XC.- EL MERCADO DE FÚTBOL DEL PASAJE ARENALES
Para M. L. P.: Mi
nostalgia durante todo el tiempo, desde siempre y en los lugares más
inverosímiles del mundo fue la presencia ausente de alguien Amado: la suya, mi
Amor. Una vez más, Muchas Gracias... y
van... .-
El Mercado de Fútbol era tan antiguo que tenía casi la edad
del fútbol. Allí había todo. Dos puestos en los que se exhibían rabonas,
gambetas, mentiras y chilenas usadas, un mostrador armado con un tablón sobre
caballetes y cubierto con una preciosa carpeta fileteada con escenas de una
cancha colmada de hinchas y desde donde se expandían olores de vestuario
encerrados en primorosos frasquitos adornados con moñitos de múltiples colores
y hasta un equipo de DVD del que emanaban y flotaban imágenes multicolores de
partidos trascendentales en una enorme pantalla de plasma de altísima
resolución y vibraban los cánticos de las hinchadas a partir del conjunto de
múltiples y tecnológicamente sofisticados reproductores de sonidos que le daban
forma, figura y colorido a la zona de entrada, en forma de arco. Más atrás,
centenares de locales se alineaban irregularmente de la misma manera en que se
ordenan los mercados que en lugar de fútbol exhiben y cobijan frutas, verduras,
carnes, fiambres y manjares tentadores. Se trataba de una escena extraordinaria
para el que la veía. Hay que decirlo nuevamente para que se entienda bien: para
el que la veía. Es que la singularidad del Mercado de Fútbol no consistía en
que reunía las formas diversas del fútbol. Su rasgo definitorio era que no
cualquiera lo podía ver.
“Che, señorita... sí,
usted belleza... llévese este catálogo de centros rasantes hacia el corazón...
del área”, le decía un viejo puestero a una piba que era un monumento caminando
cadenciosamente por la irregular arteria sin veredas y plátanos inmensos en
medio de lo que siempre simuló ser la calzada de ese mítico pasaje de Refinería
al fondo. “Oiga usted, Maestro... observe y no dejará de tener estas imágenes
en primer plano de “El Matador”, convirtiendo y gritando sus goles del Mundial
’78, en el mismísimo Estadio Gigante de Arroyito de la Ciudad Más Futbolera del
Mundo...” le susurraba al oído un pendejo desfachatado en su fresca nobleza a
un señor que no dejaba sábado ni domingo sin pasar recorriendo cada uno y todos
los puestos del Mercado. A su lado, un matrimonio caminaba con la mirada en la
nada sin advertir la presencia del catálogo, ni de la beldad ambulante, ni del
puestero, tampoco del chiquilín ni del hombre de los sábados y domingos. “Lo
que se pierde esta gente”, comentaba una chica rubia de rostro angelical y
delantal largo que los observaba andar mientras ofrecía con su voz grave,
profunda y cautivante una colección única de goles en orsai convalidados a
través de los tiempos. Ella, la chica, sabía el secreto: “El Mercado de Fútbol
siempre desfila ante la vista, pero sólo lo detectan los que son capaces de
darse cuenta de que el fútbol no es sólo una pelota en movimiento, sino un
baile entre la gracia y la desgracia, una asociación íntima e indisoluble entre
la delicia del encanto y la maldición del desengaño, un viaje que va desde la
furia hasta el Amor. Para los que viven sin percibir eso, El Mercado de Fútbol
no existe”.
Hace años, no tantos, un viajero que recorría el mundo quiso
ubicar en los mapas y en los catálogos de excursiones a El Mercado de Fútbol.
Investigó sin éxito hasta que recorriendo el Barrio Tío Rolo, en la zona sur de
la Ciudad Más Futbolera del Mundo, se cruzó con el encargado de un puesto
dedicado a las historias de punteros izquierdos y derechos de los metegoles.
Ese hombre sabio, ese Maestro de las cosas del fútbol, de la vida y del corazón
le devolvió la luz con una respuesta: “Vea, che... amigo, El Mercado de Fútbol
está en todas partes o en ninguna. Es igual a las grandes cosas de la vida,
sólo hay que saber buscar ¿Me entiende?”. El experimentado viajero del mundo no
dijo nada pero, de inmediato, hizo señas, tomó un taxi y se hizo llevar hasta
El Bar de La Esquina de Las Cuatro Fronteras. Al llegar y mientras descendía le
dijo al tachero que lo aguardara unos minutos, se acercó con suma delicadeza a
varias mesas y preguntó algo. Los ademanes eran inequívocos, todas las chicas y
los muchachos entre cafés, bomboncitos de licor, avellanas y maníes tostados le
señalaban hacia el mismo lugar mientras el hombre, sonriente, asentía con la
cabeza. Subió nuevamente al tacho y, presuroso, le dijo al chofer que lo
llevara hacia Refinería al fondo. Se hizo dejar cerca de la Estación
Embarcadero, casi en las barrancas altas del fenomenal río Hijo del Mar. La
tarde era espléndida, soplaba una suave y agradable brisa proveniente de las
islas. Cruzó varias callejuelas y, finalmente, luego de atravesar un tramo del
sinuoso y largo pasillo, se paró de cara a un toldo hecho con maderas de
travesaños y escuchó como una voz, que era la suya, pedía un par de frascos de
pasión de cancha. Entonces, se volcó unas gotas en el cuerpo, aspiró ese aroma
único, por ello irrepetible, y pudo ver en ese atardecer maravilloso un
horizonte pleno en el que, radiantes, simples y sencillas, se le abrían de par
en par las puertas del Mercado de Fútbol del Pasaje Arenales.
Chalo Lagrange
Otoño, marzo de 2009.-
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