya es de madrugada. Lorena pasa a buscar a su hija por la casa de una amiga y  junto a los demás chicos vuelven al barrio. Los horarios de visitas serán por la mañana y en las últimas horas de la tarde.
El domingo de la familia Moreira es atípico. Están en el hospital cuando se arriman tres oficiales de la policía y se identifican como parte del juzgado.
- Debemos tomarle declaración al detenido.
- Mi hijo está internado, en coma crítico y con respirador.
La expresión en el rostro de Lorena demuestra el descontento típico de la falta de respeto. Los oficiales se disculpan y ni siquiera entran a la habitación donde está David para verificar lo que cuenta su madre. Le toman declaraciones a ella y se marchan.
Afuera, los medios de comunicación dejan de hablar del triunfo de Rosario Central en el partido del día anterior. Ahora las primeras planas las ocupa un hecho alarmante: la golpiza que un joven recibió por parte de una patota. Se empieza a hablar de linchamiento y de justicia por mano propia a la vez que se prioriza en informar que se trata de un supuesto ladrón. La mayoría de los comentarios en los sitios web de noticias le desean a David una pronta muerte.
En las redes sociales, en una página de Facebook llamada “Indignados Barrio Azcuénaga” los usuarios se contentan con el hecho y celebran el accionar de los vecinos del barrio. Acaso sienten que hicieron justicia y eso es motivo de orgullo. Muchos relatan sus posturas y dejan en claro que estuvieron presentes. “Fue a las 17 horas de un día soleado; después vino la ambulancia, retrasada porque una desubicada la llamó pero por suerte otro vecino llamó para cancelarla. Igualmente una hora más tarde cuando llegó la policía la volvieron a llamar pero por suerte había pasado demasiado tiempo como para ayudarlo”, describe un usuario a través de su cuenta.
Luego de la operación, en la que se hace todo lo posible, David continúa peleando por su vida. Los golpes más graves son los que tiene en la cabeza. Pero la batalla comienza hacerse insostenible y el martes 25 de marzo muere en la cama del hospital después de tres días sin ningún tipo de mejoría. La causa de su muerte es politraumatismo craneal, provocada por todas las patadas y golpes que recibió en su cabeza e incluso le ocasionarían pérdida de masa encefálica. Al tiempo se conocerían otros datos: David no tenía antecedentes, no estaba armado en el momento del hecho y sus órganos serían donados a siete personas que estaban en lista de espera.
Un año sin David, un año sin justicia. Parte IIa>
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